Tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran.
Hoy la liturgia nos ofrece como lectura evangélica
la “segunda multiplicación de los panes” (Mc 8,1-10). Como veremos más
adelante, Marcos aprovecha la narración de esta segunda multiplicación para
enfatizar lo que ha venido presentado en las lecturas de los días anteriores,
que la mesa de Jesús está abierta a todos, judíos y paganos. También nos apunta
hacia el sacramento que constituirá el culmen del culto cristiano: la
Eucaristía.
La narración comienza diciendo que había
“mucha gente” que seguía a Jesús y “no tenían qué comer”. A renglón seguido
Marcos destaca una vez más la dimensión humana de Jesús; nos presenta a un
Jesús capaz de sentimientos profundos, un Jesús rico en misericordia, que se
compadece de los que tienen hambre y
comparte su pan: “Me da lástima (otras traducciones dicen que sintió “compasión”)
de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los
despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos
han venido desde lejos”. Esta última aseveración también nos apunta a la
universalidad de la redención en la persona de Cristo Jesús, haciéndose eco de
la referencia a “los que vienen de lejos”, frase utilizada en el libro de Josué
(9,6), y en Is 60,4 para referirse a los paganos.
Esto último adquiere mayor relevancia cuando
tomamos en cuenta que Marcos escribe para los paganos de la región itálica.
Estos comprenden el mensaje que se les quiere transmitir: Ellos, que han
“venido desde lejos”, también están invitados al banquete eucarístico de los
tiempos mesiánicos.
De hecho, si comparamos la primera
multiplicación de los panes con esta segunda, vemos más claro aún la relación
entre la Eucaristía y la universalidad de la salvación. Así, por ejemplo, la
primera ocurre en territorio judío para los judíos; la segunda ocurre en
territorio pagano (la Decápolis). En la primera Jesús “bendijo” los panes,
mientras que en la segunda pronunció la “acción de gracias” (eu-caristein en griego), un término
familiar para los paganos, que sería adoptado por los cristianos para referirse
a la celebración del sacramento que constituye el culmen de la liturgia, el
banquete eucarístico al que todos estamos invitados y en el cual Jesús se nos
ofrece a sí mismo como “pan de vida” (Cfr.
Jn 6,35).
Además, en ambos relatos hay un sobrante, una
sobreabundancia de panes, símbolo de un alimento que es inagotable y, por
tanto, debe ponerse a disposición de los demás.
Hoy nosotros, como Iglesia, hemos recibido la
misión de anunciar la Palabra, la Buena Noticia del Reino a todos los pueblos
de la tierra. Y ese anuncio va unido a un “dar de comer”, a practicar las obras
de misericordia, a “servir” en el sentido más amplio de la palabra. Como hemos
señalado en otras ocasiones, no tenemos que hacer milagros espectaculares como
la multiplicación de los panes, pero sí podemos atender, acompañar, dedicar
nuestro tiempo y compartir nuestros recursos, por escasos que sean, con los más
necesitados. Entonces estaremos efectuando una verdadera “multiplicación” del
mensaje inagotable de caridad, paz, esperanza y bienestar que Jesús nos legó en
su actitud hacia los más necesitados.
Que tengan un hermoso fin de semana y, los que puedan, no olviden visitar la Casa del Señor. Allí hay pan en abundancia.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»).
El relato evangélico que contemplamos en la
liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del
sordomudo. Estando en territorio pagano, de regreso a Galilea (en las fronteras
del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden
que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos
en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al
cielo”) y dice: “Effetá, que quiere
decir ‘Ábrete’” (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los
paganos de la región itálica; por eso pasa el trabajo de traducir los
arameismos). Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se
le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.
Vemos en este episodio el cumplimiento de la
profecía de Isaías, cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que sería
revestido con “el esplendor del Líbano”, y que los oídos de los sordos se
abrirían,… y la lengua de los mudos gritaría de alegría (Is 35,2.5-6). Este
milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de
Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro
decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El
hecho de que el milagro se realice en territorio pagano (al igual que el
exorcismo que se nos presentaba en el pasaje que leíamos ayer) apunta, además, a
la universalidad de esa salvación.
Al milagro le sigue la petición de Jesús de
guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del
evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los
presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha tenido la experiencia
de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartirla con todos.
