REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 27-01-17

Marcos continúa presentándonos las parábolas de Jesús relacionadas con el Reino. Al igual que ayer, en la lectura evangélica de hoy (Mc 4,26-34) nos presenta dos de ellas, ambas relacionadas con la agricultura. Jesús desarrolló su ministerio en una cultura acostumbrada a la siembra, que podía relacionarse con el lenguaje de la agricultura. De nuevo encontramos a Jesús enseñando con parábolas, utilizando vivencias que les resultaban familiares a los que escuchaban. “Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender”.

En la primera de las parábolas Jesús compara el Reino de Dios con una semilla que se siembra en la tierra y, sin que el campesino sepa cómo, desde el mismo momento en que la siembra, comienzan a ocurrir una serie de maravillas, allí, en lo oculto, bajo la tierra. Y cuando él se levanta, encuentra que la semilla ha germinado. Un verdadero misterio. Una vez siembra la semilla ya no depende de él; las fuerzas ocultas de la naturaleza toman su curso, y “la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. Finalmente llega el momento de la cosecha, “Se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Pero si no siembra, nunca va a cosechar.

Así es el Reino de Dios, como una semilla viva que hay que sembrar. No nos podemos cruzar de brazos. Hay que sembrar, hay que arriesgarse. Y el campo en que hemos de sembrarla son las almas de los que nos escuchan anunciar ese Reino. ¡Tenemos que sembrar! Tenemos que confiar en que esa semilla va a ir geminando lentamente, oculta en lo más profundo de las almas. Al igual que la semilla de la parábola, una vez la sembramos ya no depende de nosotros. La Palabra de Dios y el anuncio del Reino tienen una fuerza y poder misteriosos que harán germinar esa semilla de una u otra manera. Pero ¡tenemos que atrevernos a sembrar! Si no sembramos no podemos cosechar. Del mismo modo que el campesino confía en las fuerzas de la naturaleza al sembrar su semilla, así tenemos que confiar nosotros en la Fuerza de la Palabra de Dios para hacer germinar los frutos del anuncio del Reino.

La segunda parábola que nos presenta la lectura de hoy, la del grano de mostaza, nos apunta a que no importa cuán pequeña sea la semilla que sembremos, tiene el potencial de crecer como la más grande de las hortalizas, “y echar ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”.

A veces nos cohibimos de sembrar pensando que nuestra “semilla” es pequeña, no nos atrevemos a anunciar el Reino de Dios, porque “tenemos poco que decir”. Ninguna semilla es demasiado pequeña. Si hemos recibido la Palabra de Dios anunciando el Reino, tan solo tenemos que arriesgarnos, atrevernos a regar la semilla. No olvidemos que esa Palabra tiene poder creador, capaz de hacerla germinar aún en las condiciones más desfavorables. Entonces nos sorprenderemos cuando ese anuncio, al parecer insignificante, “echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. El mensaje de Jesús es consistente: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.

No me canso de repetirlo: ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 26-01-17

En la lectura evangélica de hoy (Mc 4,21-25), Marcos nos presenta dos parábolas cortas, ambas relacionadas con el anuncio del Reino.

La primera de ellas, la del candil que no se trae para ponerlo debajo del celemín (las notas de la Biblia de Jerusalén dice que “en la antigüedad, el celemín era un pequeño mueble de tres o cuatro patas) o debajo de la cama, sino para ponerlo en el candelero para que alumbre”. Termina Jesús esa breve parábola con la frase que le escucharemos decir en más de una ocasión: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Jesús utiliza imágenes, situaciones, gestos, que les son familiares a la gente, para transmitir la realidad invisible del Reino. Probablemente ha visto a su propia madre en muchas ocasiones traer un candil, al caer la noche, para iluminar la habitación en que se encontraban. Él echa mano de esa imagen sencilla, doméstica, familiar, para enseñarnos la actitud que debemos tener respecto a la Palabra de Dios que recibimos. Esa Palabra de Vida eterna no es para esconderla, sino para ponerla en un lugar visible para que todos se beneficien de su Luz.

