REFLEXIÓN PARA EL JUEVES 23 DE DICIEMBRE DE 2021 – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

“Mirad, yo os envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí… os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a destruir la tierra”.
Basándose en este pasaje, tomado de la primera lectura de hoy (Mal 3,1-4.23-24), los judíos tenían la creencia de que el profeta Elías habría de regresar para anunciar la llegada del Mesías esperado. Por eso en el Evangelio que leyéramos el sábado de la segunda semana de Adviento (Mt 17,10-13), cuando los discípulos le preguntaron a Jesús que por qué decían los escribas que primero tenía que venir Elías, este les respondió: “Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”. Al escuchar estas palabras los discípulos comprendieron que se trataba de Juan el Bautista. En otras palabras, el que tenía que venir no se llamaba Elías, pero había cumplido su misión: “Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17).
Los escribas no supieron reconocer al precursor cuando lo vieron, por eso tampoco reconocieron al Mesías cuando lo tuvieron ante sí; no supieron interpretar los signos que anunciaban la llegada del Mesías. Y uno de esos signos fue el nombre que sus padres escogen para Juan Bautista, evento que se recoge en el Evangelio de hoy, que nos narra el nacimiento de Juan el Bautista (Lc 1, 57-66). Contario a la tradición, sus padres, Zacarías e Isabel, escogen para el niño un nombre extraño, contrario a la tradición familiar. Por eso “todos se quedaron extrañados”. Es que cuando Dios escoge a una persona para llevar a cabo una misión, la misma está asociada a un nombre que Él tenía pensado desde la eternidad. ¡Y qué misión tenía Dios destinada para Juan! Ser el precursor del Mesías.
Estamos al final del Adviento. Mañana es Nochebuena. Celebraremos el nacimiento de Jesús. Un hecho salvífico del pasado que se hace presente para los que creemos, como lo hizo el Niño Jesús en aquél primer Belén viviente que preparó San Francisco de Asís en el año 1223. Lo cierto es que Jesús sigue naciendo “hoy”, en el tiempo presente, en los corazones de todos los hombres y mujeres de fe. Y a cada uno de nosotros se nos ha encomendado la misma misión que a Juan, ser testigos de la verdad, que no es otra cosa que el amor incondicional que Dios nos tiene, al punto de habernos enviado a su Hijo para rescatarnos del pecado y de la muerte.
Hoy debemos preguntarnos, ¿si la gente nos ve, podrán ver en nosotros el reflejo de la imagen de Jesús, de manera que cuando le tengan de frente le reconozcan? De nosotros puede depender que celebren la verdadera Navidad…
REFLEXIÓN PARA EL 22 DE DICIEMBRE DE 2021 – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

Ya estamos en el umbral de la Navidad, y la liturgia continúa orientándonos hacia ella y preparándonos para la Gran Noche. Se nos ha presentado el poder de Dios que hace posible que mujeres estériles, incluso de edad avanzada, conciban y den a luz hijos que intervendrán en la historia humana para hacer posible la historia de la salvación. María será la culminación: Una criatura nacida de una virgen, un regalo absoluto de Dios, el inicio de una nueva humanidad.
La primera lectura de hoy (1 Sam 1,24-28) nos narra la presentación de Samuel a Elí por parte de su madre Ana, una mujer estéril que había orado para que Dios le concediera el don de la maternidad: “Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo”. Ana está consciente de que ese hijo, producto de la gracia de Dios, no le pertenece. María llevará ese gesto a su máxima expresión al entregar a su Hijo a toda la humanidad. Cuando María dio a luz al Niño Dios lo colocó en un pesebre, en vez de estrecharlo contra su pecho, como sería el instinto de toda madre. Así lo puso a disposición de todos nosotros.
