¡Hola! Te invitamos a ver este corto vídeo (1 minuto) de nuestra serie ¿Sabías que…? en donde hablamos sobre el origen de la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y el hecho de que originalmente se llamaba Nuestra Señora de la Victoria.
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“Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó”.
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc
10,25-37), nos presenta la conocida parábola del buen samaritano. Sobre esta
parábola se han escrito “ríos de tinta”. Además de la historia, edificante por
demás, que nos presenta la misma, algunos exégetas ven en la compasión del
samaritano una imagen de la misericordia de Dios, y en el regreso del
samaritano al final de la parábola una especie de prefiguración del retorno de
Cristo al final de los tiempos. Otros ven “claramente” en la parábola un
reflejo de la historia de la salvación, al igual que en las “parábolas del
Reino”.
La parábola está precedida por una discusión
sobre el mandamiento más importante: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al
prójimo como a ti mismo”; mandamiento que recoge el Shemá que recitan los judíos (Dt 6,4) y hasta escriben en un
pergamino que colocan en la jamba derecha de las puertas de sus hogares en un
receptáculo llamado mezuzah, y el
mandato sobre el prójimo contenido en Lev 19,18. Jesús llevará este último
mandamiento un paso más allá, al pedirnos que amemos a nuestro prójimo, no como
a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado (Jn 13,34).
Lo cierto es que este relato nos enfrenta al
pecado más común que cometemos a diario y pasamos por alto, lo ignoramos. Me
refiero al pecado de omisión. Cuando rezamos el “Yo pecador”, decimos
que “…he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Cuando pensamos
en nuestros pecados, al hacer un examen de conciencia, pensamos en las
actuaciones en que hemos incurrido que resultan ofensivas a Dios. Robar, matar,
fornicar, mentir, etc., etc. ¿Pero qué de las veces que habiendo podido ayudar
al prójimo que lo necesitaba nos hacemos de la vista larga? “Estoy muy ocupado…
Voy tarde, y si me detengo… “Voy a ensuciarme la ropa…”
“En el atardecer de nuestra vida seremos
juzgados en el amor”, nos dice San Juan de la Cruz. Y eso no se lo inventó él;
¿acaso el mismo Jesús no nos dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve
sed y me dieron de beber…? (Mt 25,35). En el mismo pasaje del “juicio final”
Jesús encarna el pecado de omisión: “Porque tuve hambre y no me diste de comer,
tuve sed y no me dieron de beber…” En otras palabras, no basta con abstenerse
de cometer “actos” pecaminosos; peca tanto el que roba el pan ajeno, como el
que pudiendo dar de comer al hambriento no lo hace. Es decir, para pecar no es
necesario hacer el mal, basta con no hacer el bien, teniendo la capacidad y los
medios para hacerlo. A veces se trata tan solo de prestar nuestros oídos a un
hermano que necesita desahogarse, y “no tenemos tiempo…”
Y se nos olvida que en nuestro prójimo, en
cada uno de nuestros hermanos, está la persona de Cristo; pero somos tan ciegos
que no lo vemos. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más
pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).
¡Cuántas veces actuamos como el sacerdote o el
levita de la parábola!
“De los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
La primera lectura y el Evangelio que nos
presentan la liturgia para este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario
(Gn 2,18-24 y Mc 10,2-16) tratan el tema del matrimonio, el origen divino y la
indisolubilidad del mismo. Son las lecturas que acostumbramos escuchar en las
celebraciones de dicho sacramento.
Sin menospreciar la importancia de las mismas,
ni su relevancia para nuestros tiempos, hoy centraremos nuestra atención en los
últimos versículos de la lectura evangélica: “Le acercaban niños para que los
tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les
dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son
como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de
Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía
imponiéndoles las manos” (ver. 13-16).
Sobre este último versículo, como nota
exegética, cabe señalar que de todos los evangelistas Marcos es quien más
acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con la mayor naturalidad de
las emociones intensas de Jesús. Así, por ejemplo, al narrar este pasaje, Marcos
es el único que nos presenta ese gesto tierno de Jesús de abrazar a los niños
(comparar con Mt 19,15; Lucas lo omite). De ese modo Marcos quiere presentarnos
a un Jesús cercano, familiar, que conoce nuestros sentimientos y emociones.
