REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE 12-12-18

Hoy Puerto Rico y toda América Latina celebra la Fiesta de la Patrona de América Latina, Señora y Madre de los Mexicanos, y declarada “Emperatriz de las Américas” por el papa Pío XII, en un mensaje radial a los mexicanos el 12 de octubre de 1945.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta Fiesta (Lc 1,39-48) nos narra la visita de la Virgen María a su prima Isabel, y el comienzo del hermoso cántico del Magníficat. María está encinta, y a pesar de su preñez, parte presurosa a ayudar a su parienta, quienes una mujer mayor que se encuentra en sus últimos tres meses del embarazo.

Esa es la Virgen que se presenta a san Juan Diego en el Tepeyac. Si examinamos detenidamente la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, notamos que la parte más iluminada es el vientre, que aparece ligera y delicadamente distendido, como el de una joven mujer al comienzo de su embarazo. Este hecho se confirma por la cinta negra que la Virgen lleva alrededor de la cintura, que es una prenda que usaban las mujeres aztecas cuando estaban embarazadas. ¡Qué imagen tan hermosa! Esta imagen de la Guadalupana es tan rica en símbolos, que resulta imposible ni tan siquiera intentar enumerarlos en tan corto espacio.

Poseyendo la Santísima Virgen un cuerpo glorificado al haber sido asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (parte del dogma de la Asunción), puede adaptarse, tomar diferentes características físicas: su edad, estatura, apariencia, características étnicas, idioma,vestuario, etc. Así la Virgen se acomoda a la cultura y el lenguaje del vidente con miras a un fin pedagógico. De hecho, toda la simbología de la imagen ha sido descrita como una “escritura jeroglífica”, un “catecismo” especial para que los nuevos conversos, que aún no hablaban el castellano, pudieran entenderla.

En el caso de Nuestra Señora de Guadalupe,notamos además que su rostro no es ni indígena, ni español, sino una mezcla de ambas razas, mestizo. Esta apariencia parece anunciar la aparición de una nueva raza producto de la unión de ambas razas: el pueblo mexicano. Una nueva raza producto de la unión de otras dos con un elemento común: la fe católica. “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”(Is 7,14). Así la Guadalupana “da a luz” también a un nuevo pueblo que nace junto a la evangelización de América y tiene como elemento común al Emanuel,“Dios-en-nosotros”. Una raza, un pueblo genuinamente latinoamericano, que recibió a Jesús en su corazón, tal y como estamos preparándonos nosotros “hoy”,durante el Adviento, para recibirle en los nuestros.

No es por coincidencia, sino por “Diosidencia”, como dice mi esposa, que la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe se celebra durante el Adviento, y durante la parte del Adviento en que se nos llama a la conversión. Es un hecho histórico que en un período tan corto como diez años a partir de la aparición de Nuestra Señora en el Tepeyac, la fe católica se propagó por todo el continente, logrando la conversión de todos los pueblos latinoamericanos.

En esta fecha tan especial, pidamos a nuestro Señor, por la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, que nos ayude lograrla conversión que nos permita recibir a su Hijo en nuestros corazones.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS, APÓSTOL 30-11-18

Hoy la Iglesia celebra la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.

Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN 09-11-18

Fachada de la Archibasílica de San Juan de Letrán – Roma

Hoy celebramos la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, que constituye la sede de la Cátedra del Papa, en su carácter de Obispo de Roma, es decir, que es la catedral de Roma. La tradición de celebrar esta Fiesta se remonta al siglo XII, y tiene como propósito honrar esa basílica que es llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”, por ser, como hemos dicho, la “cátedra de Pedro”.

Las lecturas que la liturgia nos propone hoy, abarcan toda la dimensión de lo que constituye el “templo” para nosotros los cristianos. En el segundo texto que se nos propone como lectura (1 Cor 3,9c-11.16-17) Pablo nos recuerda que nosotros somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23); “¿No sabéis que sois templo de Dios?”. No hay duda de que Dios está en todas partes, por lo que su presencia no está circunscrita a los templos edificados por manos humanas. Es algo que aprendemos desde la catequesis infantil.

