“Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios”.
La liturgia de hoy continúa presentándonos el Evangelio según san Lucas (11,15-26), específicamente el pasaje en que, ante el magnífico poder demostrado por Jesús para expulsar demonios, algunos “de entre la multitud”, le acusaban de echar demonios por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, o sea Satanás. Debemos recordar que la mentalidad bíblica concibe el universo, y la vida de la humanidad como una batalla entre el bien y el mal, entre los espíritus que “amarran” al hombre a lo natural, y el Espíritu de Dios que lo “libera” permitiéndole participar de la libertad divina. Es la batalla entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal que se refleja en la literatura apocalíptica (de la cual, La guerra de las galaxias es un magnífico ejemplo), en la cual al final siempre ha de prevalecer el bien.
Jesús, luego de enfatizar la importancia de la
unidad para poder vencer las fuerzas del mal, anuncia: “si yo echo los demonios
con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Con esta aseveración Jesús quiere señalar que un nuevo Reino acaba de
instaurarse sobre la tierra, el Reino de Dios, el único capaz de destruir el
reino de Satanás, “el gran acusador”, como se nos presenta en esa gran batalla final
que nos narra el capítulo 12 del libro del Apocalipsis. La traducción de la
frase “el reino de Dios ha llegado a vosotros” que encontramos en la lectura de
hoy, suena más contundente en el original griego: “el reino de Dios os ha
llegado por sorpresa… de súbito”. Tan de sorpresa que ni el mismo Satanás ha
tenido tiempo de esquivar el “golpe” que se le vino encima.
Es el poder del “dedo de Dios”, que en
términos bíblicos representa la potencia divina, ya que Dios, con tan solo
mover la punta del dedo realiza los actos más portentosos (Cfr. Ex 8,15).
No hay duda. Jesús tiene el poder del “dedo de Dios”, el único capaz de
derrotar a Satanás.
En esta versión de Lucas encontramos además
una alusión al “hombre más fuerte” (algunas versiones dicen “más poderoso”) que
puede vencer a su adversario, en una clara alusión al nombre que Juan el
Bautista había dado al Mesías (Lc 3,16). Otra señal de la divinidad de Jesús.
Y como para cerrar con broche de oro, Jesús
enfatiza una vez más a sus discípulos la radicalidad del seguimiento, la
intransigencia que se espera de ellos (y de nosotros) al momento de elegir entre
los dos reinos: “El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge
conmigo desparrama”. Si en algo Jesús es claro es en esto; no hay tal cosa como
términos medios. O eres frío o eres caliente; porque Él no te quiere tibio (Cfr.
Ap 3,15-16).
Hoy, pidamos al Señor, por la intercesión de
Nuestra Señora María, la Virgen del Rosario, que nos conceda el don de
discernimiento para decir “SÍ”, y escoger y mostrar siempre preferencia por el
reino de Dios.
Pidamos también al “más fuerte” que venga en
nuestro auxilio y el de nuestro pueblo, para que con el poder del “dedo de
Dios”, eche todos los demonios que nos mantienen esclavizados.
“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis,
llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que
llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le
dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un
huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar
cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Este es el párrafo final del Evangelio
que nos propone la liturgia para hoy (Lc 11,5-13). Y debemos leerlo dentro del
contexto del Padrenuestro que Jesús acaba de enseñar a sus discípulos.
En el Padrenuestro Jesús nos ha enseñando a tratar a Dios como Abba, con la misma confianza y familiaridad con que un niño trata a su padre. ¿Cuántas veces vemos a los niños pedirle algo a su padre, y si no lo consiguen de inmediato, seguir insistiendo hasta ponerse impertinentes, hasta que el padre, con tal de “quitárselos de encima”, siempre que se trate de algo que no les malcríe o les dañe, los complacen?
La parábola nos presenta a un amigo que le
pide tres panes al otro en medio de la noche (acaba de decirnos que tenemos que
pedir al Padre “el pan nuestro de cada día”). Ante la negativa inicial del
segundo, el primero sigue insistiendo, hasta que el amigo “si no se levanta y
se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le
dará cuanto necesite”. Jesús nos está enseñando que, siendo hijos del Padre, podemos
y debemos ser insistentes en nuestra oración. Que debemos reiterar nuestras
peticiones, como el amigo impertinente de la parábola, o como la viuda que
comparece ante el juez inicuo de la que nos hablará Jesús más adelante (Lc
18,4-5).