En el rito del bautismo hay un momento que se
llama precisamente Effetá, en el cual
el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando
mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del
Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de
Dios y sus labios se abran para proclamarla.
Antes a estas personas se les llamaba
“sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su
condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar;
viven aislados en un mundo de silencio. Así mismo nos pasa a nosotros cuando nos
cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que
su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera
espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio
espiritual. Y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras
vidas, haciendo que esa agua brote de nosotros como un torrente (Is 35,7),
“salpicando” a todo el que se cruce en nuestro camino.
Hoy celebramos la memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Dicha advocación mariana surge con motivo de la aparición de Nuestra Señora, la Virgen María, a santa Bernardette Soubirous en Lourdes, Francia en 1858. Además de los muchos milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen bajo esta advocación y relacionados con el lugar de las apariciones, esta aparición se destaca por el hecho de que, en la decimosexta aparición, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen, esta se identificó a sí misma diciéndole a la niña Bernardette: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Apenas cuatro años antes, el papa Pío IX había definido el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, hecho que, con los medios de comunicación limitados de la época, era totalmente desconocido para los habitantes de aquella pequeña villa en los Pirineos.
El calendario litúrgico católico celebra la
“Festividad de Nuestra Señora de Lourdes” el día de la primera
aparición, es decir, hoy 11 de febrero. Son incontables las curaciones
atribuidas a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, especialmente en
peregrinos al santuario que allí se erigió. En 1992, el papa Juan Pablo II
instituyó la celebración de la “Jornada Mundial del Enfermo” a realizarse
el 11 de febrero de cada año, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora de
Lourdes. Por eso hoy en muchas parroquias alrededor del mundo se celebran misas
por los enfermos.
Encomendémonos a la protección de Nuestra Señora de Lourdes y pidamos su intercesión para que nos libre de toda enfermedad, especialmente aquellas que afectan nuestro espíritu y nos impiden acercarnos a su Hijo.
El Evangelio de hoy (Mc 7,24-30) nos presenta el pasaje de la curación de la hija de una mujer pagana. Su hija estaba poseída por un espíritu impuro y, cuando la mujer se enteró que Jesús estaba cerca, enseguida fue a buscarlo y se le echó a los pies, rogándole que echase el demonio de su hija. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el contexto y cultura de la época: “Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. Como sucede en otras ocasiones, Jesús se conmueve ante aquél despliegue de fe (¿Qué madre no pone en los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Anda vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.
Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13; 18,1-8). De ese modo “disparó” Su poder sanador. “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). Este pasaje es también un claro ejemplo de lo que san Pablo dice a los romanos (Rm 10,12): “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan” (Rm 10,12).
“Escuchad y entended todos: Nada que entre de
fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro
al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga”. Con esas palabras de Jesús,
dirigidas a todos los que le rodeaban, comienza la lectura evangélica que nos
brinda la liturgia para hoy (Mc 7,14-23).
Esta lectura es continuación del Evangelio que
leíamos ayer, en el que un grupo de fariseos y escribas se había acercado a
Jesús para criticarle que sus discípulos no seguían los ritos de purificación
exigidos por la Mitzvá para antes de
las comidas, específicamente las relativas a lavarse las manos de cierta manera
antes de comer.
Jesús critica el fariseísmo de aquellos que
habían creado todo un cuerpo de preceptos que llegaban inclusive a suplantar la
Ley de Dios, imponiendo sobre el pueblo unas cargas muy pesadas que ellos
mismos no estaban dispuestos a soportar (Cfr.
Mt 23,4). Esos preceptos mostraban una obsesión con la pureza ritual cuyo
cumplimiento se tornaba en algo vacío, que se quedaba en un ritualismo formal
que no guardaba relación con lo que había en su corazón. Por eso una vez más
les tildó de “hipócritas”.
Hoy vemos cómo Jesús, una vez más “regaña” a
sus discípulos cuando le piden que les explique qué quería decir con sus
palabras, llamándoles “torpes” por no haber comprendido. No obstante, se sienta
a enseñarles con paciencia: “Nada que entre de fuera puede hacer impuro al
hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la
letrina” (Marcos nos dice que con esto declaraba puros todos los alimentos). Y
siguió: “Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del
corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos,
homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia,
difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al
hombre impuro”.