La lectura que se nos presenta como salmo es el llamado Cántico de Ana, tomado también del libro de Samuel (1 Sam 2,1.4-5.6-7). Este es el cántico de alabanza que Ana entona después que entrega y consagra a su hijo al templo. Todos los exégetas reconocen en este cántico de alabanza la inspiración para el hermoso canto del Magníficat, que contemplamos hoy como lectura evangélica (Lc 1,46-56). Este cántico nos demuestra además que no importa cuán “estéril” de buenas obras haya sido nuestra vida, el Señor es capaz de “levantarnos del polvo”, “hacernos sentar entre príncipes” y “heredar el trono de gloria”, pues es Dios quien “da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece”. Tan solo tenemos que confiar en Dios y dejarnos llevar por el Espíritu.
Ambas mujeres, María y Ana, reconocen su pequeñez ante Dios. Nos demuestran que si confiamos en el Señor Él obrará maravillas en nosotros; que Dios es el Dios de los pobres, los anawim. En este sentido María representa la culminación de la espera de siglos del pueblo de Israel, especialmente los pobres y los oprimidos; ella es la realización de las promesas que le han mantenido vigilante. Al humillarse ante Dios se ha enaltecido ante Él (Cfr. Lc 14,11).
Cuando María nos dice que “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”, no lo dice por ella misma ni por sus méritos, pues acaba de declararse “esclava” del Señor, sino por las maravillas que el Señor ha obrado en ella. Así mismo lo hará con todo el que escuche Su Palabra y la ponga en práctica. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 123).
Dios no desampara un corazón contrito y humillado (Sal 50). En estos dos días que restan del Adviento, pidamos al Señor la humildad necesaria para que Él fije su mirada en nosotros y haga morada en nuestros corazones, como lo hizo en el de María.
REFLEXIÓN PARA EL MARTES 21 DE DICIEMBRE – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

Ya se cerca el gran día… Y la anticipación hace que nuestro corazón salte de alegría, igual que Juan el Bautista en el vientre de su madre Isabel ante la visita de María que se nos narra en el evangelio de hoy (Lc 1,39-45).
Esa alegría ya se destila en la primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares (2,8-14), en la cual se nos presenta la alegría inigualable e indescriptible de dos jóvenes amantes. “¡Oíd que llega mi amado saltando sobre los montes, brincando por los collados!”, dice la joven, mientras el joven la llama: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí! Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura”. Este pasaje nos evoca esa anticipación del encuentro entre los amantes, que hace que mientras más cercana esté la hora del encuentro se acelere el pulso y la respiración, al punto de sentir que el corazón se va salir por la boca. Esa es la alegría y anticipación que debe provocar en nosotros la cercanía del encuentro con el Amor de los amores que hemos de tener al final del camino del Adviento.
Es la alegría que experimentó María al saber que llevaba dentro de sí al Dios-con-nosotros camino a asistir a su prima Isabel, convirtiéndose así en la primera custodia, y su viaje hacia la casa de su prima en la primera procesión del “corpus”. María acababa de recibir el Espíritu Santo (¡y de qué manera!), y estaba tan llena de la alegría desbordante que produce el encuentro con el Espíritu Santo, que “contagió” a Isabel y a la criatura que llevaba en su vientre, al punto que “la criatura saltó de alegría”, e hizo exclamar a Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”, para luego “retratar” a María diciendo: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, lo que hizo que María entonara el hermoso canto del Magníficat. María acababa de convertirse en la primera portadora de la Buena Nueva de Dios al mundo, ¡la primera evangelizadora!
Siguiendo el ejemplo de María, nosotros deberíamos convertirnos en portadores de la Buena Noticia durante este tiempo de Adviento, para contagiar a otros con la alegría que produce la anticipación de la llegada de nuestro Salvador. Lo único que tenemos que hacer es abrir nuestros corazones al gozo que nos trae esa Buena Noticia. Y cuando sintamos ese “chorro” de amor que invade todo nuestro ser, las palabras sobrarán, pues con nuestra mirada, nuestra sonrisa, nuestros gestos, contagiaremos a todo el que se nos acerque.
Es tanto lo que podría decirse sobre este pasaje, que el tiempo y espacio limitado que tenemos permite tan solo un breve comentario. El pasaje nos narra el encuentro entre dos mujeres, una de avanzada edad y otra adolescente, ambas con una maternidad inesperada, producto de la largueza de Dios, que les produce una alegría indescriptible, como la de los amantes que describía la primera lectura. Ambas esperan gozosas la llegada del Salvador. Eso, queridos hermanos y hermanas, ¡es Adviento!