No obstante, ya desde el Antiguo Testamento Dios enseña a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13), y lo encontramos en innumerables ocasiones enseñando en el Templo o en la sinagoga.

En el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 2,13-22) se hace patente la importancia que Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.

“El celo de tu casa me devora”. Cada vez que entro en un templo y me encuentro a todo el mundo “socializando” y hablando nimiedades, y hasta murmurando contra otros hermanos, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas, entiendo lo que sintió Jesús cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, reconocer los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también, y comportarnos con el respeto que merecen.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA 18-10-18

Hoy celebramos la Fiesta de san Lucas, evangelista, y el Evangelio de hoy (Lc 10,1-9) nos narra una vez más el envío de los “setenta y dos” a los lugares que él pensaba visitar; una especie de “avanzada” como las que usan los políticos de nuestro tiempo, para ir preparando el camino para su llegada. Ese envío es precedido por la famosa frase de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.

Desde los inicios de su vida pública Jesús había dejado establecida su misión: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). En el pasaje de hoy Jesús continúa su “subida” final a la ciudad Santa de Jerusalén en donde culminará su obra redentora. Tiene que adiestrar a los que va a dejar a cargo de anunciar la Buena Noticia del Reino, y los envía en una misión “de prueba”, para que experimenten la satisfacción y el rechazo, la alegría y la frustración; para que se curtan. Más adelante les dirá: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

En la primera lectura (2 Tim 4,10-17) encontramos a Pablo, apóstol de los gentiles, continuando la obra misionera de Jesús, y repartiendo a sus discípulos y colaboradores. Solo Lucas permanece con él. La mies es abundante y los obreros pocos, así que hay que maximizar el rendimiento de cada uno de los “obreros”. Pablo sabe que los envía “como corderos en medio de lobos”, y les advierte de los peligros. Pero los despide con un mensaje de esperanza: “…el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles”. Jesús lo había prometido antes de su partida: “Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,10).

Especialmente a partir del Concilio Vaticano II, esa misión evangelizadora no está limitada al clero ni a los de vida consagrada; nos compete también a todos los laicos. Lo bueno es que el mismo Jesús nos dejó las instrucciones y, mejor aún, prometió acompañarnos. ¿Cómo podemos rechazar esa oferta? Con razón san Pablo decía: “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). ¿Quieres gozar de la compañía de Jesús? ¡Evangeliza!

El papa Francisco ha enfatizado el talante misionero de la Iglesia, exhortándonos a salir del encierro de nuestras iglesias y comunidades de fe hacia la calle: “Quiero agitación en las diócesis, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea clericalismo, de lo que sea comodidad (…) Si no salen, las instituciones se convierten en ONG (organizaciones no gubernamentales) y la Iglesia no puede ser una ONG”.

Tal como Jesús envió a los “setenta y dos” y Pablo a sus discípulos y colaboradores, hoy Francisco nos envía a todos a proclamar la Buena Noticia del Reino, y a continuar construyéndolo con nuestras obras, especialmente nuestro acercamiento a los marginados de la sociedad, para que ellos puedan experimentar el amor de Dios. Anda, ¡atrévete!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LOS SANTOS ARCÁNGELES MIGUEL, RAFAEL Y GABRIEL – SÁBADO 29-09-18

Hoy celebramos la Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. La existencia de esos “seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama ángeles, es una verdad de fe” (Catecismo de la Iglesia Católica 328). Continúa diciendo el CIC que estos seres “en tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales (Cfr. Lc 20,36). Superan en perfección a todas las criaturas visibles” (330). De ahí que en la Carta a los Hebreos, se nos diga: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el Hijo del hombre para que lo tomes en cuenta? Por un momento lo hiciste más bajo que los ángeles;… (Hb 2,6-7)”.

