REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 24-07-20

“Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador”…

En la primera lectura de hoy (Jr 3,14-17) el profeta Jeremías retoma la figura del pastor y, en el contexto histórico del exilio a Babilonia, anuncia el retorno de los deportados, que acudirán en respuesta al llamado de Yahvé: “Volved, hijos apóstatas –oráculo del Señor–, que yo soy vuestro dueño; cogeré a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y os traeré a Sión; os daré pastores a mi gusto que os apacienten con saber y acierto”…

En ese ambiente de “retorno”, de reunión del pueblo en Sión (haciendo alusión al Monte Sión, en la ciudad de Jerusalén), con el Templo de Salomón en ruinas y el arca de la alianza quemada por los babilonios, Jeremías en cierto modo prefigura la enseñanza de Jesús a los efectos de que la presencia de Dios no depende lugares específicos ni de objetos materiales; Dios habita en el corazón del pueblo y en cada uno de nosotros: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). Por eso el profeta dice que “ya no se nombrará el arca de la alianza del Señor, no se recordará ni mencionará, no se echará de menos ni se hará otra. En aquel tiempo, llamarán a Jerusalén «Trono del Señor»”.

El arca representaba la antigua Alianza, una religión con un culto ritualista, que giraba en torno al Templo, y dentro del Templo, al Arca de la Alianza, donde habitaba Yahvé. Este culto habría de dar paso a otro centrado en el misterio pascual de Jesús, el culto en espíritu y verdad, que tiene como culmen la Eucaristía, la persona de Cristo. Jesucristo pasaría a ser el nuevo “Templo” (Cfr. Jn 2,19-21).

Pero Jeremías va más allá; profetiza la “catolicidad” (universalidad) de la Iglesia: “acudirán a ella todos los paganos, porque Jerusalén llevará el nombre del Señor, y ya no seguirán la maldad de su corazón obstinado”. Ya no se tratará solo del “pueblo elegido”, sino que acudirán a la nueva Jerusalén todos los pueblos. Esto nos evoca la visión de Juan en el Apocalipsis: “Entonces vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano…” (Ap 7,9).

La lectura evangélica de hoy (Mt 13,18-23) es la explicación que Jesús da a sus discípulos de la parábola del sembrador. Es como si Jesús hiciera una “homilía” sobre su Palabra para beneficio de sus discípulos.

Pero nos llama la atención un detalle que Jesús no explica en ese momento, y suscita una pregunta: ¿Por qué el “sembrador” (Dios) “desperdicia” la semilla regándola en toda clase de terreno, y hasta fuera del terreno (a la orilla del camino)? ¿No sería más lógico que sembrara en el terreno bueno, como lo haría un buen sembrador? La contestación es sencilla: Él quiere que todos nos salvemos (Cfr. 1 Tm 2,4; 2 Pe 3,9), por eso hace llover (siembra) su Palabra (semilla) sobre malos y buenos (tierra mala y buena) – (Cfr. Mt 5,45). El ser tierra mala o buena depende de nosotros.

Eso es lo hermoso de Jesús; Él no te juzga, tan solo te brinda su amor incondicional. ¿Lo aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 23-07-20

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 13,10-17) continúa desmenuzando el pasaje más largo que leímos el decimoquinto domingo del tiempo ordinario, hace poco más de una semana, en el cual Jesús propone a los que le escuchan la parábola del sembrador. El pasaje de hoy sirve como paréntesis entre la parábola y la explicación de la misma que Jesús hace a sus discípulos más adelante (13,18-23).

“¿Por qué les hablas en parábolas?”, le preguntan sus discípulos. Jesús les contesta: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”.

Anteriormente hemos dicho que el significado de las parábolas solo puede ser entendido por los que tienen una disposición favorable para con Dios, pues es algo que es concedido por pura gratuidad de parte de Dios a las personas de fe, y negado a los “autosuficientes”. Así, el que tiene fe entenderá cada día más y más de los misterios del Reino, y al que no tiene fe, “se le quitará hasta lo que tiene”.

Dios es un misterio, y la palabra “misterio” viene del griego antiguo μυστήριον (mystērion), que significa algo que no se puede comprender o explicar. Por eso ese misterio es comprendido solo por aquellos a quienes Dios se lo ha revelado y tienen la disposición de recibirlo. No es algo que dependa de la capacidad intelectual de la persona. Por el contrario, se trata de reconocer nuestra pequeñez y abrirnos a Dios con corazón humilde, sensible y dispuesto, pues Él siempre ha mostrado preferencia por los humildes y los débiles al momento de mostrarles las maravillas y los misterios del Reino (Cfr. Mt 11,25).