REFLEXIÓN PARA EL LUNES 20 DE DICIEMBRE DE 2021 – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

Según sigue llegando a su fin el Adviento, las lecturas continúan repitiéndose, como cuando uno sabe que algo grande está a punto de suceder, y se sorprende repitiendo una frase o un nombre, producto de anticipar ese momento esperado.
La liturgia de hoy nos brinda nuevamente uno de los pasajes más hermosos de todas las Sagradas Escrituras, si no el más hermoso y conmovedor, la Anunciación de ángel a María (Lc 1,26-38). Todavía me estremece recordar la sensación que me arropó cuando tuve la dicha de estar en la gruta de la Anunciación, en Nazaret, hace unos años. Les aseguro que aún hoy se siente la fuerte presencia del Espíritu en ese santo lugar.
Junto a esa lectura, como primera lectura, leemos la profecía de Isaías (7,10-14), en la cual el profeta nos anuncia, casi siete siglos antes del suceso, el nacimiento de Jesús: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”. Dios-con-nosotros. Dios hecho uno con nosotros. Dios humanado. Dios encarnado. Dios-en-nosotros. La culminación del plan de salvación que el mismo Dios había dispuesto desde la caída (Gn 3,15).
Y el éxito o el fracaso de ese plan de salvación dependían de una jovencita del pueblo de Nazaret llamada Mariam (María). “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Ese “hágase” de María hizo posible la culminación de la “plenitud de los tiempos” cuando “Dios envió a su Hijo, nacido de Mujer” (Gál 4,4) para hacer posible la instauración de su Reino en medio de la historia humana. Su humildad y desprendimiento, productos de la virtud de la caridad, al aceptar encarnar a un “Dios-hecho-hombre”, no para ella, sino para entregárselo a toda la humanidad, dieron paso a nuestra salvación.
El lugar del “hágase” sigue siendo aquí, “hoy”, en el mundo, que es el lugar en que todos y cada uno de nosotros está en disposición de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Este es el lugar en donde el Verbo se hace carne, el lugar en que cada uno que acepta la Palabra de Dios, la pone en práctica y se deja poseer plenamente por la gracia, convirtiéndose en otro “cristo” y ofreciéndose a los demás. (Cfr. Gál 2,20).
Así María, con su ejemplo, nos sigue mostrando el camino para continuar la construcción del Reino que su Hijo vino a inaugurar. María está “aquí” para servir (“He aquí la esclava del Señor”), como lo hizo con su prima Isabel, a quien fue a servir sin pensar en los peligros del viaje, como veremos en el Evangelio de mañana.
“Hágase en mi según tu Palabra”. La plenitud de los tiempos está significada en la figura de María, que nos enseña la virtud de la espera, la escucha de la Palabra de Dios, y la colaboración con el plan de salvación dispuesto desde el principio por el Padre. Si emulamos el “hágase” de María, y lo convertimos en lema de nuestro diario vivir, podemos cambiar el rumbo tan preocupante que está tomando la historia de la humanidad.
En estos últimos días del Adviento, pidamos al Padre que nos ayude a seguir el ejemplo de María, para recibir a Jesús en nuestros corazones y nuestras vidas, y compartirlo con el mundo.
REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (C) 19-12-21

La liturgia para hoy nos propone la misma lectura evangélica que leeremos el próximo martes 21 (Lc 1,39-45), la visita de María a Isabel. Como primera lectura se nos presenta un pasaje de la profecía de Miqueas (5,1-4), que anuncia al pueblo que el Mesías esperado nacerá en Belén: “Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemorables. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz, el resto de sus hermanos volverá junto con los hijos de Israel. Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor, con el dominio del nombre del Señor, su Dios; se instalarán, ya que el Señor se hará grande hasta el confín de la tierra. Él mismo será la paz”.
