“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre”.
Todas las lecturas de hoy nos refieren la
oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.
La primera lectura, tomada del libro de Ester
(3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo
fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía
por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus
promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la
manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme
a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.
Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su
soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su
confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.
La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su
parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir
con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está
dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del
Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste,
Señor”.
El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará,
buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien
busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su
hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una
serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le
piden!”
El abandono a la voluntad y providencia de
Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él
nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de
conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra
plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.
En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50),Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino
el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres
creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga,
hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad
de Dios como propia”.
Cuando llegamos a ese grado de compenetración
con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición
coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros.
Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios
siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.
Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al
Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de
petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).
«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)
Queridos hermanos y hermanas:
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.
1. El Misterio pascual, fundamento de la conversión
La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.
Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.
2. Urgencia de conversión
Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.
Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.
3. La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos
El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta “poner a Dios contra Dios”,como dijo el papa Benedicto XVI (cf. Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).
El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.
4. Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo
Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.
Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. Pío XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.
Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
Roma, junto a San Juan de Letrán, 7 de octubre de 2019 Memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario
La primera lectura que nos brinda la liturgia de
hoy continúa la narración de la historia de la descendencia de Abraham, y cómo
Yahvé cumple la Alianza pactada con el pueblo elegido en la persona de aquél.
Ayer leíamos la historia de los hijos de Jacob, quienes anteriormente se habían
puesto de acuerdo para deshacerse de José, dirigiéndose a Egipto para comprar
provisiones en medio de la hambruna que arrasaba toda la tierra. Al llegar se
presentaron ante el administrador del faraón encargado de repartir las
raciones, que era su hermano José, a quienes no reconocieron. Hoy se nos narra
la culminación de esa historia cuando José se revela a sus hermanos (Gn 44,18-21.23b-29;
45; 1-5).
Aprovecho para hacer un paréntesis de
formación. Muchas veces las lecturas que nos brinda la liturgia son porciones
escogidas de una historia más larga, como está ocurriendo con esta historia de
José. En esos casos es recomendable que vayamos a la Biblia y leamos el pasaje
completo. De esa manera podremos apreciar toda la riqueza del relato y tener
una mejor comprensión de los hechos y el mensaje que nos brinda la Palabra.
La enseñanza principal que encontramos en esta
lectura se resume al final: “Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a
los egipcios. Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí;
para salvación me envió Dios delante de vosotros”. Dios había permitido el mal
que sus hermanos habían hecho a José con un propósito; que, en el momento de
mayor necesidad, José estuviera allí para librarles de la hambruna.
Muchas veces Dios permite que nos sucedan
cosas que no comprendemos, pero si las aceptamos como la voluntad de Dios,
eventualmente nos percatamos que todo lo sucedido era para nuestro propio bien.
“Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman, de aquellos que
él llamó según su designio” (Rm 8,28). Los que han escuchado mi testimonio
saben que puedo dar fe de eso…
En la lectura evangélica (Mt 10,7-15) continuamos
las instrucciones que Jesús imparte a los “doce” al enviarlos en la misión de
proclamar el Evangelio. En el pasaje que leemos hoy Jesús enfatiza el desapego
a las cosas materiales, instando a sus apóstoles a dejar atrás todo lo que
pueda convertirse en una preocupación que desvíe su atención de la misión que
les está encomendando. Se trata de abandonarse a la Providencia divina.
Una frase resalta en este relato del envío de
los “doce”: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Con esta frase Jesús
les (nos) recuerda que el Evangelio es para todos, que la salvación es regalo
de Dios, y como tal tenemos que compartir con todos, los dones que hemos
recibido de Él. No podemos convertir el anuncio de la Buena Nueva del Reino en
un negocio o en una fuente de ingresos (como las Parroquias que tienen un
listado de “tarifas” para los sacramentos), ni en una forma de obtener bienes
para nosotros, porque se desvirtúa.
“Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos
ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito,
sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida”.
En este pasaje, tomado de la primera lectura
de hoy (2 Cor 3,4-11), san Pablo resume en cierta medida la enseñanza contenida
en la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia (Mt 5,17-19), en que Jesús
nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido
a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la
tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se
salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los
hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los
cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”.
Para los judíos la Ley y los profetas
constituían la expresión de la voluntad de Dios, la esencia de las Sagradas
Escrituras. Jesús era judío; más aún, era el Mesías que había sido anunciado
por los profetas. Era inconcebible que viniera a echar por tierra lo que
constituía el fundamento de la fe de su pueblo. “No he venido a abolir, sino a
dar plenitud”.