Con la oración final de este pasaje Jesús reitera nuestra filiación divina, y nos recuerda que la mejor respuesta que Dios puede brindarnos a nuestras oraciones es, ¡nada más ni nada menos que el Espíritu Santo! “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Ese Espíritu Santo que derrama sus siete dones sobre nosotros y nos da la fortaleza para superar las pruebas y aceptar la voluntad del Padre. “Quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”.
En la primera lectura (Ga 3,1-5), Pablo nos recuerda el ingrediente principal de la oración, y el requisito para recibir el Espíritu: “Contestadme a una sola pregunta: ¿recibisteis el Espíritu por observar la ley o por haber respondido a la fe? ¿Tan estúpidos sois? ¡Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne! ¡Tantas magníficas experiencias en vano! Si es que han sido en vano. Vamos a ver: Cuando Dios os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿por qué lo hace? ¿Porque observáis la ley o porque respondéis a la fe?”
“María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.
El Evangelio de hoy nos narra el pasaje del
alto que Jesús hace en esa última “subida” a Jerusalén, para visitar a las
hermanas Marta y María (Lc 10,38-42). La Escritura nos dice que “Jesús quería
mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11,5). Estos hermanos vivían en
Betania, una aldea distante como a cuatro kilómetros de Jerusalén, y Jesús
pernoctaba a menudo en su casa.
Nos dice la Escritura que mientras Marta
parecía una hormiguita tratando de tener todo dispuesto para servir al huésped
distinguido que tenían, María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su
palabra”. Marta, quien aparenta tener mucha confianza con Jesús, le pide que
regañe a María, y le diga que la ayude con los preparativos. Esta petición de
Marta suscita la famosa frase de Jesús que constituye el meollo de esta
perícopa: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una
es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.
El mensaje de Jesús es claro: Solo una cosa es
necesaria; escuchar y acoger la palabra de salvación que Él ha venido a traer.
Lo que Marta está haciendo no está mal; ella quiere servir al Señor, pero lo
verdaderamente importante no es el mensajero; es el mensaje de salvación que
trae su Palabra. En su afán de servir, Marta se desenfoca y olvida que Jesús no
vino a ser servido sino a servir (Mt 20,28). Jesús no quiere que le sirvan;
quiere que acojan el mensaje de salvación que Él ha venido a traer. Por eso María
ha escogido lo que debe, lo que Jesús considera verdaderamente necesario, se ha
concentrado en la escucha de la Palabra, actitud que Él mismo nos ha señalado es
más importante que cualquier relación, incluyendo la de parentesco (Cfr. Lc 6,46-49; 8,15.21).
Con su actitud, María se convierte en el
modelo del verdadero discípulo de Jesús y de toda la comunidad creyente. En los
cursos de formación cristiana que impartimos, al discutir el tema del
“discipulado”, utilizamos este pasaje para ilustrar dos de las seis
características del discípulo de Jesús: “se sienta a los pies del Maestro” y
“escucha al Maestro”. El verdadero discípulo tiene que escuchar la palabra,
acogerla, y vivirla, como María, madre de Jesús y su primera discípula, quien “conservaba
estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19.51).
Eso no quiere decir que debemos abandonar el
servicio al Señor, lo que significa es que en el afán de servir no podemos
apartarnos de la escucha de la Palabra, que es la que guía y da sentido y
significado a nuestro servicio. De ese modo nuestro servicio se convierte en
una respuesta a la Palabra.
En una ocasión leí un comentario sobre este
pasaje en el que el autor, cuyo nombre no recuerdo, decía que probablemente
Jesús, después de contestarle a Marta, se dirigió a María y le dijo: “Anda,
ahora ve a ayudar a tu hermana”.
Hoy, pidamos al Señor que abra nuestros oídos,
y más aún, nuestros corazones, para escuchar, acoger, y poner en práctica su
Palabra salvífica.
“Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me dieron de beber…”
Hasta ahora la liturgia nos ha estado
ofreciendo como primera lectura para el tiempo ordinario, pasajes del Antiguo
Testamento. A partir de esta 27ma semana, y hasta el final del tiempo ordinario
(semana 34), estaremos contemplando lecturas del Nuevo Testamento, comenzando
con las cartas de Pablo.
Y como para “despertarnos”, Pablo (Gál 1,6-12) arremete con ira santa contra aquellos falsos pastores que pretenden predicarnos un evangelio distinto al de Jesucristo, adaptando su mensaje a lo que su feligresía quiere escuchar.
Y es que como hemos dicho en innumerables
ocasiones, el mensaje de Cristo tiene unas exigencias que muchos prefieren
ignorar, concentrándose en las partes “bonitas”, como si la Cruz no fuera parte
integrante de ese mensaje de salvación. “El que quiera seguirme…”
El Evangelio (Lc 10,25-37), por su parte, nos
presenta la conocida parábola del buen samaritano. Sobre esta parábola se han
escrito “ríos de tinta” (ahora diríamos gigabytes y gigabytes de
data). Además de la historia, edificante por demás, que nos presenta la misma,
algunos exégetas ven en la compasión del samaritano una imagen de la
misericordia de Dios, y en el regreso del samaritano al final de la parábola
una especie de prefiguración del retorno de Cristo al final de los tiempos.
Otros ven “claramente” en la parábola un reflejo de la historia de la salvación,
al igual que en las “parábolas del Reino”.
Hoy nos limitaremos a señalar que el relato
está precedido de una discusión sobre el mandamiento más importante: “Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas
y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31); mandamiento que
recoge el Shemá que recitan los judíos (Dt 6,4) y hasta escriben en un
pergamino que colocan en la jamba derecha de las puertas de sus hogares en un
receptáculo llamado mezuzah, y el mandato sobre el prójimo contenido en
Lev 19,18. Jesús llevará este último mandamiento un paso más allá, al pedirnos
que amemos a nuestro prójimo, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha
amado (Jn 13,34).
Lo cierto es que este relato nos enfrenta al
pecado más común que cometemos a diario y pasamos por alto, lo ignoramos. Me
refiero al pecado de omisión. Cuando
rezamos el “Yo pecador”, decimos que “…he pecado mucho de pensamiento, palabra,
obra y omisión”. Cuando pensamos en nuestros pecados, al hacer un examen de
conciencia, pensamos en las actuaciones en que hemos incurrido que resultan
ofensivas a Dios. Robar, matar, fornicar, mentir, etc., etc. ¿Pero qué de las
veces que habiendo podido ayudar al prójimo que lo necesitaba nos hacemos de la
vista larga? “Estoy muy ocupado… Voy tarde, y si me detengo… “Voy a ensuciarme
la ropa…”
“En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados
en el amor”, nos dice San Juan de la Cruz. Y eso no se lo inventó él; ¿acaso el
mismo Jesús no nos dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y
me dieron de beber…? (Mt 25,35). En el mismo pasaje del “juicio final” Jesús
encarna el pecado de omisión: “Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve
sed y no me dieron de beber…” En otras palabras, no basta con abstenerse de
cometer “actos” pecaminosos; peca tanto el que roba el pan ajeno, como el que
pudiendo dar de comer al hambriento no lo hace. Es decir, para pecar no es
necesario hacer el mal, basta con no hacer el bien, teniendo la capacidad y los
medios para hacerlo. A veces se trata tan solo de prestar nuestros oídos a un
hermano que necesita desahogarse, y “no tenemos tiempo…”
Y se nos olvida que en nuestro prójimo, en
cada uno de nuestros hermanos, está la persona de Cristo; pero somos tan ciegos
que no lo vemos. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más
pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).
¡Cuántas veces actuamos como el sacerdote o el
levita de la parábola!
Pero los labradores se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.
La liturgia nos ofrece para hoy la versión de
Mateo de “parábola de los viñadores homicidas” (Mt 21,33-46). En esta parte del Evangelio
estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte
está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando. Por eso la
lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos
sacerdotes y los ancianos.
