La Liturgia continúa llevándonos de la mano a
través del tiempo de Navidad, que culmina el próximo domingo, con la Fiesta del
Bautismo del Señor.
La lectura evangélica (Jn 1,35-42), de hoy nos
presenta la vocación de los primeros discípulos. En el caso de estos, el
llamado no comienza directamente de boca de Jesús. Muchas veces Jesús se vale
te personas para llamarnos; por eso tenemos que estar atentos a la voz de
nuestros hermanos. En este caso se valió de Juan el Bautista, quien les señala
la persona de Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Tal fue la
impresión que causó la presencia de Jesús en estos discípulos, que nos cuenta
la escritura que: “los dos discípulos oyeron (las) palabras (de Juan) y
siguieron a Jesús”. Cada vez que leo la vocación de cada uno de los discípulos
de Jesús trato de imaginarme su mirada penetrante, su carisma, su magnetismo,
imposible de resistir. Un encuentro que provoca un seguimiento…
Seguimiento que a su vez provoca las primeras
palabras de Jesús en las Sagradas Escrituras: “¿Qué buscáis?”. Pudo haberles
preguntado sus nombres, hacia dónde se dirigían, por qué le seguían… No
olvidemos que Jesús es Dios, que conoce nuestros pensamientos. Él sabía lo que
buscaban. Tan solo quería una confirmación; no para Él, sino para ellos
mismos. Eso me hace preguntarme a mí mismo: ¿Busco yo seguir a Jesús? Si
Jesús me preguntara: “Y tú, ¿qué buscas?” ¿Qué le contestaría?
Los discípulos le contestaron con otra
pregunta: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Pregunta que implica un
deseo de seguirlo, conocerlo mejor, permanecer con Él. Es ahí que se produce el
llamado (vocación) de labios de Jesús: “Venid y lo veréis”. Nos dice el Evangelio
que entonces los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él
aquel día”. Tal fue la impresión que esa experiencia causó en el evangelista,
que hasta recuerda la hora: “serían las cuatro de la tarde”.
Me pregunto sobre qué les habrá hablado Jesús
durante esa tarde. Se me ocurren dos temas obligados: el Reino (Lc 4,43) y el
Amor (Mc 12,28-31). Siempre pienso en la mirada de Jesús, y trato de
imaginarla…, y se me eriza la piel… Lo cierto es que tan impresionados quedaron
los discípulos con la experiencia de Jesús, que tan pronto salieron, uno de
ellos, Andrés, encontró a su hermano Simón y no pudo contenerse. Antes de
saludarle, como impulsado por un celo inexplicable exclama: “Hemos encontrado
al Mesías (que significa Cristo)”.
Esa es la conducta de todo el que ha tenido un
encuentro personal con Cristo. Hemos sido arropados por su Amor, y ese amor nos
obliga a compartirlo, a proclamarlo, a anunciarlo a todos. ¿Siento yo ese deseo
incontrolable de compartir mi experiencia de Jesús con todo el que se cruza en
mi camino? Si no lo siento, tengo que preguntarme: ¿He tenido real y
verdaderamente un encuentro con Jesús? ¿Me he abierto a su Amor incondicional?
Hace apenas unos días celebrábamos el
nacimiento del Niño Dios. La próxima pregunta obligada es: ¿Le he permitido
“nacer” en mi corazón?
Hoy hacemos un alto en la liturgia de Adviento para celebrar la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.
Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al
grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada
penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la
vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de
Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de
los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.
Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente
dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la
lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe
señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús
primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado
al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer
encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como
las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la
inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no
solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame
más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y
hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt
10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.
Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del
mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su
relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al
cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en
quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la
profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca
abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión
profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos,
judíos y paganos.
Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la
respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o
excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una
acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo
todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).
“Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”.