Jesús nos ha dicho que tenemos que ir por todo el mundo a proclamar la Buena Noticia del Reino (Mc 16,15), a ser la “luz del mundo”. La versión de Mateo de este pasaje, que el evangelista coloca inmediatamente después del sermón de las Bienaventuranzas, es más explícita, y nos muestra a Jesús diciendo (Mt 15,14): “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

En la parte del ritual del Bautismo que llamamos effetá (palabra aramea que significa “ábrete”), el ministro traza la señal de la cruz tocando los oídos y los labios del bautizando, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y sus labios para proclamarla, es decir, cumplir la misión profética para la cual somos ungidos en el Sacramento.

Lo hemos dicho muchas veces, cuando recibimos la Palabra de Dios en nuestros corazones, no podemos quedárnosla para nosotros, tenemos que compartir la Buena Nueva del Reino con todos, como los enfermos a quienes Jesús curaba y les pedía que guardaran silencio, que no podían contenerse y salían corriendo a contárselo a todos.

Y como a los discípulos, a quienes explicaba las cosas del Reino en privado, tenemos que pedir al Espíritu que nos permita recibir esas verdades “ocultas” que Jesús quiere transmitirnos, para “ponerlas en alto” y que se “descubran” ante los demás. De ahí el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.

Yo me atreví. Y tú, ¿te atreves? Anda, ¡Atrévete!

Reflexión para la Fiesta de la Conversión de san Pablo 25-01-17

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de la Conversión de san Pablo. Y la liturgia nos ofrece como primera lectura la narración de Pablo de su propia conversión (Hc 22,3-16). Como lectura alterna, se nos ofrece el mismo relato desde la perspectiva del narrador (Hc 9,1-22).

El relato de la conversión de san Pablo es tan denso, y lleno de simbolismo, que resulta imposible pretender analizarlo en el poco espacio disponible.

Nos limitaremos a preguntar: ¿Qué ocurrió en ese instante, en esa fracción de segundo que pudo haber durado ese rayo improviso, enceguecedor que hasta le hizo caer en tierra?  Se trató sin duda de una de esas experiencias que cambian nuestras vidas y que, por su intensidad, resultan inenarrables; esas experiencias que producen la verdadera metanoia, palabra griega que se traduce como conversión, y se refiere a ese movimiento interior que solo puede surgir en una persona que tiene un encuentro íntimo con Cristo. “Metanoia” se refiere literalmente a una situación en que un caminante ha tenido que volverse del camino en que andaba y tomar otra dirección. Se trata de morir al hombre viejo para resucitar a una vida nueva en Cristo Jesús (Cfr. Rm 1,4).

En teología, esta metanoia se asocia al arrepentimiento, mas no un arrepentimiento que denota culpa o remordimiento; sino que es producto de una transformación en lo más profundo de nuestro ser, en nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo y nosotros mismos, iluminados y ayudados por la gracia divina.

Este encuentro fue el que le cambió radicalmente la existencia a Pablo.  En el camino de Damasco Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, “creyó en el Evangelio”. En esto consistió su conversión y la nuestra: en creer en Jesús muerto y resucitado, y en abrirse a la iluminación de su gracia divina.  En aquel momento Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho de que Jesús, por amor, había muerto también por él, el perseguidor, y había resucitado.

Pablo de Tarso era un hombre bueno; un buen judío; temeroso de Dios, observante de la ley; un verdadero fariseo. Pero nunca había tenido un encuentro con el Resucitado; nunca había experimentado ese Amor indescriptible.

Cuando nos enfrentamos a esa Verdad, que gracias al bautismo ilumina la existencia de todo cristiano, cambia completamente nuestro modo de vivir.  Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús “se entregó a sí mismo por mí”, muriendo en la Cruz (Cfr. Ga 2, 20) y, resucitado, vive conmigo y en mí; sí, contigo y en ti.