Jesús aprovecha el conocimiento de las
Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento
para desarrollar su parábola. “Había un propietario que plantó una viña”… En el
lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los
cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del
guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se
esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña
está tomada de Is 5,1-7, que se nos ofrece hoy como primera lectura. También la
encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.
El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a
unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo
el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto
de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que
seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que
examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la
historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados
del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.
Pero Dios, que es todo amor, no responde a la
violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su hijo,
pensando: “Tendrán respeto a mi hijo”. Aquí Jesús alude a las palabras del
Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay
duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los
labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos
con su herencia’. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”.
Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de
generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del
pueblo elegido de Dios.
“Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará
con aquellos labradores?” La respuesta obvia la dan ellos mismos. “Hará morir
de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le
entreguen los frutos a sus tiempos”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra
que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron
al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción
como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los
pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros
labradores”.
“Reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti”.
La liturgia de hoy nos presenta la conclusión
del libro de Job (42,1-3.5-6.12-16). En la primera lectura de ayer (38,1.12-21;
40,3-5) veíamos cómo Dios le planteaba a Job, y este reconocía, la grandeza y
soberanía de Dios y lo insondable de sus misterios, y terminaba reconociendo su
pequeñez. La semilla de la fe.
Hoy vemos la respuesta de Job: “Reconozco que
lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti, yo, el que te empaño tus
designios con palabras sin sentido; hablé de grandezas que no entendía, de
maravillas que superan mi comprensión. Te conocía sólo de oídas, ahora te han
visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echándome polvo y
ceniza”. Job reconoce que tenía una idea errónea de Dios. Así, desde el
sufrimiento, aprende a conocerle; se consolida su fe.
En este pasaje encontramos también el diálogo
entre Dios y el hombre que constituye la verdadera oración; ese diálogo entre
Dios y el hombre motivado por la fe, y que a la vez sirve para fortalecer,
acrecentar esa fe. Dios nos habla; nosotros le escuchamos y le respondemos.
Como nos dice Nöel Quesson, “una de las mejores definiciones de la
‘oración’: dialogar con Dios. Escuchar a Dios, hablar a Dios”. Es mediante la
oración que conocemos mejor a Dios; y mientras más le conocemos, más le amamos;
y mientras más le amamos, más queremos conocerle.
Y a pesar de que este libro de Job, junto a
los otros libros sapienciales, ya comienzan a apuntarnos al concepto de la
retribución, el “premio” en la vida eterna (contrario al concepto judío de que
el hombre “justo” recibía su “recompensa” en este mundo – algo similar a esas
sectas de hoy en día que predican la “prosperidad”), en Job encontramos que al
final, por haber perseverado en su fe a pesar de todas las calamidades que tuvo
que soportar, Dios le premia con una prosperidad superior a la anterior. Y el
autor, en un final más apetecible para el lector de la época, nos dice que Job
vivió una larga vida rodeado de sus hijos e hijas, nietos y biznietos. “Y Job
murió anciano y satisfecho”.
Con la llegada del Cristo y su misterio
pascual (su pasión, muerte, resurrección y glorificación), que nos abrió el
camino a la vida eterna, vemos en este “final feliz” de Job un tímido anticipo
de la verdadera felicidad que nos espera en la “Nueva Jerusalén”, cuando
estemos contemplando el rostro de Dios por toda la eternidad (Cfr. Ap 21,3-5).
Hoy, pidamos al Señor que, aunque a veces por
nuestra debilidad humana le reclamemos, y hasta le recriminemos en nuestros
momentos de prueba, nos brinde la fortaleza y la perseverancia en la fe que
mostró Job. Así nuestras tribulaciones se convertirán en experiencias de
purificación que, lejos de alejarnos, nos acercarán más a Él, asemejándonos a
su Hijo.
Que pasen todos un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que sólo Dios puede brindarnos. No olviden visitar su Casa, aunque sea de forma virtual; Él les espera.