Verdadero Dios y verdadero hombre.
Está claro que los discípulos no trataban de
impedir que los niños se acercaran a Jesús porque fuesen a molestarle, sino
porque en la cultura judía los niños no valían nada. Con ese gesto de ternura y
amor, seguido de las palabras “el que no acepte el reino de Dios como un niño,
no entrará en él”, Jesús le dice a sus discípulos (y a nosotros) que el Reino
no es cuestión de mérito, sino de humildad; que el Reino no es algo que tenemos
que “buscar”, es algo que se nos ofrece por mera gratuidad; que tan solo tenemos
que saber aceptarlo como lo hacen los niños, con la mayor naturalidad, sin creernos
que “lo merecemos todo”.
El proceso es sencillo: “recibimos” el Reino,
lo “aceptamos” con humildad, y “entramos” en él. Como lo haría un niño.
En este día del Señor, pidámosle la humildad y
sencillez de espíritu para aceptar el anuncio y regalo del Reino, conscientes
de que lo estamos recibiendo por pura gratuidad, no por mérito nuestro. “Yo te
bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas
a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal
ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce
bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,25-26).
Y recuerda, si aún no has visitado la Casa del
Padre, todavía estás a tiempo.
“Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”.
Hace unos días, el 29 de septiembre,
celebramos la Fiesta litúrgica de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Hoy,
2 de octubre, la Iglesia nos invita a celebrar la memoria obligatoria de los
Santos Ángeles Custodios.
De niño mi madre, quien ya disfruta de la
presencia del Señor, me enseñó a rezarle a mi “ángel de la guarda”, como estoy
seguro que a muchos de ustedes sus madres o abuelitas les enseñaron. Para ello
nos enseñaban una corta oración, de la cual existen muchas variantes, pero que
todas comienzan igual: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni
de noche ni de día”.
Con el correr de los años muchos de nosotros,
al sentirnos “creciditos” abandonamos esa hermosa devoción de infancia. Otros,
por el contrario, la continúan, y hasta le ponen nombre a su ángel de la guarda.
De ese modo pueden dirigirse a ellos al momento de pedir su ayuda o
intercesión, con relación a asuntos que van desde “problemas de vida”, hasta
para que les ayude a encontrar un estacionamiento.
Lo cierto es que esto de rezarle a nuestro
ángel de la guarda no es cosa de niños. Así, por ejemplo, encontramos el
testimonio de san Juan XIII, el “Papa bueno”, quien en una ocasión comentó: “Siempre
que tengo que afrontar una entrevista difícil, le digo a mi ángel de la guarda:
‘Ve tú primero, ponte de acuerdo con el ángel de la guarda de mi interlocutor y
prepara el terreno’. Es un medio extraordinario, aún en aquellos encuentros más
temidos o inciertos…” Por otro lado, san Jerónimo, cuya memoria celebramos
hace dos días, nos asegura que Dios ha asignado a cada uno de nosotros un ángel
para protegernos: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas,
desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”.
La aseveración de san Juan XXIII nos apunta a
otra característica de estos seres angélicos. Para que puedan ayudarnos,
tenemos que hablarles, comunicarles nuestras necesidades, pues el único que ve
dentro de nuestros corazones es Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que
“la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura
llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe” (CIC 328). O sea, que tiene
carácter de dogma. A tales efectos se
pronunciaron los concilios de Letrán (1215) y Vaticano I (1870). Esa “verdad de
fe” quedó plasmada en la liturgia cuando, en la reforma litúrgica de 1969, el
Magisterio de la Iglesia incluyó en el calendario la fiesta de los arcángeles
San Miguel, San Rafael y San Gabriel y la memoria obligatoria de los ángeles
custodios que observamos hoy. No hay duda, si examinamos las Sagradas
Escrituras encontramos a los ángeles actuando a lo largo de toda la historia de
la salvación que allí se nos narra. Las lecturas que nos propone la liturgia para
hoy son vivo ejemplo de ángeles destinados por Dios para nuestra custodia
individual.
