Pero los labradores se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.
La liturgia nos ofrece para hoy la versión de
Mateo de “parábola de los viñadores homicidas” (Mt 21,33-46). En esta parte del Evangelio
estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte
está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando. Por eso la
lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos
sacerdotes y los ancianos.
Jesús aprovecha el conocimiento de las
Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento
para desarrollar su parábola. “Había un propietario que plantó una viña”… En el
lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los
cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del
guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se
esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña
está tomada de Is 5,1-7, que se nos ofrece hoy como primera lectura. También la
encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.
El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a
unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo
el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto
de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que
seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que
examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la
historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados
del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.
Pero Dios, que es todo amor, no responde a la
violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su hijo,
pensando: “Tendrán respeto a mi hijo”. Aquí Jesús alude a las palabras del
Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay
duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los
labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos
con su herencia’. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”.
Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de
generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del
pueblo elegido de Dios.
“Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará
con aquellos labradores?” La respuesta obvia la dan ellos mismos. “Hará morir
de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le
entreguen los frutos a sus tiempos”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra
que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron
al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción
como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los
pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros
labradores”.
Hermanos: Comparto con ustedes la reflexión que ofrecimos ayer, 1 de octubre de 2020, via Facebook Live, a través de la pàgina del ministerio Fuego de Jesús,
“Reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti”.
La liturgia de hoy nos presenta la conclusión
del libro de Job (42,1-3.5-6.12-16). En la primera lectura de ayer (38,1.12-21;
40,3-5) veíamos cómo Dios le planteaba a Job, y este reconocía, la grandeza y
soberanía de Dios y lo insondable de sus misterios, y terminaba reconociendo su
pequeñez. La semilla de la fe.
Hoy vemos la respuesta de Job: “Reconozco que
lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti, yo, el que te empaño tus
designios con palabras sin sentido; hablé de grandezas que no entendía, de
maravillas que superan mi comprensión. Te conocía sólo de oídas, ahora te han
visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echándome polvo y
ceniza”. Job reconoce que tenía una idea errónea de Dios. Así, desde el
sufrimiento, aprende a conocerle; se consolida su fe.
En este pasaje encontramos también el diálogo
entre Dios y el hombre que constituye la verdadera oración; ese diálogo entre
Dios y el hombre motivado por la fe, y que a la vez sirve para fortalecer,
acrecentar esa fe. Dios nos habla; nosotros le escuchamos y le respondemos.
Como nos dice Nöel Quesson, “una de las mejores definiciones de la
‘oración’: dialogar con Dios. Escuchar a Dios, hablar a Dios”. Es mediante la
oración que conocemos mejor a Dios; y mientras más le conocemos, más le amamos;
y mientras más le amamos, más queremos conocerle.
Y a pesar de que este libro de Job, junto a
los otros libros sapienciales, ya comienzan a apuntarnos al concepto de la
retribución, el “premio” en la vida eterna (contrario al concepto judío de que
el hombre “justo” recibía su “recompensa” en este mundo – algo similar a esas
sectas de hoy en día que predican la “prosperidad”), en Job encontramos que al
final, por haber perseverado en su fe a pesar de todas las calamidades que tuvo
que soportar, Dios le premia con una prosperidad superior a la anterior. Y el
autor, en un final más apetecible para el lector de la época, nos dice que Job
vivió una larga vida rodeado de sus hijos e hijas, nietos y biznietos. “Y Job
murió anciano y satisfecho”.
Con la llegada del Cristo y su misterio
pascual (su pasión, muerte, resurrección y glorificación), que nos abrió el
camino a la vida eterna, vemos en este “final feliz” de Job un tímido anticipo
de la verdadera felicidad que nos espera en la “Nueva Jerusalén”, cuando
estemos contemplando el rostro de Dios por toda la eternidad (Cfr. Ap 21,3-5).