Jesús nos está diciendo que la verdad contenida en el Evangelio no es de orden intelectual. Es una verdad que solo se percibe cuando abrimos nuestro corazón al Amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo que se derrama sobre nosotros y nos lo enseña todo (Jn 14,26).

Continúa diciendo el Señor a sus discípulos: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”.

De ahí la importancia de invocar el Espíritu Santo para que venga en nuestro auxilio cuando leemos las Sagradas Escrituras, y nos ayude a entender las verdades de fe que Dios nos ha revelado en ellas para nuestra salvación, siempre bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

Cuando lees la Biblia, ¿lo haces como si fuera una novela u otra obra literaria, o como la Palabra de Dios viva?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA MARÍA MAGDALENA, PROTECTORA DE LA ORDEN DE PREDICADORES 22-07-20

Hoy celebramos la fiesta litúrgica de santa María Magdalena, discípula del Señor y “protectora” de la Orden de Predicadores (Dominicos). Pocos personajes de la Biblia han sido tan mal entendidos, y hasta difamados, como María de Magdala, a quien se refieren como una pecadora pública y prostituta.

Siempre que celebramos esta memoria tengo que enfatizar que hay tres personajes en los relatos evangélicos cuyas identidades se confunden, pero que no necesariamente son la misma persona: María Magdalena, María la hermana de Lázaro y Marta (Lc 10,38-42; Jn 11,1; 12,3), y la pecadora anónima que unge los pies de Jesús (Lc 7,36-50).

María Magdalena, con su nombre completo, aparece en algunos de los pasajes más significativos del Evangelio, destacándose entre las mujeres que siguen a Jesús (Mt 27,56; Mc 15,47; Lc 8,2), especialmente en el drama de la Pasión (Mc 15,40), al pie de la cruz junto a María, la Madre de Jesús (Jn 19,25), y en el entierro del Señor (Mc 15,47). Igualmente fue la primera en llegar al sepulcro del Señor en la mañana de la Pascua (Jn 20,15) y la primera a quien Jesús se le apareció luego de resucitar (Mt 28,1-10; Mc 16,9; Jn 20,14). De ese modo se convierte en “apóstol” de los apóstoles, al anunciarles la Resurrección de Jesús (Jn 20,17-18). Trato de imaginar la alegría que se reflejó en el rostro de María Magdalena al decir a los apóstoles: “¡He visto al Señor; ha resucitado!”

Aunque la tradición presentaba a María Magdalena como una gran pecadora, la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II, ha establecido una distinción entre los tres personajes que mencionamos al inicio, reivindicando el nombre de María Magdalena, eliminando toda referencia a ella como “adúltera”, “prostituta” y “pecadora pública”. Así, hoy la Iglesia la reconoce como una fiel seguidora de Cristo, guiada por un profundo amor que solo puede ser producto de haber conocido el Amor de Dios.

La liturgia de la memoria nos ofrece como primera lectura (Ct 3,1-4a) un pasaje hermoso del Cantar de los Cantares (¿qué pasaje de ese libro no es hermoso?) que nos abre el apetito para el evangelio: “En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad: ‘¿Visteis al amor de mi alma?’ Pero, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma”. Así es el amor de Dios por nosotros, apasionado…

La lectura evangélica (Jn 20,1.11-18) nos narra el encuentro de María Magdalena con el Resucitado. ¡Cuánto debe haber amado a Jesús aquella santa mujer, que le valió el privilegio de ser escogida por Él para ser la primera testigo de su Resurrección! Me imagino que su corazón querría estallar de emoción al reconocer la voz de su Rabonni que la llamó por su nombre: “¡María!”. Aunque la lectura no lo dice, por las palabras de Jesús que siguen no hay duda que intentó abrazarlo, o al menos tocar sus pies. Trato de pensar cómo reaccionaría yo, y no creo que haya forma de describirlo. Recuerda, Jesús te llama por tu nombre igual que lo hizo con María Magdalena… Pero solo si amas como amó María, podrás escuchar Su voz.