Vemos a los ángeles interviniendo como mensajeros de Dios a lo largo de toda la historia de la salvación. La Biblia y la Tradición nos enumeran a los ángeles en tres jerarquías divididas en tres coros cada una, para un total de nueve coros u órdenes angélicos. En la tercera jerarquía se cuentan los “Principados”, los “Arcángeles” y los “Ángeles”.

San Agustín dice al respecto que “[e]l nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel” (Cfr. CIC 329). Así cada uno de los ángeles tiene un oficio, como aquellos encargados de custodiarnos (los llamados ángeles custodios o ángeles de la guarda, cuya memoria celebramos el 2 de octubre). De hecho, el significado de sus nombres apunta hacia su oficio. Miguel significa “¿quién como Dios?”, Gabriel significa “fuerza de Dios”, y Rafael significa “Dios ha curado” o “medicina de Dios”.

A los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael los encontramos interviniendo directamente en la vida de los hombres (Cfr. Ex 23,20) para llevar a cabo una misión encomendada por el mismo Dios. Sus nombres se mencionan en la Sagrada Escritura. Así por ejemplo, encontramos a San Miguel en el libro de Daniel (10,13; 12,1; Ap 12,7-9); a San Gabriel en Dn 9,21; Lc 1,26 (la Anunciación); y a Rafael en Tb 12,15. Por eso celebramos esta fiesta litúrgica.

La liturgia de hoy nos presenta dos textos alternativos como primera lectura (Dn 7,9-10, o Ap 12,7-12a). El primero nos presenta una visión del profeta sobre la corte celestial con miles de ángeles sirviéndole. El segundo es el conocido texto de la batalla final entre Miguel, al mando de las legiones angélicas, contra el “dragón” que intentaba comerse el hijo de la “mujer”, y cómo éste queda derrotado y es arrojado para siempre del cielo.

Sin pretender entrar en una exégesis de este pasaje tan provocador, baste señalar que podemos ver cómo Dios se vale de sus seres angélicos para proteger a los que le creen. Por tanto, siendo seres que están cerca de Dios, no debemos vacilar en pedir su intercesión.

La lectura evangélica (Jn 1,47-51), por su parte, nos narra la vocación de Bartolomé, a quien Juan llama Natanael, que la liturgia coloca dentro de esta fiesta por la sentencia pronunciada por Jesús al final del pasaje, que confirma la existencia de los ángeles: “En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN MATEO, APÓSTOL – 21 DE SEPTIEMBRE DE 2018

Hoy celebramos la Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista. Para esta celebración la liturgia nos presenta como primera lectura un fragmento de la carta de san Pablo a los Efesios (4,1-7.11-13). El Evangelio, por su parte, nos remite al pasaje que nos narra la vocación de Mateo (Mt 9,9-13). Resulta curioso que Mateo, en su relato, se llama a sí mismo “Mateo” (que quiere decir don de Dios), mientras que Marcos y Lucas le llaman Leví, que con toda certeza era su verdadero nombre hebreo.

La primera lectura está enmarcada en el discurso sobre la diversidad de carismas que Pablo dirige a los cristianos de Éfeso, muy parecido al que leemos en el capítulo 12 de la Carta a los Corintios: “cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido. Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros”.

De ahí pasamos a la lectura evangélica, que nos presenta uno de los pasajes más sencillos, y a la vez impactantes, del Nuevo Testamento: “Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió”.

Cada vez que leo ese versículo, no puedo evitar imaginarme la escena. Mateo, colector de impuestos (“publicano”) al servicio del rey Herodes Antipas, sentado frente a su mesa de recaudación, un día cualquiera, probablemente cuadrando su contabilidad. De momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a su mesa. Pensando que era alguien que venía a pagar su impuesto, levanta los ojos. Y se encuentra con la mirada más intensa que jamás haya visto; una de esas miradas que penetran hasta lo más profundo de nuestro ser.