Este oráculo es bien conocido, pues Mateo lo cita en la visita de los magos, cuando Herodes manda a preguntar a los sumos sacerdotes y escribas que dónde habría de nacer el Mesías, y estos le responden: “En Belén de Judea,… porque así está escrito por el Profeta” (Mt 2,5-6). Juan también lo cita durante la discusión sobre el origen de Jesús: “¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?” (Jn 7,42). Podemos ver en esta lectura que el censo ordenado por el emperador Augusto que provocó que José tuviera que trasladarse a Belén con su mujer encinta, no fue pura casualidad. Estaba todo dispuesto en el plan de salvación trazado por el Padre desde la eternidad.
Esta profecía nos señala también el origen humilde (al igual que David) del Mesías, ya que la aldea de Belén era un lugar pobre. El linaje davídico del mesías esperado se refuerza con la frase: “Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial”. De ahí que el ángel dijera a María en la anunciación que al niño que va a nacer: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1,32b). Cabe señalar que aunque ambos evangelistas que mencionan las circunstancias del nacimiento de Jesús (Mateo y Lucas) enfatizan que José, esposo de María y padre putativo de Jesús, pertenecía a la estirpe de David, la tradición, recogida en los evangelios apócrifos nos señala que María también era del linaje de David.
Esta lectura es un ejemplo de lo que en días anteriores hemos llamado la perspectiva histórica, o del pasado, que nos presenta el “adviento” que vivió el pueblo de Israel durante prácticamente todo el Antiguo Testamento, esperando, anticipando, preparando la llegada del mesías libertador que iba a sacar a su pueblo de la opresión. Y en María se hacen realidad todas las expectativas mesiánicas del pueblo judío; su “sí”, su “hágase” hizo posible la “plenitud de los tiempos” que marcó el momento para el nacimiento del Hijo de Dios (Cfr. Gál 4,4). Como dijo san Juan Pablo II: “Desde la perspectiva de la historia humana, la plenitud de los tiempos es una fecha concreta. Es la noche en que el Hijo de Dios vino al mundo en Belén, según lo anunciado por los profetas”.
Estamos a escasos días de la fecha. La liturgia nos ha llevado in crescendo hasta este momento en que nos encontramos en el umbral de la Navidad. Es el momento de hacer inventario… ¿Estamos preparados para recibir al Niño Dios?
REFLEXIÓN PARA EL 18 DE DICIEMBRE DE 2021 – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

La primera lectura de hoy (Jr 23,5-8), nos muestra cómo la liturgia de Adviento continúa presentándonos la estirpe de David como aquella de la cual se ha de suscitar el Mesías esperado por el pueblo.
La lectura evangélica (Mt 1,18-24) nos presenta un pasaje que de primera instancia puede parecer un tanto desconcertante. José se entera que María, con quien estaba desposada, estaba embarazada, ante lo cual él opta por repudiarla en secreto. Nos dice la lectura que apenas había tomado esa decisión, se le apareció en sueños un ángel que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”.
José le dio su nombre al Niño convirtiéndose en su padre legal, asegurando de ese modo que perteneciera a la estirpe de David. Ese era el papel que Dios tenía dispuesto para José. Muchos se han preguntado el porqué de la vacilación de José, y su decisión de repudiar a su esposa, a pesar de que el mismo pasaje nos dice de entrada que José era un “hombre justo”. También se ha cuestionado cómo es posible que María le ocultara a José el origen divino de su embarazo. Sobre este punto los exégetas han adelantado múltiples explicaciones. Una de las más lógicas (y hermosas) es la contenida en el siguiente comentario de san Bernardo, citando a san Efrén:
“¿Por qué quiso José despedir a María? Escuchad acerca de este punto no mi propio pensamiento, sino el de los Padres; si quiso despedir a María fue en medio del mismo sentimiento que hacía decir a san Pedro, cuando apartaba al Señor lejos de sí: Apártate de mí, que soy pecador (Lc 5, 8); y al centurión, cuando disuadía al Salvador de ir a su casa: Señor, no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8, 8). También dentro de este pensamiento es como José, considerándose indigno y pecador, se decía a sí mismo que no debía vivir por más tiempo en la familiaridad de una mujer tan perfecta y tan santa, cuya admirable grandeza la sobrepasaba de tal modo y le inspiraba temor. El veía con una especie de estupor, por indicios ciertos, que ella estaba embarazada de la presencia de su Dios, y, como él no podía penetrar este misterio, concibió el proyecto de despedirla. La grandeza del poder de Jesús inspiraba una especie de pavor a Pedro, lo mismo que el pensamiento de su presencia majestuosa desconcertaba al centurión. Del mismo modo José, no siendo más que un simple mortal, se sentía igualmente desconcertado por la novedad de tan gran maravilla y por la profundidad de un misterio semejante; he ahí por qué pensó en dejar secretamente a María. ¿Habéis de extrañaros, cuando es sabido que Isabel no pudo soportar la presencia de la Virgen sin una especie de temor mezclado de respeto? (Lc 1, 43). En efecto, ¿de dónde a mí, exclamó, la dicha de que la madre de mi Señor venga a mí?”.