Durante su vida terrena Jesús nos dio unos
indicadores, como: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para
el sábado” (Mc 2,27). Así los primeros cristianos tuvieron que determinar qué
preceptos de la Ley eran de origen divino y cuáles eran hechura de los hombres,
como los 613 preceptos de la Mitzvá,
que los fariseos habían derivado de la Torá
(Ley escrita) y la Torá shebe al pe
(Ley oral). La Iglesia cristiana tuvo su origen en el judaísmo, en la Ley y los
profetas del Antiguo Testamento (Antigua Alianza), y dio paso a la Alianza
Nueva y Eterna (Nuevo Testamento). ¿Cuáles de aquellas leyes y tradiciones
ancestrales había que mantener? ¿Cuáles constituían Ley, y cuáles eran meros
preceptos establecidos por los hombres interpretando la Ley?
El problema de los fariseos era que habían reducido
la religión al “cumplimiento” objetivo de unas normas de conducta, divorciadas
del “corazón”. El cumplimiento por temor al castigo. Jesús nos dijo que el
cumplimiento de la Ley estaba predicado en el Amor (“Si me amáis guardaréis mis
mandamientos”… Jn 14,15). El que ama a Dios y ama a su prójimo por amor a Él,
ya cumple con todos los mandamientos. Ahí está la plenitud del cumplimiento de
la Ley. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.
A eso se refiere la primera lectura de hoy
cuando dice: “Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más
resplandecerá el ministerio del perdón”.
“Señor Dios nuestro, tú has tomado la
iniciativa de amarnos y de traernos tu libertad por medio de tu Hijo
Jesucristo. Enriquécenos con el Espíritu de Jesús, derrámalo sobre nosotros
generosamente, sin medida, para que no nos escondamos por más tiempo detrás de
tradiciones y de la letra de la ley para apagar al Espíritu Santo que quiere
hacernos libres” (Oración Colecta).
Todas las lecturas de hoy nos refieren la
oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.
La primera lectura, tomada del libro de Ester
(3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo
fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía
por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus
promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la
manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme
a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.
Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su
soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su
confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.
La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su
parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir
con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está
dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del
Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste,
Señor”.
El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará,
buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien
busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su
hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una
serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le
piden!”
El abandono a la voluntad y providencia de
Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él
nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de
conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra
plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.
En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50),Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino
el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres
creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga,
hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad
de Dios como propia”.
Cuando llegamos a ese grado de compenetración
con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición
coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros.
Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios
siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.
Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al
Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de
petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).
Hoy contemplamos como primera lectura la
conclusión de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 5,14-21). En este
pasaje Juan nos hace una invitación a la oración con la promesa de que nuestras
oraciones siempre son escuchadas: “En esto está la confianza que tenemos en él:
en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos
escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos
pedido”. Es decir, si nos abandonamos a Su voluntad y nos hacemos uno con Él
(entramos en “comunión” con Él), no pediremos nada que sea contrario a Su
voluntad, por lo cual nuestras peticiones siempre coincidirán con Su voluntad.
De ahí surge la certeza de saber “que tenemos conseguido lo que le hayamos
pedido”. Juan en su estilo peculiar que yo llamo de “trabalenguas” tiene la
capacidad de concentrar en pocas palabras unas grandes y profundas verdades de
fe, y el pasaje de hoy es un buen ejemplo.
Pero Juan no se detiene ahí; nos exhorta a
orar por los pecadores: “Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es
de muerte, pida y Dios le dará vida”. Nos está diciendo que, lejos de condenar
al pecador, oremos por Él para que la gracia se derrame sobre Él y se convierta,
“porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc
19,10).
De ahí que encontramos a Jesús en compañía de
pecadores, recaudadores de impuestos y prostitutas. Y cuando le critican, dice:
“No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no
he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”
(Lc 5,31-32). Jesús acoge a los pecadores, los escucha, los consuela, y les
dice: “Vete y no peques más” (Jn 8,11).
En el Evangelio de hoy (Jn 3,22-30) vemos la
transición, el “pase de batón” de Juan el Bautista a Jesús. Cuando sus
discípulos vienen a quejarse con él que Jesús también estaba bautizando y que
aparentemente estaba logrando más adeptos que él, Juan entiende que su misión
está llegando a su fin. Luego de reconocer que Jesús está actuando por designio
divino, les recuerda que él mismo les había dicho: “Yo no soy el Mesías, sino
que me han enviado delante de él”. Luego concluye diciendo: “Él tiene que
crecer, y yo tengo que menguar”. Un gesto de humildad, y de reconocimiento de
que su misión estaba subordinada a la de Jesús.