Hace unos días, el 29 de septiembre,
celebramos la Fiesta litúrgica de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Hoy,
2 de octubre, la Iglesia nos invita a celebrar la memoria obligatoria de los
Santos Ángeles Custodios.
De niño mi madre, quien ya disfruta de la
presencia del Señor, me enseñó a rezarle a mi “ángel de la guarda”, como estoy
seguro que a muchos de ustedes sus madres o abuelitas les enseñaron. Para ello
nos enseñaban una corta oración, de la cual existen muchas variantes, pero que
todas comienzan igual: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni
de noche ni de día”.
Con el correr de los años muchos de nosotros,
al sentirnos “creciditos” abandonamos esa hermosa devoción de infancia. Otros,
por el contrario, la continúan, y hasta le ponen nombre a su ángel de la guarda.
De ese modo pueden dirigirse a ellos al momento de pedir su ayuda o
intercesión, con relación a asuntos que van desde “problemas de vida”, hasta
para que les ayude a encontrar un estacionamiento.
Lo cierto es que esto de rezarle a nuestro
ángel de la guarda no es cosa de niños. Así, por ejemplo, encontramos el
testimonio de san Juan XIII, el “Papa bueno”, quien en una ocasión comentó: “Siempre
que tengo que afrontar una entrevista difícil, le digo a mi ángel de la guarda:
‘Ve tú primero, ponte de acuerdo con el ángel de la guarda de mi interlocutor y
prepara el terreno’. Es un medio extraordinario, aún en aquellos encuentros más
temidos o inciertos…” Por otro lado, san Jerónimo, cuya memoria celebramos
hace dos días, nos asegura que Dios ha asignado a cada uno de nosotros un ángel
para protegernos: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas,
desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”.
La aseveración de san Juan XXIII nos apunta a
otra característica de estos seres angélicos. Para que puedan ayudarnos,
tenemos que hablarles, comunicarles nuestras necesidades, pues el único que ve
dentro de nuestros corazones es Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que
“la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura
llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe” (CIC 328). O sea, que tiene
carácter de dogma. A tales efectos se
pronunciaron los concilios de Letrán (1215) y Vaticano I (1870). Esa “verdad de
fe” quedó plasmada en la liturgia cuando, en la reforma litúrgica de 1969, el
Magisterio de la Iglesia incluyó en el calendario la fiesta de los arcángeles
San Miguel, San Rafael y San Gabriel y la memoria obligatoria de los ángeles
custodios que observamos hoy. No hay duda, si examinamos las Sagradas
Escrituras encontramos a los ángeles actuando a lo largo de toda la historia de
la salvación que allí se nos narra. Las lecturas que nos propone la liturgia para
hoy son vivo ejemplo de ángeles destinados por Dios para nuestra custodia
individual.
En la primera lectura (Ex 23,20-23a) Yahvé
dice a Moisés: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el
camino y te lleve al lugar que he preparado”. La lectura evangélica (Mt
18,1-5.10) nos presenta a Jesús afirmando, no solo la existencia de los ángeles
custodios, sino también su cercanía Dios (de ahí su capacidad para interceder
por nosotros), cuando al referirse a los niños dice: “Cuidado con despreciar a
uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en
el cielo el rostro de mi Padre celestial”.
“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,1-12)
nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalara que Lucas
es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos
narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
) nos presenta el envío misionero de los “setenta y dos”. Cabe señalar que Lucas es el único que nos narra este envío, además del de los “doce”, que también nos narra Mateo (9,37; 10,15).
“La mies es abundante y los obreros pocos;
rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Con esa
aseveración, Jesús envía a ese primer “ejército” de misioneros. Ya no se trata
solo de los apóstoles, sino de un nutrido grupo de discípulos, es decir, de
seguidores de Jesús, de los que le escuchan, de los que han “dejado todo” para
seguirle.
Probablemente Lucas incluye este relato para
enfatizar la “catolicidad” (católico quiere decir “universal”), el alcance de
la misión, que por su extensión es imposible de realizar solo por los “doce”. Para
alcanzar esa meta se necesitan más “obreros”, y para lograr ese propósito Jesús
instruye a sus discípulos utilizar el arma más poderosa que Él conoce, la
oración: “…rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Y no
es por casualidad que este relato evangélico se escoja para un jueves, día en
que se acostumbra celebrar la hora santa por las vocaciones. Es un llamado a
todos nosotros a orar por las vocaciones.