Hoy, pidamos al Señor que, aunque a veces por
nuestra debilidad humana le reclamemos, y hasta le recriminemos en nuestros
momentos de prueba, nos brinde la fortaleza y la perseverancia en la fe que
mostró Job. Así nuestras tribulaciones se convertirán en experiencias de
purificación que, lejos de alejarnos, nos acercarán más a Él, asemejándonos a
su Hijo.
Que pasen todos un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que sólo Dios puede brindarnos. No olviden visitar su Casa, aunque sea de forma virtual; Él les espera.
Hace unos días, el 29 de septiembre,
celebramos la Fiesta litúrgica de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Hoy,
2 de octubre, la Iglesia nos invita a celebrar la memoria obligatoria de los
Santos Ángeles Custodios.
De niño mi madre, quien ya disfruta de la
presencia del Señor, me enseñó a rezarle a mi “ángel de la guarda”, como estoy
seguro que a muchos de ustedes sus madres o abuelitas les enseñaron. Para ello
nos enseñaban una corta oración, de la cual existen muchas variantes, pero que
todas comienzan igual: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni
de noche ni de día”.
Con el correr de los años muchos de nosotros,
al sentirnos “creciditos” abandonamos esa hermosa devoción de infancia. Otros,
por el contrario, la continúan, y hasta le ponen nombre a su ángel de la guarda.
De ese modo pueden dirigirse a ellos al momento de pedir su ayuda o
intercesión, con relación a asuntos que van desde “problemas de vida”, hasta
para que les ayude a encontrar un estacionamiento.
Lo cierto es que esto de rezarle a nuestro
ángel de la guarda no es cosa de niños. Así, por ejemplo, encontramos el
testimonio de san Juan XIII, el “Papa bueno”, quien en una ocasión comentó: “Siempre
que tengo que afrontar una entrevista difícil, le digo a mi ángel de la guarda:
‘Ve tú primero, ponte de acuerdo con el ángel de la guarda de mi interlocutor y
prepara el terreno’. Es un medio extraordinario, aún en aquellos encuentros más
temidos o inciertos…” Por otro lado, san Jerónimo, cuya memoria celebramos
hace dos días, nos asegura que Dios ha asignado a cada uno de nosotros un ángel
para protegernos: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas,
desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”.
La aseveración de san Juan XXIII nos apunta a
otra característica de estos seres angélicos. Para que puedan ayudarnos,
tenemos que hablarles, comunicarles nuestras necesidades, pues el único que ve
dentro de nuestros corazones es Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que
“la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura
llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe” (CIC 328). O sea, que tiene
carácter de dogma. A tales efectos se
pronunciaron los concilios de Letrán (1215) y Vaticano I (1870). Esa “verdad de
fe” quedó plasmada en la liturgia cuando, en la reforma litúrgica de 1969, el
Magisterio de la Iglesia incluyó en el calendario la fiesta de los arcángeles
San Miguel, San Rafael y San Gabriel y la memoria obligatoria de los ángeles
custodios que observamos hoy. No hay duda, si examinamos las Sagradas
Escrituras encontramos a los ángeles actuando a lo largo de toda la historia de
la salvación que allí se nos narra. Las lecturas que nos propone la liturgia para
hoy son vivo ejemplo de ángeles destinados por Dios para nuestra custodia
individual.
En la primera lectura (Ex 23,20-23a) Yahvé
dice a Moisés: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el
camino y te lleve al lugar que he preparado”. La lectura evangélica (Mt
18,1-5.10) nos presenta a Jesús afirmando, no solo la existencia de los ángeles
custodios, sino también su cercanía Dios (de ahí su capacidad para interceder
por nosotros), cuando al referirse a los niños dice: “Cuidado con despreciar a
uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en
el cielo el rostro de mi Padre celestial”.
“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12)
nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalara que Lucas
es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos
narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
Mañana jueves, 1 de octubre a las 8:00 pm, estaremos compartiendo una reflexión a través de Facebook Live en la página del ministerio Fuego De Jesús https://www.facebook.com/Fuego-De-Jesus-172226759513887.Te invitamos a darle “share” y conectarte para escuchar y dejar tus comentarios.
¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?
Como primera lectura para hoy la liturgia continúa con el libro de Job (9,1-12.14-16) y la conversación que tiene con los tres amigos que vienen a consolarlo pero que, lejos de hacerlo, lo que logran es hacer más difícil su aceptación de lo que le está sucediendo. Job se mantiene firme en que es imposible escudriñar los misterios de Dios, y cómo Él, en su infinita sabiduría dispone todo sin que podamos encontrar la respuesta a la famosa pregunta: ¿por qué?
La segunda lectura (Lc 9,57-62) nos presenta a
Jesús, que continúa esa última “subida” a Jerusalén para enfrentar su hora
suprema. Con tres frases lapidarias, dirigidas a tres de los discípulos que le
acompañaban, Jesús expone las “condiciones” del seguimiento.
Vemos de entrada que el primero no es
“llamado” por Jesús, sino que se ofrece voluntariamente. Jesús se limita a
enumerar las dificultades, las privaciones, los sacrificios que el verdadero
discípulo de Él ha de enfrentar. Es obvio que ese “voluntario” no está
consciente que Jesús va camino a enfrentar su muerte, y que el discípulo tiene
que estar dispuesto a compartir la misma suerte que su maestro.
El segundo sí es llamado, con la palabra única
que Jesús suele utilizar: “Sígueme”. Este también pretende imponer sus propias
condiciones al Maestro: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, a lo que
Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a
anunciar el reino de Dios”. Con esta exageración, rayando en la locura, Jesús
pretende sacudir al discípulo con el propósito de transmitir el mensaje de que
NADA es más importante que el seguimiento y la misión. Más adelante lo dirá con
toda claridad: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su
madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia
vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Palabras fuertes, pero Jesús exige
ese seguimiento radical, incondicional. Por eso muchos son los llamados pero
pocos los escogidos (Mt 14,22).
Con el tercer discípulo Jesús acentúa otra
característica que Él espera en el verdadero discípulo. El discípulo le pide
tiempo para ir a despedirse de su familia. De nuevo el apego a las relaciones
familiares que nos proporcionan “seguridad”. Nuevamente una respuesta tajante
de parte de Jesús: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale
para el reino de Dios”. Está claro que Jesús no quiere seguidores a medias. Una
vez se comienza el seguimiento, ya no hay marcha atrás; aquí es que se prueban
los verdaderos discípulos. Él nos quiere calientes o fríos, no tibios, porque
si nos tornamos tibios Él va a “vomitarnos” de su boca (Ap 3,15).
El mensaje de Jesús es claro. Él nos invita a
seguirle, pero ese seguimiento implica sacrificios, privaciones, humillaciones,
persecuciones, pruebas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a seguir
los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento
implica?
Señor, envía tu santo Espíritu sobre nosotros para
que nos de fortaleza para sobreponer esas tibiezas que nos impiden perseverar
en el seguimiento de tu Hijo.
Hoy celebramos la Fiesta de los Santos
Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. La existencia de esos “seres espirituales,
no corporales, que la Sagrada Escritura llama ángeles, es una vedad de fe”
(Catecismo de la Iglesia Católica 328). Continúa diciendo el CIC que estos
seres “en tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y
voluntad: son criaturas personales e inmortales (Cfr. Lc 20,36). Superan
en perfección a todas las criaturas visibles” (330). De ahí que en la Carta a
los Hebreos, se nos diga: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el
Hijo del hombre para que lo tomes en cuenta? Por un momento lo hiciste más bajo
que los ángeles;… (Hb 2,6-7)”.
Vemos a los ángeles interviniendo como
mensajeros de Dios a lo largo de toda la historia de la salvación. La Biblia y
la Tradición nos enumeran a los ángeles en tres jerarquías divididas en tres
coros cada una, para un total de nueve coros u órdenes angélicos. En la tercera
jerarquía se cuentan los “Principados”, los “Arcángeles” y los “Ángeles”.