Todo el que se “convierte”, todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús y ha experimentado su Amor infinito, su Misericordia, tiene que comunicarlo a otros, tiene que compartir esa experiencia. Por eso Pablo, tan pronto fue bautizado, se alimentó y recuperó las fuerzas, “en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que Él era el Hijo de Dios” (Hc 9,19).

Hoy, en la fiesta de la Conversión de san Pablo, pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu sobre nosotros, para que podamos tener una profunda experiencia de conversión y de encuentro íntimo con Él, como la que tuvo Saulo en el camino de Damasco.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 16-01-17

“¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

El evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 2,18-22) contiene el primer anuncio de la pasión de parte de Jesús: “Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán”. Es la primera vez que Jesús hace alusión su muerte, pero sus discípulos no lo captan.

Junto con el anuncio, Jesús recalca la novedad de su mensaje, que había resumido en el sermón de la montaña, recogido en el capítulo 5 de Mateo. La Ley antigua quedaba superada, mejorada, perfeccionada (5,17). Por tanto, hay que romper con los esquemas de antaño para dar paso a la ley del Amor. Es una nueva forma de vivir la Ley, un cambio radical de aquel ritualismo de los fariseos; un nuevo paradigma. Es el despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo de que nos habla san Pablo (Ef 4,22-24). En fin, se trata de una nueva manera de relacionarnos con Dios y con nuestro prójimo. No hay duda, los tiempos mesiánicos han llegado.

Este anuncio está implícito en la utilización por parte de Jesús de la figura del “novio” cuando los fariseos le cuestionan por qué sus discípulos no ayunan. De su contestación se desprende que sus discípulos no ayunan porque no tienen nada que esperar, ya que los tiempos mesiánicos han llegado, no tienen que hacer penitencia para la llegada de un Mesías que ellos ya le han encontrado.

Por eso Jesús nos dice que no se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan. Este simbolismo del “vino nuevo” junto con la figura del “novio” lo vemos también en las bodas de Caná (Jn 2,1-11), cuando Jesús, con su poder, nos brinda el mejor vino que jamás hayamos probado; ese vino nuevo que simboliza la novedad de su mensaje.

El problema es que nosotros muchas veces pretendemos aplicar nuestros propios criterios, nuestros viejos paradigmas al mensaje de Jesús, seguirle “a nuestra manera”, sin comprometernos. Queremos abrazarle, recibirle, pero no estamos dispuestos a vivir en forma radical la ley del Amor, no estamos dispuestos a amar y perdonar a todos, especialmente a los que más nos han herido, no estamos dispuestos a abrazar la cruz… “Si alguien quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Uf, ¡qué difícil!

Hoy, pidámosle al Padre que nos ayude a despojarnos de los “odres viejos”, y que nos dé “odres nuevos” para recibir y retener el “vino nuevo” que su Palabra nos brinda.

Que pasen todos una hermosa  semana, y no olviden visitar la Casa del Padre al menos una vez a la semana y, de ser posible, más de una vez. De paso, dejen sus “odres viejos” a la entrada del templo, y acepten el “odre nuevo” que allí se les ofrece… ¡Es gratis!

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (A) 15-01-17

Como primera lectura para este Segundo domingo del Tiempo Ordinario la liturgia nos presenta un fragmento del segundo “cántico del Siervo de Yahvé” (Is 49,3.5-6). Este cántico, que forma parte del “Segundo Isaías”, o libro de la consolación, que comprende los capítulos 40 al 55 del libro de Isaías, pretende consolar al pueblo de Israel durante el destierro en Babilonia, dándole esperanza de una restauración que vendrá de manos del Siervo que describe: “‘Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso’. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–: ‘Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra’”.

El versículo inmediatamente anterior (v.2) nos propone dos comparaciones que nos describen a ese Siervo: “Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hízome como saeta aguda, en su carcaj me guardó”. Se refiere a la Palabra que saldrá de su boca, que será viva y eficaz, “más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4, 12-13).