Desde el pasado viernes la liturgia nos ha
estado presentando como primera lectura la carta del apóstol san Pablo a los
Filipenses. Pablo escribe esta carta desde la cárcel en Roma, consciente de que
su muerte está cerca. Por eso concluye el pasaje de hoy (Fil 2,12-18) diciendo:
“Aun en el caso de que mi sangre haya de derramarse, rociando el sacrificio
litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por
vuestra parte, estad alegres y asociaos a la mía” (vv. 17-18). Asimismo, Pablo
continuará instruyendo y fortaleciendo sus comunidades hasta su último aliento.
En la lectura de hoy, exhorta a los de la
comunidad de Filipos a seguir “actuando su salvación con temor y temblor”,
conscientes que es Dios mismo quien activa en ellos “el querer y la actividad para
realizar su designio de amor”. Les (nos) está diciendo que tenemos que aprender
a obedecer los designios de Dios en nuestras vidas, a servir, a ver a Dios en
la cotidianidad, en la rutina de nuestra vida. Todo es obra de Dios, y todo nos
conduce a Él. Santa Teresa de Jesús decía que Dios estaba entre los pucheros, ¡y
en más de una ocasión tuvo un arrebato místico mientras fregaba!
Si enfrentamos nuestra vida conscientes de es
Dios quien obra en nosotros ese “querer” y “actuar”, queriendo y haciendo Su voluntad,
que es para nuestro bien, podremos convertirnos en faros, “brillar como
lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir”. Hoy tenemos que preguntarnos: Mi vida, ¿es
una lumbrera que habla de Dios, que conduce a otros hacia Dios? ¿Habla de Dios
mi vida? Cuando los demás nos ven, ¿se preguntan qué será ese brillo que emana
de nosotros que les atrae al punto de querer que lo compartamos con ellos?
Conocer, aceptar y actuar la voluntad de Dios
es motivo de alegría para el cristiano, la gran paradoja de encontrar la
verdadera libertad en la obediencia. Esa ha de ser nuestra meta, para, al igual
que Pablo, poder decir el “día de Cristo”: “no he corrido ni me he fatigado en
vano”. Esa aceptación de la voluntad de Dios y actuar acorde a la misma, que está implícita en la
radicalidad del seguimiento que se exige a todo discípulo, se recoge en la
lectura evangélica de hoy (Lc 14,25-33) cuando Jesús le dice a los suyos: “Si
alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a
sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede
ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo
mío”.
Cuando nos abandonamos a la voluntad de Dios,
nuestras peticiones se convierten en su voluntad y su voluntad coincide con
nuestras peticiones. Somos en Él, y Él es en nosotros.
“Entonces oí el número de los marcados con el
sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos
de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría
contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el
Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan
con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono,
y del Cordero»” (Ap 7,4.9-10). Este pasaje, que forma parte de la primera
lectura de hoy, es uno de mis favoritos de toda la Sagrada Escritura. Cada vez
que lo leo no puedo evitar hacerme una imagen mental de la escena, con efectos
audiovisuales y todo. Y como todo cristiano, mi aspiración, como debe ser la de
todos, es llegar a formar parte de esa muchedumbre inmensa. Se me eriza la piel
de tan solo imaginarlo.
Y esa lectura es muy apropiada para la
Solemnidad de todos los Santos que celebramos hoy. Porque si bien la Iglesia
nos propone como modelos y canoniza a unos que llamamos “Santos” y “Santas”,
son cientos de miles los que componen esa multitud, “imposible de contar” que
conforma el grupo de los elegidos, de los que han forjado su santidad a base de
oración y amor al prójimo, a base del seguimiento de los pasos de Jesús.
Y de la misma manera en que la patria honra a
los héroes anónimos de las grandes guerras con un monumento al “soldado
desconocido”, así la Iglesia honra, mediante esta Solemnidad, la memoria de
aquellos que vivieron y murieron en olor de santidad, y cuya obra pasó a veces
desapercibida para la humanidad, mas no ante los ojos de Dios, quien recibió
con agrado la oblación de sus vidas santas.
“Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la
santidad personal. La santidad no es algo que está reservado a unas cuantas
almas “privilegiadas”. Todos estamos llamados a ser “santos”. Dios no nos
quiere buenos, nos quiere santos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “la
santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y
pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su
bondad paternal”. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé Dios dijo a su pueblo:
“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Pablo
llama “santos” a todos los cristianos de esas primeras comunidades; así, por
ejemplo, le dice a los Corintios “que han sido santificados en Cristo Jesús y
llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan
el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (1 Cor 1,2). Se
trata de vivir las Bienaventuranzas que nos presenta la lectura evangélica de
hoy (Mt 5,1-12).
Hoy mi alma reboza de alegría, porque la Iglesia universal honra la memoria de mi santa madre y mi padre ejemplar, que estoy seguro se encuentran de pie, ante el trono del Cordero, con sus vestiduras blancas y palmas en las manos, alabando y bendiciendo al Señor, intercediendo por mí y mi familia, mientras gritan con fuerte voz: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. ¡Santa Milagros y San Ernesto, rueguen por nosotros!
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.
El Evangelio de hoy (Mt 22,1-14) nos presenta una
de las parábolas del Reino. Jesús compara el Reino con un banquete de bodas, enfatizando
la apertura del Reino a todos por igual, sin distinción entre “malos y buenos”.
En esta ocasión el mensaje gira en torno a la
invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se
deriva del verbo vocare = llamar) que todos recibimos para participar
del “banquete” del Reino (nuestra vocación a la santidad), y la respuesta que
damos a la misma.
Nos narra la parábola que un rey celebraba la
boda de su hijo con un gran banquete y envió a sus criados a invitar a sus
numerosos invitados y ninguno aceptó. Envió nuevamente a los criados, pero algunos
convidados prefirieron atender sus asuntos (“uno se marchó a sus tierras, otro
a sus negocios”), mientras los restantes mataron a los criados. Esto provocó
que el rey montara en cólera y mandara matar a los asesinos e incendiar su
ciudad.
Entonces el rey dijo a sus criados: “‘La boda
está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de
los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados
salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.
Esta parábola pone de relieve que normalmente
cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada
más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que
en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi
familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del
Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora,
porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier
otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi
Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá
cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si
algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.
Otra característica de la invitación de Jesús
expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos,
de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Jesús quiere que TODOS nos
salvemos. Por eso el rey recibió a todos, “malos y buenos”, hasta que “la sala
de banquetes se llenó de comensales”.
Pero, como hemos dicho en ocasiones
anteriores, la invitación de Jesús viene acompañada de lo que yo llamo la
“letra chica”, las condiciones del seguimiento, que muchos encuentran “duras” (Cfr.
Jn 6,60), por lo que optan por rechazar la invitación, mientras otros pretenden
aceptar la invitación al banquete sin “vestirse de fiesta”. Ante estos últimos
el rey dijo a sus criados: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las
tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. “Porque muchos son
los llamados y pocos los escogidos”.
Señor, dame la gracia para aceptar tu
invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan asistir “vestido de
fiesta” para ser contado entre el grupo de los “escogidos” a participar del
banquete de bodas del Cordero (Cfr. Ap 19,9).
“Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios”.
La liturgia de hoy continúa presentándonos el Evangelio según san Lucas (11,15-26), específicamente el pasaje en que, ante el magnífico poder demostrado por Jesús para expulsar demonios, algunos “de entre la multitud”, le acusaban de echar demonios por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, o sea Satanás. Debemos recordar que la mentalidad bíblica concibe el universo, y la vida de la humanidad como una batalla entre el bien y el mal, entre los espíritus que “amarran” al hombre a lo natural, y el Espíritu de Dios que lo “libera” permitiéndole participar de la libertad divina. Es la batalla entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal que se refleja en la literatura apocalíptica (de la cual, La guerra de las galaxias es un magnífico ejemplo), en la cual al final siempre ha de prevalecer el bien.