Durante este tiempo de Adviento, escuchemos el llamado del ángel, y acerquémonos sin temor a María como lo quiere su Hijo.
REFLEXIÓN PARA EL 17 DE DICIEMBRE DE 2021 – FERIA PRIVILEGIADA DE ADVIENTO

Estamos en la “segunda parte del Adviento”, en la novena de Navidad.
La lectura evangélica de hoy, tomada de san Mateo (1,1-17), nos presenta la Genealogía de Jesús. Esta genealogía abarca cuarenta y dos generaciones (múltiplo de 7) desde Abraham hasta Jesús (v. 17), pasando por el rey David, de cuya descendencia nacería el Mesías esperado. Esta parecería ser una lectura aburrida. ¿A quién le interesan tantos nombres raros, muchos de los cuales son desconocidos para la mayoría de nosotros? ¿Por qué ese interés desmedido en establecer el linaje de Jesús?
Debemos recordar que Mateo escribe su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, con el objetivo de probar que Jesús es el Mesías prometido. Por eso pasa el trabajo de establecer, de entrada, su nacimiento dentro de la estirpe de David. Esto se refleja también en el uso continuo de la frase “para que se cumpliese…”, a lo largo de todo su relato (en los primeros tres capítulos se repite seis veces). Es decir, su tesis es que en Jesús se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento relativas al futuro Mesías, que comenzaron desde el libro del Génesis.
Así, en la primera lectura de hoy (Gn 49,1-2.8-10), Jacob manda a reunir a sus doce hijos (de quienes saldrían las doce tribus de Israel), y les dice: “A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre. Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos”. David fue el primero en reinar sobre ambos reinos, el de Judá y el de Israel, antes de que se dividieran, y su linaje continuó reinando sobre Judá. De esa estirpe es que nace José, “esposo de María, de la que nació Jesús, el Cristo” (v. 16), heredero del trono de David (Lc 1,32b).
Aunque sabemos que José no tuvo nada que ver con la concepción de Jesús en el seno virginal de María, al reconocerlo y darle su nombre se convirtió para todos los efectos legales en el padre de Jesús, a quien asumió como hijo suyo. De este modo se convirtió también en el padre espiritual de Jesús, a quien le transmitió toda la tradición de su pueblo, convirtiéndolo en un verdadero hijo de Israel.
Si comparamos los relatos de Mateo y Lucas, vemos cómo en el primero la figura principal es José, a quien el ángel le anuncia la concepción milagrosa de Jesús y le encomienda ponerle el nombre cuando nazca (tarea fundamental en la mentalidad bíblica), mientras María permanece como un personaje secundario que ni tan siquiera habla. En Lucas, por el contrario, María es la verdadera protagonista, el personaje alrededor del cual giran los primeros dos capítulos. En Lucas es a ella a quien el ángel anuncia el embarazo milagroso, recibe el nombre de “llena de gracia”, y se le encarga ponerle el nombre a Jesús.
María es también la figura clave, la protagonista del Adviento. En ella, concebida sin pecado original y preparada por el Padre desde la eternidad, nacida judía hija de Israel, se concentran todas las esperanzas del pueblo judío y de toda la humanidad. De ella recibimos al Salvador, y hoy sigue conduciéndonos hacia su Hijo.