Y la lectura que contemplamos hoy nos describe la misión que Dios le encomienda al Siervo: reunir a Israel y, más aún, hacerle “luz de las naciones” para que Su salvación “alcance hasta el confín de la tierra”. Ese siervo es Jesús, a quien el anciano Simeón reconoce cuando sus padres le llevan a presentar al Templo como la “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,32).

Jesús es el Siervo de Yahvé que había sido prefigurado por el profeta Isaías. La luz para alumbrar a todas las naciones, el que con su muerte habría de reunir a los dispersos y traer la salvación a todos, “a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”, como nos dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (1 Cor 1-3).

Es aquel de quien Juan da testimonio en la lectura evangélica de hoy (Jn 1,29-34) diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él” (Cfr. Is 11,2). Jesús nunca salió de Palestina, pero nos dejó su Palabra, el anuncio de la Buena Noticia del Reino, encomendándonos una misión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Al igual que al Siervo, Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros desde el vientre materno, encomendándonos una misión: Ser testigos de Jesucristo. Y para cumplir esa misión nos dejó su Santo Espíritu, a quien no debemos vacilar en invocar. Hoy, pidamos al Señor que su Espíritu descienda sobre nosotros para que demos testimonio de su Hijo, sobre todo con nuestro modo de vida, que es el mejor y más creíble testimonio que podemos brindar.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 14-01-17

¡Sígueme!

El relato evangélico que nos trae la liturgia para hoy (Mc 2,13-17) podríamos dividirlo en tres partes. Comienza con la repetición por parte de Marcos de algo que es como una constante en su evangelio. La gente se acercaba a Jesús, y Él “les enseñaba”. El anuncio del Reino.

Inmediatamente, sin preámbulos, nos narra la vocación de Leví (Mateo) en dos oraciones cortas: “Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»  Se levantó y lo siguió”. De nuevo esa mirada penetrante, imposible de resistir, acompañada de una sola palabra: “Sígueme”. Mateo fue el quinto discípulo reclutado por Jesús. Sigue conformando su “equipo de trabajo”. Esta vez escoge a un publicano (recaudador de impuestos). En cada ciudad había al menos un recaudador de impuestos, flanqueado por guardias armados. Trato de imaginarme la escena. Mateo trabajando, cuadrando sus cuentas. De momento siente esta “presencia” ante él, y una voz que le habla. Al escuchar el llamado de Jesús, Leví se levantó y dejó la mesa con todos los libros en que llevaba cuenta de los impuestos recaudados, y el dinero, para seguirle. Así es el llamado de Jesús. Te pregunto: Y tú, ¿has sentido el llamado de Jesús para seguirle?

Debes tener presente que si decides seguirlo Él siempre va a salir en tu defensa; nunca te va a dejar solo. Eso lo vemos en este relato, cuando nos dice que tan pronto Leví se levantó de la mesa para seguirle, Jesús se fue a la casa de éste y se sentó a la mesa con un grupo de publicanos y pecadores: “Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos”. Unos escribas y fariseos que le vieron, se escandalizaron y dijeron a los discípulos: “¡De modo que come con publicanos y pecadores!”.

Los escribas y fariseos no le hablaron a Jesús, se dirigieron a los discípulos con el propósito aparente de desanimarlos y criticar a Jesús, o al menos hacerle desmerecer ante sus ojos. Jesús no se hizo esperar, y salió de inmediato en defensa de estos: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Jesús aprovechó la oportunidad, no solo para defender a sus discípulos, sino para enseñarles.

Jesús nos ama tal y como somos; santos y pecadores. Lo único que Él quiere es nuestra salvación, y va a hacer todo lo que esté a su alcance para salvarnos. Él no juzga a los que se le acercan, los trata a todos con la misma compasión y misericordia, con el mismo amor.