Jesús, luego de enfatizar la importancia de la
unidad para poder vencer las fuerzas del mal, anuncia: “si yo echo los demonios
con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Con esta aseveración Jesús quiere señalar que un nuevo Reino acaba de
instaurarse sobre la tierra, el Reino de Dios, el único capaz de destruir el
reino de Satanás, “el gran acusador”, como se nos presenta en esa gran batalla final
que nos narra el capítulo 12 del libro del Apocalipsis. La traducción de la
frase “el reino de Dios ha llegado a vosotros” que encontramos en la lectura de
hoy, suena más contundente en el original griego: “el reino de Dios os ha
llegado por sorpresa… de súbito”. Tan de sorpresa que ni el mismo Satanás ha
tenido tiempo de esquivar el “golpe” que se le vino encima.
Es el poder del “dedo de Dios”, que en
términos bíblicos representa la potencia divina, ya que Dios, con tan solo
mover la punta del dedo realiza los actos más portentosos (Cfr. Ex 8,15).
No hay duda. Jesús tiene el poder del “dedo de Dios”, el único capaz de
derrotar a Satanás.
En esta versión de Lucas encontramos además
una alusión al “hombre más fuerte” (algunas versiones dicen “más poderoso”) que
puede vencer a su adversario, en una clara alusión al nombre que Juan el
Bautista había dado al Mesías (Lc 3,16). Otra señal de la divinidad de Jesús.
Y como para cerrar con broche de oro, Jesús
enfatiza una vez más a sus discípulos la radicalidad del seguimiento, la
intransigencia que se espera de ellos (y de nosotros) al momento de elegir entre
los dos reinos: “El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge
conmigo desparrama”. Si en algo Jesús es claro es en esto; no hay tal cosa como
términos medios. O eres frío o eres caliente; porque Él no te quiere tibio (Cfr.
Ap 3,15-16).
Hoy, pidamos al Señor, por la intercesión de
Nuestra Señora María, la Virgen del Rosario, que nos conceda el don de
discernimiento para decir “SÍ”, y escoger y mostrar siempre preferencia por el
reino de Dios.
Pidamos también al “más fuerte” que venga en
nuestro auxilio y el de nuestro pueblo, para que con el poder del “dedo de
Dios”, eche todos los demonios que nos mantienen esclavizados.
“Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me dieron de beber…”
Hasta ahora la liturgia nos ha estado
ofreciendo como primera lectura para el tiempo ordinario, pasajes del Antiguo
Testamento. A partir de esta 27ma semana, y hasta el final del tiempo ordinario
(semana 34), estaremos contemplando lecturas del Nuevo Testamento, comenzando
con las cartas de Pablo.
Y como para “despertarnos”, Pablo (Gál 1,6-12) arremete con ira santa contra aquellos falsos pastores que pretenden predicarnos un evangelio distinto al de Jesucristo, adaptando su mensaje a lo que su feligresía quiere escuchar.
Y es que como hemos dicho en innumerables
ocasiones, el mensaje de Cristo tiene unas exigencias que muchos prefieren
ignorar, concentrándose en las partes “bonitas”, como si la Cruz no fuera parte
integrante de ese mensaje de salvación. “El que quiera seguirme…”
El Evangelio (Lc 10,25-37), por su parte, nos
presenta la conocida parábola del buen samaritano. Sobre esta parábola se han
escrito “ríos de tinta” (ahora diríamos gigabytes y gigabytes de
data). Además de la historia, edificante por demás, que nos presenta la misma,
algunos exégetas ven en la compasión del samaritano una imagen de la
misericordia de Dios, y en el regreso del samaritano al final de la parábola
una especie de prefiguración del retorno de Cristo al final de los tiempos.
Otros ven “claramente” en la parábola un reflejo de la historia de la salvación,
al igual que en las “parábolas del Reino”.