En la primera lectura (Ex 23,20-23a) Yahvé
dice a Moisés: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el
camino y te lleve al lugar que he preparado”. La lectura evangélica (Mt
18,1-5.10) nos presenta a Jesús afirmando, no solo la existencia de los ángeles
custodios, sino también su cercanía Dios (de ahí su capacidad para interceder
por nosotros), cuando al referirse a los niños dice: “Cuidado con despreciar a
uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en
el cielo el rostro de mi Padre celestial”.
“Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.
El Evangelio de hoy (Lc 10,13-16) nos presenta
la conclusión del “envío” misionero de los setenta y dos, que leíamos
ayer. Fíjense el uso del número doce, o múltiplos del mismo, siempre que hoy
envuelta una “elección”, pues para la cultura hebrea ese número significa
precisamente eso. De ahí que sean doce las tribus del pueblo elegido y doce los
apóstoles elegidos por Jesús, etc.
Ya Jesús había advertido a los discípulos que
no iban a ser recibidos bien en todos lados, que los enviaba como corderos en medio
de lobos; que si no eran bien recibidos en algún lugar siguieran su camino, no
sin antes hacer el anuncio del Reino. Jesús es consciente que Él mismo no fue
bien recibido entre los suyos (Cfr. Lc 4,24), es decir, contempla ese
mismo fracaso entre las posibilidades de sus enviados. Pero a la misma vez sabe
que hay que llevar a todos la Buena Nueva, y que la tarea evangelizadora es muy
grande para Él solo, que necesita “obreros para la mies”.
Entonces aprovecha la oportunidad para lanzar
unas maldiciones sobre las tres ciudades en las cuales concentró su labor
misionera: Corozaín, Betsaida, y Cafarnaún. Compara las primeras dos con Tiro y
Sidón, ciudades paganas, advirtiendo que en “el día del juicio” le irá mejor a
estas últimas. Entonces se muestra más severo aún con la ciudad que había
convertido en su “centro de operaciones”, Cafarnaún, diciéndole: “Y tú,
Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”. Lo cierto es que en
ningún otro lugar realizó más curaciones, milagros y portentos. De hecho, Cafarnaún
es la ciudad más nombrada en el Evangelio. Y aun así, la acogida del anuncio,
la respuesta, fue, a lo sumo, tibia. “Vino a los suyos y los suyos no le
recibieron” (Jn 1,11).
Esas palabras fuertes de Jesús resuenan hoy. Y
al igual que a aquellos primeros setenta y dos discípulos, Jesús le dice a los
que vienen a traernos la Buena Nueva del Reino: “Quien a vosotros os escucha a
mí me escucha; quien a vosotros os rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza
a mí rechaza al que me ha enviado”. Y lo que se vale para estos, vale también
para nosotros, para nuestros pueblos: “Y tú,…., ¿piensas escalar el cielo?
Bajarás al infierno”. Pero la buena noticia es que Jesús no se cansa de llamar
a nuestra puerta (Cfr. Ap 3,20).
Así, nos envía también a nosotros, los que nos
acercamos a Él, a llevar a todas partes la Buena Nueva del Reino (como ovejas
en medio de los lobos), cada cual según su carisma, puesto al servicio del
cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia (Cfr. 1 Cor 12,12). Hoy
debemos preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a aceptar el reto, incluyendo las
posibles consecuencias?
Que pasen todos un hermoso fin de semana; y no
olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera con los brazos abiertos y está
dispuesto a ofrecerles a su único Hijo como alimento.
“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12)
nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas
es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos
narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda de que
la vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un
regalo, un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta
con el Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro
encontrarás la respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a
no dejar de orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel (Cfr. CIC 329).
Hoy celebramos la Fiesta de los Santos
Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. La existencia de esos “seres espirituales,
no corporales, que la Sagrada Escritura llama ángeles, es una vedad de fe”
(Catecismo de la Iglesia Católica 328). Continúa diciendo el CIC que estos
seres “en tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y
voluntad: son criaturas personales e inmortales (Cfr. Lc 20,36). Superan
en perfección a todas las criaturas visibles” (330). De ahí que en la Carta a
los Hebreos, se nos diga: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el
Hijo del hombre para que lo tomes en cuenta? Por un momento lo hiciste más bajo
que los ángeles;… (Hb 2,6-7)”.