Somos pecadores, pero eso no debe ser obstáculo para que nos acerquemos a Él. Si le invitamos a nuestra mesa Él se sentará con nosotros, y nos invitará a la suya (constantemente nos invita al banquete eucarístico). Eso nos hace preguntarnos: Yo, ¿juzgo a los que se me acercan, o soy comprensivo y tolerante con ellos? Gracias, Señor por aceptarme como soy, con todos mis defectos y debilidades. Ayúdame igualmente a no juzgar a mi prójimo y mostrarme comprensivo y tolerante con ellos, para que vean tu infinito amor y misericordia reflejados en mí.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 13-01-17

La lectura evangélica (Mc 2,1-12) que nos brinda la liturgia para hoy nos presenta la continuación de la misión de Jesús. Ya Él había ganado fama por los prodigios que estaba obrando, y donde quiera que fuera la gente se le acercaba para que les curara a ellos o a sus seres queridos.

En el pasaje de hoy encontramos a Jesús regresando una vez más a Cafarnaún. Tan pronto llegó a la casa y se corrió la voz, llegó tanta gente que no cabían en el lugar. “Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta”. La escritura hace énfasis en que Jesús “les proponía la palabra”. El anuncio del Reino. El tema central de la predicación de Jesús.

Estando allí llegaron unos hombres que traían a un amigo paralítico para que Jesús lo curara. “Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico”. Ellos creían en el poder sanador de Jesús. Y esa fe les hizo actuar de conformidad con esa creencia.

Este pasaje nos lleva a una cuestión fundamental de la fe. Aunque muchas veces usemos los términos indistintamente, una cosa es creer y otra tener fe. Son dos cosas distintas.

Yo puedo creer, pero si no actúo de conformidad con lo que creo, no tengo fe. La fe es la que me hace actuar, y esa actuación es la que hace que el poder de Dios se manifieste. La fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Si yo no actúo conforme a lo que creo nunca veré el poder de Dios. Por eso la fe es algo que “se ve”, como lo fue la de aquellos que llevaron su amigo ante Jesús para que éste le curara. Ellos creían, y actuaron conforme a lo que creían. No se limitaron a creer que Jesús podía curar a su amigo; actuaron acorde a dicha creencia. Tan seguros estaban que llegaron al extremo de treparlo al techo, hacer un boquete en el techo, y descolgarlo hasta enfrente de Jesús. Es de notar que la escritura nos dice que “Viendo Jesús la fe que tenían”, primero dice al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”, y más adelante: “Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”.

La frase clave es “VIENDO Jesús la fe que tenían”. De nada nos sirve creer en Dios si esa creencia no se convierte en un acto que demuestre lo que creemos. Si nos limitamos a “creer” y nos cruzamos de brazos, nunca veremos manifestarse la gloria de Dios. Un ejemplo lo tenemos en Zacarías, el padre de Juan en Bautista. Cuando Dios le dejó saber que su esposa concebiría y daría a luz un hijo a pesar de su esterilidad y avanzada edad, si él se hubiese cruzado de brazos y no se hubiese juntado con su esposa Isabel, esta no habría concebido y dado a luz.

Señor que mi fe se “vea”, de manera que todo el que se acerque a mí, vea la manifestación de tu poder y crea. Por Jesucristo nuestro Señor.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 12-01-17

Jesús continúa su misión. En la lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 1, 40-45) vemos la reacción de Jesús ante un leproso que se presenta ante Él y le pide que lo cure: “Si quieres, puedes limpiarme”, le dice el leproso. Un acto de fe. Jesús se conmueve ante la situación del leproso: “Sintiendo lástima (la palabra griega utilizada significa “conmovido en las entrañas”), extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero: queda limpio’”.

De todos los evangelistas, Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. Marcos habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús, mientras que Mateo y Lucas tienden a omitirlas o mitigarlas en los pasajes paralelos (comparar este pasaje con los relatos paralelos en Mt 8,3 y Lc 5,12). Asimismo, en el pasaje de la curación del hombre con la mano paralizada, los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado para poder acusarle; entonces, mirándolos en torno a todos “con indignación (οργης = ira)” dice al paralítico: “extiende la mano…” (comparar Mt 12,13 y Lc 6,10).