Lo cierto es que en ningún lugar del decálogo
dice qué alimentos podemos consumir ni cómo tenemos que purificar nuestras
manos, brazos, etc. Lo que sí dice es que no se puede fornicar, ni robar, ni
matar, ni cometer adulterio, codiciar, etc. Esas son las cosas que tornan al
hombre impuro porque son fruto de la maldad que sale de su corazón.
Una vez más Jesús nos recuerda que Dios no se
fija en lo exterior al momento de juzgarnos; Él, que “ve en lo oculto” (Mt 6,6),
mirará la pureza o impureza de nuestro corazón. A esa mirada nadie puede
escapar… Pidámosle pues, al Señor que nos conceda un corazón puro como el de un
niño (Cfr. Mt 18,4), de manera que de
nuestro corazón no salga nada que pueda tornarnos impuros. “Por sus obras los
conoceréis” (Mt 7,15-20). ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?
Meditando sobre esta lectura, digamos a Dios
con humildad: “Señor, dame un corazón puro que sea agradable a ti”.
Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?
La lectura evangélica de hoy (Mc 7,1-13), nos
sitúa de lleno nuevamente en la pugna entre Jesús y los escribas y fariseos; la
controversia entre “cumplir” la Ley al pie de la letra, relegando el amor y la
misericordia a un segundo plano, como proponen los fariseos, y la primacía del
amor que predica Jesús.
La lectura comienza diciendo que “se acercó a
Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén”. Aquí Marcos
quiere enfatizar la diferencia entre Galilea y Jerusalén. Jesús ha desarrollado
su misión mayormente en el territorio de Galilea; allí ha calado hondo su
anuncio de Reino, allí ha obrado milagros y ganado adeptos. Por el contrario,
de Jerusalén siempre ha venido la crítica, la oposición virulenta a su mensaje
liberador. Allí vivirá su Pascua (Pasión, muerte y resurrección).
Los fariseos y escribas, con el propósito obvio
de desprestigiar o hacer desmerecer la persona de Jesús ante los presentes,
critican a Jesús y sus discípulos por no seguir los rituales de purificación
previos a sentarse a comer. El mismo Marcos describe el ritual de purificación
para sus lectores (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los
paganos de la región itálica que no conocían las costumbres judías; por eso
también explica los arameismos con que salpica en ocasiones su relato): “Los
fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos,
restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la
plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de
lavar vasos, jarras y ollas”.
Jesús arremete contra el legalismo de los
fariseos: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: ‘Este
pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que
me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.’
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los
hombres”. Está claro, los fariseos habían convertido el decálogo en un complejo
cuerpo de preceptos (la Mitzvá),
compuesto por 613 mandamientos que todo judío venía obligado a cumplir. De ahí
que Jesús en un momento diga a los fariseos: “Atan pesadas cargas y las ponen
sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni
siquiera con el dedo” (Mt 23,4). La hipocresía, el legalismo ritual vacío.
Jesús está claro, la tradición está basada en
el decálogo. Pero esa tradición, propia del pueblo judío, tiene que ceder ante
las exigencias del anuncio de la Buena Nueva del Reino a otros pueblos que no
tienen la misma cultura, las mismas tradiciones. No podemos establecer un
abismo entre lo “sagrado” y el mundo, pues estamos llamados a vivir y proclamar
nuestra fe en este mundo. Y esa fe está fundamentada en el amor y la caridad.
La tradición es secundaria y tiene que ceder ante estas.
No puede haber prácticas piadosas que
aprisionen las obras de misericordia corporales y espirituales. Pues como
escribía San Juan de la Cruz, “en el atardecer de nuestras vidas, seremos
juzgados en el amor”.
Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos.
El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.
El poder de la fe. Como hemos dicho en
ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios.
Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar
el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el
esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc
5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por
padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún
hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue
curada.
Encontramos un patrón que se repite: Jesús y
sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión
acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que
remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la
gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los
encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al
dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…
Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las
características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje
nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las
necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos
mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los
escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos
tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras
“necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al encontrarnos
ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o “damos un
rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el levita de la
parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!