Hoy nos limitaremos a señalar que el relato
está precedido de una discusión sobre el mandamiento más importante: “Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas
y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31); mandamiento que
recoge el Shemá que recitan los judíos (Dt 6,4) y hasta escriben en un
pergamino que colocan en la jamba derecha de las puertas de sus hogares en un
receptáculo llamado mezuzah, y el mandato sobre el prójimo contenido en
Lev 19,18. Jesús llevará este último mandamiento un paso más allá, al pedirnos
que amemos a nuestro prójimo, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha
amado (Jn 13,34).
Lo cierto es que este relato nos enfrenta al
pecado más común que cometemos a diario y pasamos por alto, lo ignoramos. Me
refiero al pecado de omisión. Cuando
rezamos el “Yo pecador”, decimos que “…he pecado mucho de pensamiento, palabra,
obra y omisión”. Cuando pensamos en nuestros pecados, al hacer un examen de
conciencia, pensamos en las actuaciones en que hemos incurrido que resultan
ofensivas a Dios. Robar, matar, fornicar, mentir, etc., etc. ¿Pero qué de las
veces que habiendo podido ayudar al prójimo que lo necesitaba nos hacemos de la
vista larga? “Estoy muy ocupado… Voy tarde, y si me detengo… “Voy a ensuciarme
la ropa…”
“En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados
en el amor”, nos dice San Juan de la Cruz. Y eso no se lo inventó él; ¿acaso el
mismo Jesús no nos dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y
me dieron de beber…? (Mt 25,35). En el mismo pasaje del “juicio final” Jesús
encarna el pecado de omisión: “Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve
sed y no me dieron de beber…” En otras palabras, no basta con abstenerse de
cometer “actos” pecaminosos; peca tanto el que roba el pan ajeno, como el que
pudiendo dar de comer al hambriento no lo hace. Es decir, para pecar no es
necesario hacer el mal, basta con no hacer el bien, teniendo la capacidad y los
medios para hacerlo. A veces se trata tan solo de prestar nuestros oídos a un
hermano que necesita desahogarse, y “no tenemos tiempo…”
Y se nos olvida que en nuestro prójimo, en
cada uno de nuestros hermanos, está la persona de Cristo; pero somos tan ciegos
que no lo vemos. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más
pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).
¡Cuántas veces actuamos como el sacerdote o el
levita de la parábola!
“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12)
nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalara que Lucas
es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos
narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?
Como primera lectura para hoy la liturgia continúa con el libro de Job (9,1-12.14-16) y la conversación que tiene con los tres amigos que vienen a consolarlo pero que, lejos de hacerlo, lo que logran es hacer más difícil su aceptación de lo que le está sucediendo. Job se mantiene firme en que es imposible escudriñar los misterios de Dios, y cómo Él, en su infinita sabiduría dispone todo sin que podamos encontrar la respuesta a la famosa pregunta: ¿por qué?
La segunda lectura (Lc 9,57-62) nos presenta a
Jesús, que continúa esa última “subida” a Jerusalén para enfrentar su hora
suprema. Con tres frases lapidarias, dirigidas a tres de los discípulos que le
acompañaban, Jesús expone las “condiciones” del seguimiento.
Vemos de entrada que el primero no es
“llamado” por Jesús, sino que se ofrece voluntariamente. Jesús se limita a
enumerar las dificultades, las privaciones, los sacrificios que el verdadero
discípulo de Él ha de enfrentar. Es obvio que ese “voluntario” no está
consciente que Jesús va camino a enfrentar su muerte, y que el discípulo tiene
que estar dispuesto a compartir la misma suerte que su maestro.
El segundo sí es llamado, con la palabra única
que Jesús suele utilizar: “Sígueme”. Este también pretende imponer sus propias
condiciones al Maestro: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, a lo que
Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a
anunciar el reino de Dios”. Con esta exageración, rayando en la locura, Jesús
pretende sacudir al discípulo con el propósito de transmitir el mensaje de que
NADA es más importante que el seguimiento y la misión. Más adelante lo dirá con
toda claridad: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su
madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia
vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Palabras fuertes, pero Jesús exige
ese seguimiento radical, incondicional. Por eso muchos son los llamados pero
pocos los escogidos (Mt 14,22).