No hay duda. Jesús es un hombre que comparte nuestras emociones. Pero también es Dios. Y Marcos no desaprovecha ninguna oportunidad para adelantar el objetivo de su relato evangélico: Demostrar que Jesús es el Hijo de Dios. Presentarlo como el gran taumaturgo o hacedor de milagros (Él sólo hace lo que en la mitología requiere de muchos).

Hay otro detalle que quisiéramos resaltar. La lectura nos dice que Jesús “tocó” al leproso, algo que chocaba con la ley, rayando en el escándalo. La lepra era la peor enfermedad de la época de Jesús. Nadie podía acercarse ni tocar a los leprosos. De hecho, los leprosos estaban aislados, marginados de la sociedad. Caminaban haciendo sonar una campana mientras gritaban: “¡Impuro, impuro!”, para que todos se alejasen (Cfr. Lv 13,45). Aun así, el leproso decide acercarse a Jesús. Reconoce su poder. Jesús, por su parte, quiere dejar establecido que el amor, la misericordia, están por encima de la ley, como cuando cura en sábado (Mc 3, 1-6; Lc 13-14).

La lectura nos dice que Jesús, luego de curar al leproso le pide que no se lo diga a nadie: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Está claro que Jesús no quiere hacer alarde de su poder. Tampoco quiere comprometer su misión.

Como todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús, el leproso no puede contener su alegría. Tiene que compartir su experiencia con todos. “Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes”.

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Si de veras lo has tenido, no podrás contener las ganas de compartir esa experiencia con todos. De eso se trata…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 11-01-17

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 1,29-39) es la continuación de la leíamos ayer, en la que Jesús curó a un endemoniado. Entre ambas, nos narran un día completo en la vida de Jesús.

Hoy encontramos a Jesús que sale de la sinagoga y se dirige a casa de Pedro. El que ha tenido la oportunidad de visitar Cafarnaum sabe que la casa de Pedro no dista mucho de la sinagoga, al punto que de una se ve la otra.

Al llegar a la casa de Pedro, Jesús encuentra a la suegra de Pedro enferma con fiebre. Inmediatamente la cura y ella sin dilación se pone a servirles. Jesús continúa manifestando su poder sobre la enfermedad, pero sobre todo su compasión y misericordia infinitas. Vemos cómo la suegra de Pedro se pone a servirles tan pronto es curada. Un reflejo de la actitud fundamental de Jesús, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Un reflejo de lo que debería ser nuestra actitud (Cfr. Gál 2,20) para con nuestro prójimo.

Tan pronto se enteró la gente que Jesús estaba allí, comenzaron a traerle enfermos y endemoniados y Él los cura a todos, liberándolos de sus dolencias físicas y de sus demonios. Esa es la misión de Jesús, junto al anuncio de la Buena Noticia del Reino. Y hoy Jesús continúa curando nuestras dolencias y deshaciendo toda clase de obstáculos e impedimentos a nuestra salvación; esos “demonios” que nos alejan de Él. Tan solo tenemos que acercarnos a Él.

Finalizada la jornada, de madrugada, hizo lo que tantas veces lo vemos hacer en los evangelios: “se marchó al descampado y se puso a orar”. Ese diálogo constante de Jesús con el Padre que caracteriza toda su misión. Jesús vivió en un ambiente de oración. Así, a manera de ejemplo, comenzó su vida pública con una oración en su bautismo (Lc 3,22). Del mismo modo culminó su obra redentora, en la última cena, pronunciando una oración de acción de gracias sobre las especies eucarísticas (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-30, 1 Co 11,23-25). Más adelante, hacia el final de su misión redentora, se retiró al huerto de Getsemaní a solas a orar (Mt 26,36-44).