No nos podemos quedar en el hecho del milagro;
tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos
perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su
Amor infinito, de su Misericordia…
Todas las obras de Dios son buenas, por eso
debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué
grande eres!” (Sal 103).
Que pasen una hermosa semana alabando y
bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.
Cuando
Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir
con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los
exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.
Recorriendo
el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales,
recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra
fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el
corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en
Cristo.
En
la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer
como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin
embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano,
ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las
actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.
El
ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación
(cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La
vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor
hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la
oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad
operante.
La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser
testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
En
este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo
significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos
transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del
intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que
es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del
corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos
seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo
plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos—
que lleva a la plenitud de la Vida.
El
ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez
de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra
realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su
cumplimiento.
Haciendo
la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los
pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y
puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto,
como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que
centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta
enc. Fratelli tutti, 93).
La
Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida
y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa
liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de
informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las
puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero
«lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.
La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino
La
samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende
cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10).
Al
principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se
refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio
pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su
pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día
resucitará» (Mt 20,19).
Jesús
nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par.
Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con
nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que
crucifica al Amor.
Significa
saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto. En el actual contexto de
preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto,
hablar de esperanza podría parecer una provocación.
El
tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a
la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros
a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44).
Es
esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os
pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el
Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también
nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros,
podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un
comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios,
también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de
fraternidad.
En
la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan,
que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que
humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli
tutti [FT], 223).
A
veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja
a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una
sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de
escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).
En
el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como
inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de
nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y
encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.
Vivir
una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos
del tiempo nuevo, en el que Dios
“hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6).
Significa
recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios
resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de
nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).
La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.
La
caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el
otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de
necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos
y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.
«A
partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a
la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo
universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril,
sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT,
183).
La
caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a
quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo,
hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca,
sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con
la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías
(cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los
discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así
sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y
sencillez.
Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.
«Sólo
con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a
percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su
inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo
tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).
Queridos
hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y
amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y
para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria
comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada
por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón
misericordioso del Padre.
Que
María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la
Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo
resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.
Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.
No tenemos que hacer portentos como Jesús; a veces el mejor milagro que podemos hacer es regalar una sonrisa que refleje el Amor de Dios…
Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este
quinto domingo del Tiempo Ordinario giran en torno al tema de la predicación, el
anuncio del Reino.
En la segunda lectura, tomada de la primera
carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,16-19.22-23), encontramos la
famosa frase del apóstol: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. En este
pasaje san Pablo nos presenta las características del verdadero apóstol, del
enviado por el Señor a predicar la Buena Nueva del Reino (es decir, todos y
cada uno de nosotros): “Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de
todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para
ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a
algunos”. En otras palabras, que el seguidor de Jesús ha de seguir los pasos
del Maestro, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Esa es la mejor
predicación, traducir nuestra fe en obras (Cfr.
St 2,18).
El Evangelio (Mc 1,29-39) nos narra la
curación de la suegra de Pedro. Una vez más vemos a Jesús curando enfermos,
echando demonios, demostrando su poder. Como hemos dicho en ocasiones
anteriores, Marcos quiere presentar a los paganos un Jesús poderoso en obras,
por eso, de todos los evangelistas, es quien pone más énfasis en los milagros
de Jesús, presentándolo como el gran taumaturgo o hacedor de milagros.
La lectura nos dice que después de curar a la
suegra de Pedro, al anochecer “le llevaron todos los enfermos y endemoniados.
La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos
males y expulsó muchos demonios”. Todos esos milagros y demostraciones de poder
por parte de Jesús constituyen un anuncio de que el Reino ha llegado pero, como
sucede con muchos, en ocasiones no podemos ver más allá de los milagros y el
beneficio que estos puedan brindarnos. Queremos y buscamos a un Jesús
“milagrero” que resuelva nuestro “problema” inmediato, y pasamos por alto el
hecho de que ese milagro es manifestación del Amor de Dios.