La liturgia de la Iglesia nos transmite esa
relación al colocar la fiesta de Juan el Bautista el 24 de junio, tres días
después del equinoccio de verano (a partir del cual los días se hacen cada vez
más cortos, van menguando), y la solemnidad de la Navidad el 25 de diciembre,
cuatro días después del equinoccio de invierno (a partir del cual los días se
hacen cada vez más largos, va creciendo el tiempo de luz). Así el “sol
menguante” simboliza a Juan el Bautista, y el “sol creciente” simboliza a
Cristo.
Al concluir este tiempo de Navidad, pidamos al
Señor la humildad de Juan, para que nos libre del falso orgullo y estemos
conscientes de que toda nuestra actividad pastoral es producto de la gracia y en
función de la persona de Cristo, que es quien merece toda gloria y
reconocimiento.
En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).
Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.
En ocasiones anteriores, al tratar el tema de la fe, hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.
Durante esta semana vamos a estar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.
La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta nuevamente a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a buscarlo en Cafarnaún.
Cuando al fin lo encuentran, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.
“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.
Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, ese hecho salvífico que puso en marcha la cadena de eventos que culminó en el Misterio Pascual de Jesús, selló la Nueva y definitiva Alianza, y abrió el camino para nuestra salvación. La Iglesia celebra esta Solemnidad el 25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento de Jesús. Este año, por coincidir la fecha con el Domingo de Ramos, seguida de la Semana Santa y la Octava de Pascua que culminó ayer, se traslada para este día.
La primera lectura que nos presenta la liturgia para esta celebración está tomada del profeta Isaías (7,10-14; 8,10), que termina diciendo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”.
El Evangelio, tomado del relato de Lucas, nos brinda la narración tan hermosa del evangelista sobre el anuncio de la Encarnación de Jesús (1,26-38), uno de los pasajes más citados y comentados de las Sagradas Escrituras. No creo que haya un cristiano que no conozca ese pasaje.
Centraremos nuestra atención en el último versículo del mismo: “María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.
“Hágase”… No podemos encontrar otra palabra que exprese con mayor profundidad la fe de María. Es un abandonarse a la voluntad de Dios con la certeza que Él tiene para nosotros un plan que tal vez no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación, pues esa es la voluntad de Dios. En la Anunciación, María, con su “hágase”, hizo posible el misterio de la Encarnación y dio paso a la plenitud de los tiempos y a nuestra redención. Así nos proporcionó el modelo a seguir para nuestra salvación.
Por eso podemos decir que “hágase” no es una palabra pasiva; por el contrario, es una palabra activa; es inclusive una palabra con fuerza creadora, la máxima expresión de la voluntad de Dios reflejada a lo largo de toda la historia de la salvación. Desde el Génesis, cuando dentro del caos inicial Yahvé dijo: “Hágase la luz” (Gn 1,2), hasta Getsemaní, cuando Jesús utilizó también la fuerza del “hágase” para culminar su sacrificio salvador: “Padre, si es posible aparta de mí esta copa; pero hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22,42).
El consentimiento de María a la propuesta del ángel, significado en su “hágase”, hizo posible que en ese momento se realizara sobre la tierra todo ese misterio de amor y misericordia predicho desde la caída del hombre (Gn 3,15), anunciado por los profetas, deseado por el pueblo de Israel, y anticipado por muchos (Mt 2,1-11).
Proyectando nuestra mirada hacia el Misterio Pascual, estoy seguro que la fuerza del “hágase” hizo posible que María se mantuviera erguida, con la cabeza en alto, al pie de la cruz en los momentos más difíciles. Asimismo, ese hágase de María al pie de la cruz, unido al de su Hijo, transformó las tinieblas del Gólgota en el glorioso amanecer de la Resurrección. Esa era la voluntad de Dios, y María lo comprendió, actuó de conformidad, y ocurrió.
Hoy la liturgia nos ofrece como primera lectura a Is 55,10-11, un pasaje corto pero lleno de poder y esperanza: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.
La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos (Hb 4,12), una Palabra que tiene fuerza creadora. Todo lo creado lo fue por el poder de la Palabra. Cada día en el relato de la creación en el libro del Génesis comienza con “Dijo Dios”, o “Dios dijo” (Cfr. Gn 1).