San Agustín dice al respecto que “[e]l nombre
de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te
diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”
(Cfr. CIC 329). Así cada uno de los ángeles tiene un oficio, como
aquellos encargados de custodiarnos (los llamados ángeles custodios o ángeles
de la guarda, cuya memoria celebramos el 2 de octubre). De hecho, el
significado de sus nombres apunta hacia su oficio. Miguel significa “¿quién como
Dios?”, Gabriel significa “fuerza de Dios”, y Rafael significa “Dios ha curado”
o “medicina de Dios”.
A los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y
Rafael los encontramos interviniendo directamente en la vida de los hombres (Cfr.
Ex 23,20) para llevar a cabo una misión encomendada por el mismo Dios. Sus
nombres se mencionan en la Sagrada Escritura. Así por ejemplo, encontramos a
San Miguel en el libro de Daniel (10,13; 12,1; Ap 12,7-9); a San Gabriel en Dn
9,21; Lc 1,26 (la Anunciación); y a Rafael en Tb 12,15. Por eso celebramos esta
fiesta litúrgica.
La liturgia de hoy nos presenta dos textos
alternativos como primera lectura (Dn 7,9-10, o Ap 12,7-12a). El primero nos
presenta una visión del profeta sobre la corte celestial con miles de ángeles
sirviéndole. El segundo es el conocido texto de la batalla final entre Miguel,
al mando de las legiones angélicas, contra el “dragón” que intentaba comerse el
hijo de la “mujer”, y cómo éste queda derrotado y es arrojado para siempre del
cielo.
Sin pretender entrar en una exégesis de este
pasaje tan provocador, baste señalar que podemos ver cómo Dios se vale de sus
seres angélicos para proteger a los que le creen. Por tanto, siendo seres que
están cerca de Dios, no debemos vacilar en pedir su intercesión.
La lectura evangélica (Jn 1,47-51), por su
parte, nos narra la vocación de Bartolomé, a quien Juan llama Natanael, que la
liturgia coloca dentro de esta fiesta por la sentencia pronunciada por Jesús al
final del pasaje, que confirma la existencia de los ángeles: “En verdad, en
verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar
sobre el Hijo del hombre”.
“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”.
Desde hace una semana la liturgia nos ha
estado presentando como primera lectura los libros
sapienciales contenidos en el Antiguo Testamento de nuestra Biblia Católica.
Hasta ahora hemos contemplado pasajes de Proverbios, Sabiduría y Eclesiastés
(los libros sapienciales son siete, pero a la Biblia protestante le faltan dos:
Sabiduría y Eclesiástico). Hoy tomados el inicio del libro de Job (1,6-22), que
nos presenta la historia de un hombre recto y temeroso de Dios, a quien este
había favorecido con toda clase de bendiciones.
La lectura, haciendo uso de esos
antropomorfismos que encontramos en la Biblia, nos relata una conversación
casual entre Dios y Satanás en la cual Dios se ufana ante este último de lo
bueno que era su siervo Job. Satanás le responde que con todas las bendiciones
que ha recibido, cualquiera puede ser bueno y temeroso de Dios. En una especie
de “reto”, con el consentimiento de Dios, Satanás en un solo día le priva de
sus hijos, sus rebaños, sus pastores y su salud. Es aquí cuando Job pronuncia
su célebre exclamación: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo
volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre
del Señor”. Es la respuesta que se espera de un verdadero creyente. En lugar de
maldecir y renegar de Dios, Job acepta su sufrimiento y continúa alabando y
bendiciendo el nombre del Señor. Pero este pasaje no es más que el primer episodio
de un drama que se irá desenvolviendo a lo largo del libro. Job ganó el primer
“round”, pero Satanás no se dará por vencido; volverá al ataque.