Nuestra Señora del Adviento, ¡muéstranos el Camino!
La expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María
Hoy celebramos la memoria litúrgica de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María, fecha en la que también comenzamos nuestras tradicionales misas de aguinaldo en expectación gozosa del nacimiento de nuestro Redentor. Te invitamos a ver este vídeo en el que te explicamos el origen y significado de esta festividad.
REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO 16-12-21

Nietzsche dijo que sólo iba a creer en un Dios que pudiese bailar. Bailar es un signo de alegría, de gozo, de júbilo. El rey David “danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante Yahvé, ceñido de un efod de lino (El efod o ephod es un vestido sacerdotal usado por los judíos; una de las vestiduras sacerdotales del Antiguo Testamento).” (2 Sam 6,14). El pasado domingo celebramos el “Domingo Gaudete (alégrate)”, una invitación a alegrarnos, porque el Señor viene.
Y en la primera lectura de hoy (Is 54,1-10), tomada del “segundo Isaías, o libro de la consolación, el profeta invita a su pueblo a hacer lo propio ante la promesa de Yahvé de que regresarían a su tierra y Jerusalén sería restaurada: “Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate”… Hay que gritar de júbilo, porque el Señor “cambió el luto en danzas” (Sal 29).
Estamos a escasos ocho (8) días de la Nochebuena, esa noche mágica en que nace nuestro Señor y Salvador; el Señor que era, que es, y que será; ese Señor que está vivo, que es la Vida, que nos da la Vida; que viene constantemente a nosotros, pero cuya venida celebramos especialmente en la Navidad. Y por eso nos regocijamos, y cantamos, y bailamos, y sentimos ese “cosquilleo”, ese “no-sé-qué” en todo nuestro ser.
Como hemos dicho en ocasiones anteriores, el Adviento tiene también una dimensión escatológica, del final de los tiempos, que nos invita a esperar con alegría esa segunda venida de Jesús, cuando regrese a cerrar la historia para que podamos disfrutar de su presencia por toda la eternidad (Ap 22,4-5).
Los evangelios, por su parte, nos muestran a un Jesús alegre, que disfruta la compañía de sus amigos en las fiestas (Jn 2,1-12; 12,2). Por eso nuestra Iglesia es alegre; alegría que solo puede venir del Amor; de sabernos amados incondicionalmente por un Padre siempre dispuesto a perdonarnos (cfr. Lc 15,11-32) que celebra una fiesta cuando nos tornamos a Él.
En la lectura evangélica de hoy (Lc 7,24-30), continuación de la de ayer, Jesús nos pregunta tres veces: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?”; “¿qué salisteis a ver?”; “¿qué salisteis a ver?”. Tal parece que estuviera preguntándonos cómo estamos viviendo nuestro Adviento. ¿Qué salimos a ver? ¿Las luces de colores? ¿Los arbolitos de navidad? ¿Los pesebres? ¿Las decoraciones navideñas de casas y comercios? ¿En serio creemos que vamos a encontrar allí a Jesús?…
Si salimos a ver esas cosas no vamos a encontrar a Jesús, al igual que aquellos que salieron a ver un hombre “vestido con ropas finas”, y lo único que vieron fue un hombre vestido con piel de camello (Juan el Bautista) y por eso no lo reconocieron.
Para encontrar a Jesús tenemos que liberarnos de las luces de colores, del consumismo que caracteriza la Navidad, y salir al encuentro de los pobres y humildes. Solo allí encontraremos ese Amor que llena nuestro corazón de regocijo, que nos hace exultar y alegrarnos. Entonces podremos decir (dar testimonio) a todo el que se cruce en nuestro camino lo que Andrés le dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41).
¡De eso se trata el Adviento; de eso de trata la Navidad!
Hoy celebramos la festividad de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María. Te invitamos a ver nuestro vídeo sobre esta hermosa fiesta en nuestro canal de YouTube, De la Mano de María TV