Y cuando llegó la plenitud de los tiempos (Cfr. Gál 4,4), esa Palabra se encarnó, “acampó” entre nosotros (Jn 1,14). Y esa Palabra no volvería al Padre hasta hacer Su voluntad y cumplir Su encargo. Este tiempo de Cuaresma nos invita a prepararnos para la celebración de ese acontecimiento salvífico, el Misterio Pascual de Jesús, cuya sangre empapó la tierra e hizo germinar nuestra salvación.
Y como parte de esa preparación, se nos invita a practicar la oración. La lectura evangélica de hoy (Mt 6,7-15) nos narra la versión de Mateo del Padrenuestro, esa oración que rezamos los cristianos y que el mismo Jesús nos enseñó. La versión de Lucas (11,1-4) está precedida de una petición por parte de sus discípulos para que les enseñara a orar como Juan había enseñado a sus discípulos. No se trataba de que les enseñara a orar propiamente, sino más bien que les enseñara una oración que les distinguiera de los demás grupos, cada uno de los cuales tenía su propia “fórmula”. Jesús les da una oración que habría de ser el distintivo de todos sus discípulos, y que contiene una especie de “resumen” de la conducta que se espera de cada uno de ellos, respecto a Dios y al prójimo.
De paso, Jesús aprovecha la oportunidad para enseñarles a referirse al Padre como Abba, el nombre con que los niños judíos se dirigen a su Padre. Ya no se trata de un Dios distante, terrible, cuyo nombre no se puede pronunciar. Se trata de un Dios cercano, familiar, amoroso, a quien podemos acudir con nuestras necesidades, como un niño acude a su padre con su juguete roto, con la certeza que solo él puede repararlo.
En el relato de Mateo, que es la lectura que nos ocupa hoy, este pasaje se da dentro del contexto del Sermón de la Montaña, como parte de una serie de consejos sobre la oración. Aquí, nos enfatiza que la actitud interior es lo verdaderamente importante, no la palabrería hueca, repetida sin sentido: “No uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis”.
Hoy, apenas comenzando la Cuaresma, debemos examinar nuestra actitud respecto a la oración. ¿Tengo una verdadera conversación con mi “Papacito” cuando oro, o me limito a repetir oraciones compuestas por otros que de tanto repetir mecánicamente ya han perdido su sentido? Mi oración, ¿es un monólogo, o es una conversación con Papá en la que escucho su Palabra?
La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (2 Sam 6,12b-15.17-19), nos presenta al rey David concluyendo la traslación del Arca de la Alianza desde la casa de Obededom hasta Jerusalén, y su instalación en la tienda que él mismo le había preparado en la “ciudad de David”. La narración está llena de imágenes visuales, destacando la del rey David “danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino” mientras trasladaban el Arca “entre vítores y al sonido de las trompetas”.
El pasaje termina con un banquete en el cual el rey “repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno”. Un gesto propio del padre de familia al sentarse a la mesa, que repartía los alimentos a toda su familia, gesto lleno de simbolismo que repetiría Jesús en la última cena al instituir la Eucaristía.
El Evangelio, por su parte, nos presenta la versión de Marcos (3,31-35) del pasaje de “la verdadera familia” de Jesús. Relata el episodio en que la familia de Jesús vino a buscarlo y, como de costumbre, había tanta gente arremolinada a su alrededor, que no podían llegar hasta Él, así que le enviaron un recado. Los que estaban cerca de Él le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”.
Jesús, como en tantas otras ocasiones, aprovecha la oportunidad para hacer un comentario con un fin pedagógico: “Les contestó: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y, paseando la mirada por el corro, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’”.
El mensaje de Jesús es claro: a la familia del Señor se ingresa por escuchar su Palabra, no por lazos de sangre. De hecho, la versión de Lucas del mismo pasaje, la más tardía de todas (escrita entre los años 80 y 90 d.C.), sin mencionar que paseó la mirada por el grupo de personas presentes, se limita a relatar que Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). Otras versiones dicen: “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. No se trata tan solo de escuchar su Palabra, hay que “ponerla en práctica”, seguirlo.
Jesús ha expresado claramente que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a sobreponerse a los lazos humanos familiares (Cfr. Mt 10,37-38). Se trata de la “gran familia” de Dios abierta a toda la humanidad sin distinción de raza ni nacionalidad, el “nuevo Pueblo de Dios”. Ya no se trata de una familia en el orden biológico, sino de otra muy diferente, del orden espiritual. Una familia universal (“católica”) convocada al amor.
“Te pedimos, Señor, fe y confianza. Haz que tu voluntad sea nuestra, para que pueda conducirnos a tu casa bajo la guía de aquel que siempre y en todo cumplió tu voluntad: Jesucristo, nuestro Señor” (de la Oración Colecta).