No sabe qué decir… tal vez intenta balbucear algo, pero no puede emitir sonido alguno. De momento esa mirada se desborda en una sola palabra: “Sígueme”. Ante esa palabra, pronunciada por el mismo Dios, Mateo no puede resistirse. Todo ha pasado a un segundo plano. Ya nada importa más que seguir ese imperativo que él no comprende, pero que todo su ser le dice que en ese seguimiento le va la vida misma. Deja atrás la mesa con todos sus libros de contabilidad y el dinero de los recaudos, todo lo que lo ataba. Ya nada importa que no sea una respuesta radical a ese “Sígueme” que había cambiado su vida para siempre. Mateo acababa de tener un encuentro personal con Jesús.

Jesús no necesita de largos discursos promocionales ni portentos. El que tiene un encuentro personal con Él, no tiene otra alternativa que seguirle. El “sígueme” es meramente la verbalización, la confirmación de lo que la persona ya intuye. Jesús nos llama constantemente a seguirle. Y esa llamada puede tomar miles de formas. Pero la palabra es la misma siempre: “Sígueme”. Cada llamada, cada “vocación” implica una misión. Y esa misión está relacionada con los carismas que se nos han dado.

Hoy, pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de escuchar ese “sígueme”, imposible de resistir, que nos conducirá a la vida eterna.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ 14-09-18

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La tradición nos dice que alrededor del año 320, la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Cruz en que fue crucificado Jesús (la “Vera Cruz”). A raíz del hallazgo, ella y su hijo, el Emperador Constantino, hicieron construir en el sitio la Basílica del Santo Sepulcro, en donde se guardó la reliquia. Luego de ser robada por el rey de Persia en el año 614, fue recuperada por el Emperador Heraclio en el año 628, quien la trajo de vuelta a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. De ahí que la Fiesta se celebre en este día.

Muchos nos preguntan: ¿por qué exaltar la cruz, símbolo de tortura y muerte, cuando el cristianismo es un mensaje de amor? He ahí la “locura”, el “escándalo” de la cruz de que nos habla san Pablo (1 Cor 1,18). La contestación es sencilla, veneramos la Cruz de Cristo porque en ella Él quiso morir por nosotros, porque abrazándose a ella y muriendo en ella, en el acto de amor más sublime en la historia, derrotó la muerte, liberándonos de ésta y del pecado. Así la Cruz se convirtió en el símbolo universal del amor y de vida.

Por eso el verdadero discípulo de Cristo no teme a la “cruz”. El mismo Jesús nos exhorta a tomar nuestra cruz de cada día y seguirle (Lc 9,23). A lo que Pablo añade: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Cuando añadimos el ingrediente del amor, el sufrimiento (la “cruz”) toma un significado diferente, se enaltece, y se convierte en fuente de alegría. Es la paradoja de la Cruz.

La primera lectura de hoy nos presenta una prefiguración de la Cruz (Núm 21,4b-9) en el episodio de las serpientes venenosas que mordían mortalmente a los israelitas en el desierto como castigo por haber murmurado contra Dios y contra Moisés. Entonces el pueblo, arrepentido, pidió a Moisés que intercediera por ellos ante Dios. Siguiendo las instrucciones de Yahvé, Moisés hizo una serpiente de bronce que colocó sobre un estandarte (en forma de cruz), y todo el que era mordido quedaba sano al mirarla. En el relato evangélico (Jn 3,13-17), el mismo Jesús alude a esa serpiente: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Hoy, cuando tenemos nuestro corazón envenenado, nos tornamos a mirar la Cruz, y al igual que los israelitas en el desierto, somos sanados; así la Cruz se convierte para nosotros en fuente de amor, de misericordia, de perdón. Si nos acercamos la cruz con la mirada en el Crucificado, encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella” (San Agustín).

Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los brazos abiertos…

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 08-09-18

Hoy celebramos el cumpleaños de nuestra Mamá, María la Madre de Dios y madre nuestra. Y como todo cumpleaños, es motivo de alegría y de fiesta. La fiesta coincide con el cumplimiento del  término de nueve meses desde la fiesta de la Inmaculada Concepción que celebramos el 8 de diciembre.