Vemos a los ángeles interviniendo como
mensajeros de Dios a lo largo de toda la historia de la salvación. La Biblia y
la Tradición nos enumeran a los ángeles en tres jerarquías divididas en tres
coros cada una, para un total de nueve coros u órdenes angélicos. En la tercera
jerarquía se cuentan los “Principados”, los “Arcángeles” y los “Ángeles”.
San Agustín dice al respecto que “[e]l nombre
de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te
diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”
(Cfr. CIC 329). Así cada uno de los ángeles tiene un oficio, como
aquellos encargados de custodiarnos (los llamados ángeles custodios o ángeles
de la guarda, cuya memoria celebramos el 2 de octubre). De hecho, el
significado de sus nombres apunta hacia su oficio. Miguel significa “¿quién como
Dios?”, Gabriel significa “fuerza de Dios”, y Rafael significa “Dios ha curado”
o “medicina de Dios”.
A los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y
Rafael los encontramos interviniendo directamente en la vida de los hombres (Cfr.
Ex 23,20) para llevar a cabo una misión encomendada por el mismo Dios. Sus
nombres se mencionan en la Sagrada Escritura. Así por ejemplo, encontramos a
San Miguel en el libro de Daniel (10,13; 12,1; Ap 12,7-9); a San Gabriel en Dn
9,21; Lc 1,26 (la Anunciación); y a Rafael en Tb 12,15. Por eso celebramos esta
fiesta litúrgica.
La liturgia de hoy nos presenta dos textos
alternativos como primera lectura (Dn 7,9-10, o Ap 12,7-12a). El primero nos
presenta una visión del profeta sobre la corte celestial con miles de ángeles
sirviéndole. El segundo es el conocido texto de la batalla final entre Miguel,
al mando de las legiones angélicas, contra el “dragón” que intentaba comerse el
hijo de la “mujer”, y cómo éste queda derrotado y es arrojado para siempre del
cielo.
Sin pretender entrar en una exégesis de este
pasaje tan provocador, baste señalar que podemos ver cómo Dios se vale de sus
seres angélicos para proteger a los que le creen. Por tanto, siendo seres que
están cerca de Dios, no debemos vacilar en pedir su intercesión.
La lectura evangélica (Jn 1,47-51), por su
parte, nos narra la vocación de Bartolomé, a quien Juan llama Natanael, que la
liturgia coloca dentro de esta fiesta por la sentencia pronunciada por Jesús al
final del pasaje, que confirma la existencia de los ángeles: “En verdad, en
verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar
sobre el Hijo del hombre”.
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“Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?”
El evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Lc 9,51-56), marca el comienzo de la parte central del evangelio según san Lucas, que abarca hasta el capítulo 19 y nos narra la “subida” de Jesús de Galilea a la ciudad santa de Jerusalén, donde habría de culminar su misión redentora con su pasión, muerte, resurrección y glorificación (su “misterio pascual”).
El primer versículo de la lectura nos señala
la solemnidad de esta travesía: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser
llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”. Jesús había
comenzado su ministerio en Galilea; sabía cuál era la culminación de ese
ministerio. Ya se lo había anunciado a sus discípulos (Lc 9,22). Él sabe lo que
le espera en Jerusalén, pero enfrenta su misión con valentía. Sus discípulos
aún no han captado la magnitud de lo que les espera, pero le siguen.
Al pasar por Samaria piden posada y se les
niega, no tanto por ser judíos, sino porque se dirigían al Templo de Jerusalén.
Los discípulos reaccionan utilizando criterios humanos: “Señor, ¿quieres que
mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Cfr. 2 Re 1,10). Ya los
discípulos conocen el poder de Jesús, pero aparentemente no han captado la
totalidad de su mensaje. ¡Cuán soberbios se muestran los discípulos! Se creen
que por andar con Jesús tienen la verdad “agarrada por el rabo”; que pueden
disponer del “fuego divino” para acabar con sus enemigos.