Con el tercer discípulo Jesús acentúa otra
característica que Él espera en el verdadero discípulo. El discípulo le pide
tiempo para ir a despedirse de su familia. De nuevo el apego a las relaciones
familiares que nos proporcionan “seguridad”. Nuevamente una respuesta tajante
de parte de Jesús: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale
para el reino de Dios”. Está claro que Jesús no quiere seguidores a medias. Una
vez se comienza el seguimiento, ya no hay marcha atrás; aquí es que se prueban
los verdaderos discípulos. Él nos quiere calientes o fríos, no tibios, porque
si nos tornamos tibios Él va a “vomitarnos” de su boca (Ap 3,15).
El mensaje de Jesús es claro. Él nos invita a
seguirle, pero ese seguimiento implica sacrificios, privaciones, humillaciones,
persecuciones, pruebas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a seguir
los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento
implica?
Señor, envía tu santo Espíritu sobre nosotros para
que nos de fortaleza para sobreponer esas tibiezas que nos impiden perseverar
en el seguimiento de tu Hijo.
La lectura evangélica que nos propone la
liturgia de hoy (Lc 9,1-6), nos narra el “envío” de los doce, que guarda cierto
paralelismo con el envío de “los setenta y dos” que el mismo Lucas nos narra
más adelante (Lc 10,1-12). En ambos relatos encontramos unas instrucciones para
la “misión” casi idénticas. En la de los doce que contemplamos hoy nos dice: “No
llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco
llevéis túnica de repuesto”. A los setenta y dos les dirá: “No lleven dinero,
ni alforja, ni sandalias…” La intención es clara; dejar atrás todo lo que pueda
estorbarles en su misión.
Es de notar que en ambos casos la “misión” es
la misma: el anuncio del Reino, que fue precisamente la misión de Jesús. “También
a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque
para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Esa es la gran misión de la Iglesia,
anunciar al todo el mundo la Buena Nueva del Reino, dando testimonio del amor
de Jesús. Y de la misma manera que Jesús abandonó Nazaret dejándolo todo, eso
mismo instruye tanto a los apóstoles como a los setenta y dos.
Aunque hay ciertas variantes entre ambos
envíos, nos concentraremos en las citadas “instrucciones” a ambos grupos;
instrucciones que son de aplicación a todo discípulo, incluyéndonos a nosotros.
Ese “dejarlo todo”, incluyendo las cosas “básicas” para sobrevivir, es la
prueba del verdadero discípulo que confía en la Divina Providencia, y nos evoca
la vocación de los primeros apóstoles, quienes “abandonándolo todo, lo
siguieron” (Lc 5,11), y la de Mateo, que “dejándolo todo, se levantó y lo
siguió” (Lc 5,28). “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan,
ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los
alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).
Si creemos en Dios y le creemos a Dios,
sabemos que cuando Él nos encomienda una misión siempre va a proveer y permanecer
a nuestro lado, acompañándonos y dándonos las fuerzas para cumplirla (Cfr. Ex
3,12; Jr 1,8). Por eso el verdadero discípulo no teme enfrentar la adversidad.
“Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31).
Hoy, pidamos al Señor que nos permita
liberarnos de todo equipaje inútil que pueda estorbar u opacar la misión a la
que hemos sido llamados, de anunciar la Buena Noticia del Reino y el Amor de
Dios.
Hoy celebramos la memoria obligatoria de san
Pío de Pietrelcina, quien durante su vida supo vivir de manera heroica la
pobreza evangélica y el abandono a la Divina Providencia.
Pidamos la intercesión de san Pío de Pietrelcina, para que aprendamos a deshacernos de todo lo que pueda obstaculizar nuestro seguimiento de Cristo, y poder así anunciar eficazmente a todos la Buena Noticia del Reino y el Amor de Dios.