Esta es una de solo tres fiestas litúrgicas que conmemoran el nacimiento de alguien (las otras dos son el nacimiento de Jesús, y el de San Juan Bautista). Y con razón, pues con el nacimiento de María ya entra en la historia la que estaba predestinada a ser la madre del Mesías anhelado, de ese que iba a liberarnos del pecado y de la muerte. María, la nueva Arca de la Alianza, la “primera custodia” que llevó dentro de sí por nueve meses nada más ni nada menos que al mismo Dios encarnado; ese que hizo saltar de alegría al precursor en el vientre de su madre cuando María fue a visitarle.

Con el nacimiento de María comienza la culminación de la divina revelación en la persona de Cristo Jesús. Es el umbral de la “plenitud de los tiempos”. No debemos olvidar que María concebiría sin ayuda de varón. Por tanto, la sangre de Jesús, derramada en la Cruz, fue la misma sangre de María; la composición genética humana de Jesús, que le dio carne al Verbo, fue la misma de María. Por eso se dice que el nacimiento de María constituye una especie de “prólogo” de la Encarnación. Es en este punto que comienza propiamente el Nuevo Testamento.

María es la “llena de gracia”, aquella virgen que habían anunciado los profetas, según nos refiere Mateo en la conclusión de lectura evangélica de hoy (Mt 1,1-16.18-23): “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’.” Por eso celebramos con alegría su cumpleaños.

“…La liturgia no acostumbra celebrar el nacimiento terreno de los santos (la única excepción la constituye San Juan Bautista). Celebra, en cambio, el día de la muerte, al que llama dies natalis, día del nacimiento para el Cielo. Por el contrario, cuando se trata de la Virgen Santísima Madre del Salvador, de aquella que más se asemeja a Él, aparece claramente el paralelismo perfecto existente entre Cristo y Su Madre. Y así como de Cristo celebra la Concepción el 25 de marzo y el Nacimiento el 25 de diciembre, así de la Virgen celebra la Concepción el 8 de diciembre y su Nacimiento el 8 de septiembre, y como celebra la Resurrección y la Ascensión de Jesús, también celebra la Asunción y la realeza de la Virgen. San Andrés de Creta, refiriéndose al día del Nacimiento de la Virgen, exclama: ‘Hoy, en efecto, ha sido construido el Santuario del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en Sí al Supremo Hacedor’.” (De la Homilía del Cardenal J. Ratzinger La fiesta de la plenitud y el alivio publicada en el libro El Rostro de Dios, de Editorial Sígueme).

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, MAMÁ!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL 24-08-18

Hoy celebramos la Fiesta de san Bartolomé, apóstol. A Bartolomé se le menciona, y aparece en las llamadas “listas apostólicas” de los sinópticos y Hechos de los apóstoles, como uno de los doce apóstoles (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13). No así en el evangelio según san Juan. En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Jn 1,45-51) para la Fiesta de san Bartolomé, se habla de un tal Natanael, a quien la tradición le identifica con éste, en parte, por el hecho de que su nombre aparece inmediatamente después de Felipe en tres de esas “listas apostólicas”.

En este pasaje, lleno de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento, típicas de los escritos de san Juan, que por la brevedad de estas líneas no podemos elaborar, nos narra la vocación de Natanael (Bartolomé), inmediatamente después de la de Felipe, a quien Jesús utiliza como instrumento para “reclutarlo”. Como hemos señalado en ocasiones anteriores la palabra vocación viene del verbo latino vocare que quiere decir llamar.

Al igual que hizo con Felipe y Natanael en el relato de hoy, y con los demás apóstoles, Jesús nos llama a todos a seguirle. A unos nos llama directamente, como lo hizo con Felipe (“sígueme”), a otros nos llama por medio de aquellos que ya le siguen, como en el caso de Bartolomé, a quien Felipe le dijo: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.” Y ante el escepticismo de Bartolomé (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”), Felipe insistió: “Ven y verás”. Bartolomé le siguió, vio, y creyó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Felipe había tenido un encuentro personal con Jesús, y como todo el que pasa por esa experiencia, sintió una urgencia inexplicable en comunicar a otros “eso” que había encontrado; como aquellos a quienes Jesús curaba y les pedía que no dijeran a nadie lo ocurrido, que no bien había Jesús terminado de decirlo, cuando ellos salían corriendo a contarle a todos ese encuentro maravilloso que había cambiado sus vidas para siempre. Es lo que Jesús más adelante verbalizaría en su mandato: “Vayan y hagan discípulos” (Mt 28,19).