El libro de Job nos plantea la milenaria
pregunta de por qué los justos, los inocentes, sufren. La respuesta de Job,
aunque imperfecta, es un atisbo de la respuesta definitiva que Jesús habrá de
brindarnos cinco siglos más tarde. Jesús, el “justo” por excelencia, despojado
de todo, torturado, crucificado y muerto en la cruz. La pregunta lleva
implícita otra sobre la retribución en el más allá, en la vida eterna, donde hemos
de recibir esa corona de gloria que no se marchita (Cfr. 1Pe 5,4; 1Co
9,25). Y la contestación definitiva la encontraremos en Su gloriosa
resurrección.
Este pasaje pretende enseñarnos que todo lo
que tenemos es por pura gratuidad de Dios y que, por tanto, nada nos pertenece.
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su
cruz y me siga” (Mt 16,24; Cfr. Mc 10,17; Lc 18,18-23). La pregunta que
debemos meditar hoy es: ¿Cuando sirvo a Dios y a mis hermanos, lo hago pensando
en el “premio” que espero recibir en este mundo, o lo hago verdaderamente por
amor a Dios y al prójimo? Piensa en lo más preciado que tienes y pregúntate: Si
Dios me lo quitara hoy, ¿podría decir como Job “el Señor me lo dio, el Señor me
lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”? De la contestación a esa pregunta
puede depender tu salvación…
Que pasen una hermosa semana llena de
bendiciones, y de la PAZ que solo Dios puede brindarnos.
“Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”.
La lectura evangélica que nos propone la
liturgia para este vigesimosexto domingo del Tiempo Ordinario, (Mt 21,28-32)
termina con una se esas sentencias “fuertes” de Jesús que nos estremecen: “Os
aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el
camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de
la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le
creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le
creísteis”. Y en el meollo de todo está la frase “le creyeron”. La fe implica,
no solo “creer” en Jesús, sino e “creerle” a Jesús, creer en su Palabra
salvífica. Y ese creer en Jesús se manifiesta al poner en práctica, actuar
acorde a esa Palabra.
Recién este pasado martes leíamos el pasaje en que Jesús, cuando le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban (Lc 8,19-21) dijo: “Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”.
En el evangelio de hoy vemos a dos hijos que
escuchan las mismas palabras del padre. Uno le dice que no, pero luego
recapacita y va a hacer lo que el padre le pidió. El otro se muestra “obediente”
y le dice que sí, pero luego no lo hace. Con esta parábola Jesús está
“retratando” a los sumos sacerdotes y ancianos, quienes daban “cumplimiento”
(“cumplo” y “miento”) exterior a la Ley, ofreciendo toda clase de sacrificios y
holocaustos, mientras en sus corazones se creían superiores a los demás y no
practicaban la misericordia (“Porque yo quiero misericordia, no sacrificio…” –
Os 6,6). ¿A cuántos de nosotros estará “retratando” Jesús?
Jesús nos está repitiendo lo que ya los
profetas habían anunciado (Cfr. Mt 5,17). En la primera lectura (Ez
18,25-28) el profeta Ezequiel, quien profetiza en el ambiente del exilio en
Babilonia, le hace ver al pueblo que la destrucción de Jerusalén y del Templo,
y el exilio, no era un “castigo” de Dios, sino que era la consecuencia de sus
propios actos al darle la espalda a Dios, apartándose de la Alianza.
No obstante, el mismo profeta suscita la
esperanza de una restauración del pueblo de Israel y de la ciudad santa de
Jerusalén (“Desde entonces la ciudad se llamará ‘El Señor está allí” – 48,35), todo
por pura gratuidad del Señor, por su infinita misericordia.
Por eso en este pasaje Yahvé dice a su pueblo
(y a nosotros): “cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y
practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se
convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Así es la
Misericordia Divina.
De todos los atributos de Dios el que más
sobresale es la Misericordia, producto de su Amor incondicional de Dios-Madre,
que hace que nunca nos rechace cuando nos acercamos a Él con el corazón
contrito y humillado (Sal 50,19), no importa cuán grande sea nuestro pecado. Y
ese día habrá fiesta en la Casa del Padre (Lc 15,22-24).
Todavía estás a tiempo. Recuerda, no importa tu pecado, Él te recibirá con el abrazo más tierno que hayas experimentado.