Al final de la jornada, luego de descansar un
rato, Jesús se levantó y, como tantas veces, se marchó al descampado y allí se
puso a orar, a retomar ese diálogo continuo con al Padre. Es allí donde los discípulos
lo encuentran, lo interrumpen y le dicen: “Todo el mundo te busca”. La pregunta
que me hago es: ¿para qué lo buscaban? ¿Por curiosidad, para verle hacer
milagros? ¿Para que obrara un milagro en ellos? De todos los que lo “buscaban”,
¿cuántos lo hacían porque querían escuchar Su Palabra para ponerla en práctica?
¿Cuántos habían captado el mensaje detrás de los milagros?
Eso no detiene a Jesús, que dice a sus
discípulos: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también
allí; que para eso he salido”. Esa fue la misión de Jesús, anunciar la Buena
Noticia de que el Reino ya está aquí; y es la misión que encomendaría a sus
discípulos antes de partir (Mc 16,15). Es lo que nos dice a nosotros ahora a
través de la Palabra.
Y al igual que Jesús, nuestra predicación ha
de ir acompañada de obras que den testimonio de la misma. No tenemos que hacer
portentos como Jesús; a veces el mejor milagro que podemos hacer es aconsejar o
alentar a alguien, visitar a un enfermo, acoger a alguien que sufra discrimen o
rechazo, hacer una llamada telefónica, o tal vez regalar una sonrisa que
refleje el Amor de Dios… Ese acto se convertirá en un testimonio de que el
Reino ha llegado.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor.
La lectura del Evangelio que la liturgia nos
propone para hoy (Mc 6,30-34) retoma la narración del primer “envío” que
leíamos el pasado jueves (Mc 6,7-13). Hoy se nos presenta el regreso de los
apóstoles de esa misión. El evangelista no nos dice cuánto tiempo estuvieron
misionando, solo nos dice que “los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y
le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Me imagino el entusiasmo de
los apóstoles contando todas sus peripecias durante la misión. Había llegado la
hora del “informe”, de comparar notas con el Maestro, de recibir crítica
constructiva de Él.
Así debería ser la Asamblea eucarística del
domingo. Cada vez que terminamos la misa, con el rito de conclusión, el
sacerdote nos “envía” a la aventura de la vida a vivir lo que celebramos,
llevando a Jesús en nuestros corazones, para que con nuestros quehaceres
diarios alabemos y bendigamos al Señor. Así, después de nuestra “misión”
durante la semana, nos reunimos nuevamente el siguiente domingo en torno a la
mesa con Jesús, tal como lo hicieron los apóstoles en el pasaje evangélico de
hoy. Cuando el Señor nos pregunte sobre la misión que nos encomendó, ¿qué le
vamos a decir?
Jesús está consciente de que después del viaje
misionero los apóstoles deben estar cansados y hambrientos. Por eso les dice: “Venid
vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El descanso y la
alimentación son necesarios para mantenerse saludables y poder continuar
predicando. En la celebración eucarística del domingo el Señor nos brinda un
espacio de descanso de los trajines de la vida diaria, y nos alimenta con su
Palabra y su Persona.
Continúa diciendo el relato que era tanta la
gente que “no encontraban tiempo ni para comer”. Se montaron en una barca para
ir a otro lugar tranquilo, pero la gente los siguió corriendo por la orilla del
lago y se les adelantaron.
Al ver a la gente, Jesús sintió “lástima de
ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.
Vio la necesidad, el hambre espiritual de aquella multitud, y se sintió
conmovido, al punto del sacrificio. Aquí se destaca otra dimensión de Jesús. En
este pasaje Marcos nos presenta, no tanto el gran hacedor de milagros, sino el
Pastor que cuida de su rebaño, aludiendo a una figura que encontramos en el
antiguo testamento para referirse al pueblo de Israel que se había descarriado:
“He visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1
Re 22,17). Asimismo, nos lo presenta como el hombre sensible, que se compadece.
Recordemos que Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla
con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús.
Trato de imaginar qué le diría Jesús a aquella
multitud. Marcos no nos ofrece detalles sobre el contenido de la enseñanza de
Jesús. Debemos suponer que les hablaba de la llegada del Reino, pues Marcos
había establecido esto como la misión de Jesús, desde el comienzo de su Evangelio
(1,14-15).
Esa es también nuestra misión (Mc 16,15). ¿Aceptas
el reto?