No obstante, la Iglesia, especialmente después
del Concilio Vaticano II, ha sido clara en enfatizar que la tarea de
evangelización no puede ser de la exclusividad del clero y las personas
consagradas a la vida religiosa. Nosotros, los laicos, estamos llamados a evangelizar,
a llevar la Buena Noticia del Reino a todos, en todo momento, en todo lugar; de
palabra, pero sobre todo con nuestras obras. “La mies es abundante y los
obreros pocos”. Esa frase de Jesús es tan pertinente hoy como cuando Él la
pronunció; y tal vez más que entonces.
El papa Francisco nos ha exhortado a salir a
la calle, a hacer ruido, a “armar lío”: “Quiero lío, quiero que la Iglesia
salga a la calle”. Y ese llamado no es solo para los jóvenes ante quienes
pronunció esas palabras; va dirigido a todos nosotros, sacerdotes, religiosos,
laicos. Solo así haremos realidad el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).
En los pasados días hemos estado leyendo cómo
Jesús nos “llama” a todos nosotros, sus discípulos, no sin advertirnos de las
implicaciones que conlleva el seguimiento. No hay duda, “el dueño de la mies”
necesita obreros; ha colocado un letrero en su campo, en el que se enumeran los
requisitos, las exigencias del mismo. Es un llamado a examinarnos y
preguntarnos: “Ese trabajo, ¿es para mí?; ¿estoy dispuesto a cumplir con esas
exigencias?” Y, ¿cómo puedo saber si ese trabajo es para mí? No hay duda que la
vocación (incluyendo la vocación del laico) es un don, una gracia, un regalo,
un “llamado” de Dios (Cfr. 1 Co 15,10). Si sientes el llamado, consulta con el
Padre en oración, como el mismo Jesús lo hizo siempre. Seguro encontrarás la
respuesta. Pero, no importa cuál sea esa respuesta, te invito a no dejar de
orar para que dueño siga enviando obreros a la mies.
¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?
Como primera lectura para hoy la liturgia continúa con el libro de Job (9,1-12.14-16) y la conversación que tiene con los tres amigos que vienen a consolarlo pero que, lejos de hacerlo, lo que logran es hacer más difícil su aceptación de lo que le está sucediendo. Job se mantiene firme en que es imposible escudriñar los misterios de Dios, y cómo Él, en su infinita sabiduría dispone todo sin que podamos encontrar la respuesta a la famosa pregunta: ¿por qué?
La segunda lectura (Lc 9,57-62) nos presenta a
Jesús, que continúa esa última “subida” a Jerusalén para enfrentar su hora
suprema. Con tres frases lapidarias, dirigidas a tres de los discípulos que le
acompañaban, Jesús expone las “condiciones” del seguimiento.
Vemos de entrada que el primero no es
“llamado” por Jesús, sino que se ofrece voluntariamente. Jesús se limita a
enumerar las dificultades, las privaciones, los sacrificios que el verdadero
discípulo de Él ha de enfrentar. Es obvio que ese “voluntario” no está
consciente que Jesús va camino a enfrentar su muerte, y que el discípulo tiene
que estar dispuesto a compartir la misma suerte que su maestro.
El segundo sí es llamado, con la palabra única
que Jesús suele utilizar: “Sígueme”. Este también pretende imponer sus propias
condiciones al Maestro: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, a lo que
Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a
anunciar el reino de Dios”. Con esta exageración, rayando en la locura, Jesús
pretende sacudir al discípulo con el propósito de transmitir el mensaje de que
NADA es más importante que el seguimiento y la misión. Más adelante lo dirá con
toda claridad: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su
madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia
vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Palabras fuertes, pero Jesús exige
ese seguimiento radical, incondicional. Por eso muchos son los llamados pero
pocos los escogidos (Mt 14,22).