Bartolomé no solo aceptó la invitación sino que se convirtió en discípulo. Más tarde, Jesús lo escogería como uno de los doce apóstoles sobre los que Jesús instituyó su Iglesia, cuyos nombres están inscritos en los doce basamentos de la Nueva Jerusalén que Juan describe en la visión que nos narra en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Apocalipsis (21,9b-14). Como tal, saldría a predicar, a “hacer discípulos”.

Aunque es uno de los apóstoles de quien menos se sabe, la tradición lo coloca evangelizando en Armenia y en la India, siendo objeto de especial veneración en este último país.

Jesús nos ha llamado a todos de diversas maneras. Y si vamos a ser verdaderos seguidores de Jesús acataremos su mandato: “Vayan y hagan discípulos”. ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN LORENZO, DIÁCONO Y MÁRTIR (10-08-18)

Hoy la Iglesia universal (¿sabías que la palabra “católica” quiere decir “universal”?) celebra la Fiesta de san Lorenzo, mártir. Lorenzo fue uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, en donde fue martirizado el 10 de agosto de 258. El papa Sixto lo había ordenado diácono y nombrado administrador de los archivos y los bienes de la Iglesia, y el cuidado de los pobres. Se le venera como santo patrón de los bibliotecarios.

Lorenzo es uno de esos santos cuya vida está rodeada de anécdotas y leyendas, entre las que podemos resaltar que se dice que entre los tesoros de la Iglesia cuya custodia se le habían confiado a Lorenzo estaba el “Santo Grial”, es decir, la copa utilizada por Jesús en la institución de la Eucaristía durante la última cena. A partir de ahí se han urdido toda clase de leyendas e intrigas, sobre todo para aquellos que gustan de ese tipo de historias

Otra anécdota cuenta que cuando el papa Sixto fue asesinado, el alcalde pagano de Roma le pidió a Lorenzo que le entregara todas las riquezas de la Iglesia, a lo que éste le pidió tiempo para recolectarlas. Entonces fue y recogió a todos los pobres, huérfanos, viudas, enfermos, tullidos, ciegos y leprosos que él atendía y se los presentó al alcalde diciéndole: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. El alcalde, furioso por la actuación de Lorenzo lo condenó a muerte diciéndole: “Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida”.

Precisamente con su martirio tiene que ver la tercera anécdota. La “muerte lenta” que le prometió el alcalde fue morir asado en una parrilla. Cuenta la leyenda que, en medio del martirio, dijo a su verdugo: “Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho”.

En ocasiones hemos hablado de la “letra chica” del seguimiento de Jesús y cómo Jesús tiene una cruz distinta para cada uno de nosotros, según sus misteriosos designios. Lorenzo leyó esa letra chica y aceptó seguir a Jesús y dar testimonio de su Palabra sin importar las consecuencias. Con su muerte dio testimonio de la resurrección de Jesús (la palabra “mártir” quiere decir “testigo”) y logró que la Palabra de Dios diera fruto en abundancia.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta Fiesta (Jn 12,24-26) le da sentido al martirio de Lorenzo: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Jesús nos invita a seguirle y nos advierte lo que nos espera. Lorenzo lo siguió hasta la muerte. Y a nosotros se nos hace tan difícil seguirlo en el sufrimiento, aún en las cosas más pequeñas, insignificantes, que a veces sacamos de proporción y nos parecen tan “dolorosas”. ¡Atrévete! No te vas a arrepentir. ¿Sabes cuál es el secreto? Una sola palabra: Amor.