Por eso Jesús “se volvió y les regañó”. En
lugar de castigar o maldecir a los que los que los despreciaron, Jesús se
limitó a “marcharse a otra aldea”. Más adelante, al designar a “los setenta y
dos”, les instruirá: “Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban,
salgan a las plazas y digan: ‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido
a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino
de Dios está cerca’” (10,10-11). A lo largo de su subida a Jerusalén, Jesús
continuará instruyéndoles, especialmente mediante las “parábolas de la
misericordia” contenidas en el capítulo 15 de Lucas.
Ante esta lectura debemos preguntarnos:
¿cuántas veces quisiéramos ver “el fuego de Dios” caer sobre los enemigos de la
Iglesia, sobre los que nos injurian, o se burlan de nosotros por seguir a Jesús,
o por proclamar su Palabra? El mensaje de Jesús es claro: “Amen a sus enemigos,
rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo,
porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre
justos e injustos” (Mt 5,44-45). En ocasiones anteriores hemos dicho que esta
es tal vez la parte más difícil del seguimiento; pero es lo que nos ha de
distinguir como verdaderos discípulos de Cristo.
Hoy, pidamos al Señor nos conceda la valentía
para, imitando el ejemplo de Jesús, llevar a cabo nuestra misión. Pidamos
también la humildad para amar de corazón a nuestros “enemigos” y así, mediante
nuestro ejemplo, facilitar su conversión.
“El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante”.
La lectura evangélica
que nos ofrece la liturgia para el lunes de la vigésima sexta semana del tiempo
ordinario (Lc 9,46-50), tenemos que leerla en el contexto de las del viernes y
sábado pasados, en las que Jesús había hecho el primer y segundo anuncios de su
Pasión. Tal parece que los discípulos se negaban a entender lo que Jesús les
decía, pues preferían continuar gozando vicariamente el éxito y la fama que
Jesús, su maestro, se había ganado en Galilea. Con toda probabilidad querían
llegar montados en la “ola” de esa fama a Jerusalén, cuyo camino estaban a
punto de emprender.
Esto se desprende de
la primera oración del pasaje que contemplamos hoy: “los discípulos se pusieron
a discutir quién era el más importante”. Jesús acababa de anunciarles, no una,
sino dos veces, la pasión y muerte que debía sufrir, y ellos seguían
preocupados por quién de ellos era el más importante. Definitivamente, estaban
cegados por el éxito de su maestro. Me recuerdan a los ayudantes de campaña de
los políticos, quienes no habiendo llegado aún al poder, comienzan a pelearse
los puestos que ocuparán cuando su candidato resulte electo. Los discípulos no
habían podido zafarse de las ideas de un mesianismo político y militar de parte
de Jesús.
Ante esa actitud,
Jesús “cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: ‘El que acoge
a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me
ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante’.” Debemos recordar
que en tiempos de Jesús un niño no tenía derechos, era considerado una
“posesión” de su padre. En las casas donde no había servidumbre ni esclavos,
los niños eran quienes llevaban a cabo las labores de éstos, incluyendo lavar
los pies de los que llegaban a la casa. Jesús quiere enfatizar que su
mesianismo está fundamentado en la humildad y el amor; que si algún “puesto”
hay en su Reino, es el de servidor de los demás. Más tarde, al lavar los pies
de sus discípulos, Jesús nos ofrecería un testimonio de la vocación al servicio
que tenemos todos los cristianos: “Les aseguro que el servidor no es más grande
que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía” (Jn 13,16).
Las palabras de Jesús parecen haber caído en oídos sordos una vez más. Como contestación a sus palabras, Juan le manifiesta una queja que pone de manifiesto que los discípulos no estaban dispuestos a compartir su protagonismo con nadie (ayer leíamos la versión de Marcos de esta conversación): “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir”. ¡Cuántas veces a nosotros nos pasa lo mismo! Creemos tener monopolizado a Jesús y no permitimos que alguien, sobre todo de otra denominación cristiana, pretenda apartar las tinieblas (“demonios”) con su Palabra. ¿Quién nos ha dado semejante derecho? Jesús no fue, pues Él mismo dijo a sus discípulos: “No se lo impidáis; el que no está contra vosotros está a favor vuestro”.
Recordemos la
oración de Jesús: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,
que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me
enviaste”.