Con el tercer discípulo Jesús acentúa otra
característica que Él espera en el verdadero discípulo. El discípulo le pide
tiempo para ir a despedirse de su familia. De nuevo el apego a las relaciones
familiares que nos proporcionan “seguridad”. Nuevamente una respuesta tajante
de parte de Jesús: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale
para el reino de Dios”. Está claro que Jesús no quiere seguidores a medias. Una
vez se comienza el seguimiento, ya no hay marcha atrás; aquí es que se prueban
los verdaderos discípulos. Él nos quiere calientes o fríos, no tibios, porque
si nos tornamos tibios Él va a “vomitarnos” de su boca (Ap 3,15).
El mensaje de Jesús es claro. Él nos invita a
seguirle, pero ese seguimiento implica sacrificios, privaciones, humillaciones,
persecuciones, pruebas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a seguir
los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento
implica?
Señor, envía tu santo Espíritu sobre nosotros para
que nos de fortaleza para sobreponer esas tibiezas que nos impiden perseverar
en el seguimiento de tu Hijo.
Hoy celebramos la Fiesta de los Santos
Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. La existencia de esos “seres espirituales,
no corporales, que la Sagrada Escritura llama ángeles, es una vedad de fe”
(Catecismo de la Iglesia Católica 328). Continúa diciendo el CIC que estos
seres “en tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y
voluntad: son criaturas personales e inmortales (Cfr. Lc 20,36). Superan
en perfección a todas las criaturas visibles” (330). De ahí que en la Carta a
los Hebreos, se nos diga: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el
Hijo del hombre para que lo tomes en cuenta? Por un momento lo hiciste más bajo
que los ángeles;… (Hb 2,6-7)”.
Vemos a los ángeles interviniendo como
mensajeros de Dios a lo largo de toda la historia de la salvación. La Biblia y
la Tradición nos enumeran a los ángeles en tres jerarquías divididas en tres
coros cada una, para un total de nueve coros u órdenes angélicos. En la tercera
jerarquía se cuentan los “Principados”, los “Arcángeles” y los “Ángeles”.
San Agustín dice al respecto que “[e]l nombre
de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te
diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”
(Cfr. CIC 329). Así cada uno de los ángeles tiene un oficio, como
aquellos encargados de custodiarnos (los llamados ángeles custodios o ángeles
de la guarda, cuya memoria celebramos el 2 de octubre). De hecho, el
significado de sus nombres apunta hacia su oficio. Miguel significa “¿quién como
Dios?”, Gabriel significa “fuerza de Dios”, y Rafael significa “Dios ha curado”
o “medicina de Dios”.
A los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y
Rafael los encontramos interviniendo directamente en la vida de los hombres (Cfr.
Ex 23,20) para llevar a cabo una misión encomendada por el mismo Dios. Sus
nombres se mencionan en la Sagrada Escritura. Así por ejemplo, encontramos a
San Miguel en el libro de Daniel (10,13; 12,1; Ap 12,7-9); a San Gabriel en Dn
9,21; Lc 1,26 (la Anunciación); y a Rafael en Tb 12,15. Por eso celebramos esta
fiesta litúrgica.
La liturgia de hoy nos presenta dos textos
alternativos como primera lectura (Dn 7,9-10, o Ap 12,7-12a). El primero nos
presenta una visión del profeta sobre la corte celestial con miles de ángeles
sirviéndole. El segundo es el conocido texto de la batalla final entre Miguel,
al mando de las legiones angélicas, contra el “dragón” que intentaba comerse el
hijo de la “mujer”, y cómo éste queda derrotado y es arrojado para siempre del
cielo.
Sin pretender entrar en una exégesis de este
pasaje tan provocador, baste señalar que podemos ver cómo Dios se vale de sus
seres angélicos para proteger a los que le creen. Por tanto, siendo seres que
están cerca de Dios, no debemos vacilar en pedir su intercesión.
La lectura evangélica (Jn 1,47-51), por su
parte, nos narra la vocación de Bartolomé, a quien Juan llama Natanael, que la
liturgia coloca dentro de esta fiesta por la sentencia pronunciada por Jesús al
final del pasaje, que confirma la existencia de los ángeles: “En verdad, en
verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar
sobre el Hijo del hombre”.