Podemos decir que la actividad salvadora de Jesús se “alimentaba” constantemente del diálogo amoroso con su Padre. Igualmente, antes de tomar cualquier decisión importante, como cuando fue a elegir a los “doce”, pasó toda la noche en oración (Lc 6,12). Son tantas las instancias en que Jesús oraba, que sería imposible enumerarlas todas, incluyendo al realizar muchos de sus milagros.

Con el ejemplo del pasaje de hoy, Jesús nos está enseñando que podemos y debemos conjugar la oración con nuestro trabajo (ora et labora). Él siempre, aún en los días de más actividad como el que nos narra la lectura de hoy, sacaba tiempo para hablar con el Padre. “Fabricaba” el tiempo, aún a costa de sacrificar el sueño (“se levantó de madrugada”). Me recuerda a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, que pasaba las noches en vela orando después de una larga jornada de predicación. Y nosotros, ¿le dedicamos al Padre el tiempo que Él merece? ¿Podrías dedicarle al menos cinco minutos hoy? Anda, ¡Él te espera!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 10-01-16

Continuamos adentrándonos en el Tiempo ordinario. La figura de Cristo-predicador sigue tomando forma y, junto con ella, se va revelando la divinidad de Jesús. El misterio de la Encarnación.

Como primera lectura la liturgia nos sigue presentando la carta a los Hebreos (2,5-12). En este pasaje el autor de la carta enfatiza la naturaleza humana de Jesús, y cómo al hacerse uno de nosotros al punto de llamarnos “hermanos”, nos abrió el camino a la gloria eterna. “Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación”. El autor de la carta a los Hebreos nos resume en apenas tres oraciones valor redentor del sacrificio de Cristo.

Jesús muestra su superioridad (“puesto a someterle todo, nada dejó fuera de su dominio”), pero a la misma vez muestra su solidaridad total con nosotros. Es por eso que podemos llamar a Dios Abba, Padre, al igual que Jesús. Esa filiación divina que recibimos en el Bautismo que nos convierte en Hijos de Dios, hermanos de Jesús, y coherederos de la gloria.

En la lectura evangélica de hoy (Mc 1,21-28) vemos el comienzo de la misión de Jesús. Lo encontramos entrando a Cafarnaún. Apenas cuenta con cuatro discípulos, pero no espera, tiene que cumplir su misión y sabe que tiene poco tiempo. Lo vemos predicando en la sinagoga (algo no muy común en Jesús, que prefería hacerlo al descampado). Todos se maravillaban de la autoridad con que exponía su doctrina, porque lo hacía, no como lo escribas (que no aventuraban interpretar la ley a menos que su juicio estuviera avalado por las escrituras), “sino con autoridad”. Otra muestra de la divinidad de Jesús, quien había venido a dar plenitud a la Ley y los profetas (Mt 5,17). Todos perciben que Jesús habla con una autoridad que viene desde el interior de sí mismo y que solo puede venir del mismo Dios. Tal vez todavía no tienen claro que Él es Dios, pero este episodio constituye el primer atisbo de esa divinidad que se seguirá manifestando a través del Evangelio.

Y para que no quede duda sobre su “autoridad” y su superioridad sobre todo, la Escritura nos presenta a un hombre poseído por un “espíritu inmundo” que se encuentra con Jesús en la sinagoga. El espíritu increpa a Jesús y, una vez más, Jesús habla con autoridad: “Cállate y sal de él”. Y el espíritu “dando un grito muy fuerte, salió”. Todos estaban asombrados, confundidos, y se decían: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo”. Y eso, que estamos apenas comenzando, es el primer día de predicación de Jesús. ¡Abróchense los cinturones!

Y yo, ¿tengo claro quién es Jesús? ¿He sido testigo de su poder? Cuando hablo de Él, ¿presento una imagen de “estampita” sobre su persona, o soy capaz de presentar mi experiencia del poder de Jesús y cómo ha obrado en mí?