¡Santa María Magdalena, ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 21-07-20

Estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.

En la primera lectura de hoy (Mi 7,14-15.18-20) encontramos la confesión de fe del profeta Miqueas. Una fe que comprende la magnitud y el alcance de la misericordia divina. Una fe que confía en la fidelidad de Dios a pesar de nuestras infidelidades: “¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia”. Es la fe que permite al profeta denunciar las infidelidades de su pueblo y seguir adelante con la certeza de que el Dios que los ha enviado mantendrá su fidelidad para con él por siempre.

Muchas veces cargamos nuestra fe de ritos y preceptos que se tornan en campanas huecas, pues abandonamos lo esencial que es el amor y la misericordia divina, que cuando se derrama en nuestros corazones nos hace comprender que la voluntad del Padre está precisamente en el Amor, y en repartir ese Amor entre nuestros hermanos. Como he dicho en ocasiones anteriores, muchas veces nuestra fe se limita a dar “cumplimiento” a unos preceptos, pero somos incapaces de practicar la caridad y la justicia con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Por eso se dice que la palabra “cumplimiento” está compuesta por dos palabras: “cumplo” y “miento”.

El Salmo (84,2-4.5-6.7-8), aunque con la mentalidad del Antiguo Testamento, nos enfatiza la misericordia divina: “Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados, has reprimido tu cólera, has frenado el incendio de tu ira”.

El evangelio de hoy (Mt 12,46-50) nos presenta a Jesús quien, ante la llamada de sus familiares, contestó: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.

Algunos ven en esas palabras del Jesús un gesto de menosprecio hacia su Madre. Sin embargo, analizando las palabras de Jesús, hemos de preguntarnos: ¿Quién cumplió la voluntad del Padre mejor que su madre María? Si tomamos en cuenta que los relatos evangélicos (especialmente el evangelio según san Lucas) nos muestran a María totalmente entregada a escuchar la Palabra de Dios (Cfr. Lc 1,38), estas palabras se convierten en una verdadera alabanza de parte de Jesús a su Madre. Jesús quiere enfatizar que al “nuevo pueblo de Dios”, que es el sujeto de la Nueva Alianza, ya no se pertenece por herencia ni lazos de sangre (como era con el pueblo judío y la Antigua Alianza) sino por lazos de Amor, por escuchar la Palabra del Padre y cumplir su voluntad.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Somos verdaderamente hermanos de Jesús? Hay una forma fácil de determinarlo, un “test”: ¿hago la voluntad del padre? Lo bueno de esta prueba es que el mismo Jesús nos ha dado la contestación. San Juan de la Cruz lo resumió en una hermosa frase: “a la tarde de la vida te examinarán en el amor”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-07-20

“Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás”.

“Vino a los suyos, y los suyos no lo reconocieron” (Jn 1,11). Esa frase, tomada del prólogo del evangelio según san Juan, resume el evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 12,38-42).

La fama de Jesús continúa creciendo y los escribas y fariseos siguen sintiéndose amenazados por su persona. Han sido testigos de sus milagros; curaciones, expulsiones de demonios, y hasta revitalizaciones de muertos (no debemos confundir la revitalización con la resurrección, pues la última es definitiva, para no morir jamás). Ahora, delante de todos, le piden un signo: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. Un signo es más que un milagro, es un hecho que demuestre sin dudas la divinidad de Jesús, que demuestre que Él es Dios. Recordemos que poco antes lo habían acusado de echar demonios por el poder de Satanás (Mt 12,24). Insisten en ponerlo a prueba. En efecto, lo están tentando, contrario al mandato divino: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16; Mt 4,7).

De nuevo encontramos a Jesús pronunciando palabras duras contra los suyos; les llama “generación perversa y adúltera”, y les dice que no les dará más signo que el del profeta Jonás, que estuvo tres días en el vientre del cetáceo y salió con vida, anunciándoles de paso que Él mismo estaría tres días en el vientre de la tierra y resucitaría. Les está anunciando su Misterio pascual (pasión, muerte, resurrección), alrededor del cual gira toda nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15,14). Pero estas personas están cegadas por el ritualismo vacío y el “cumplimiento” de la Ley y los preceptos. No pueden ver más allá. Es más, se niegan. Están anteponiendo sus propios intereses a los del Reino.

Por eso Jesús les dice que cuando juzguen a esa generación, los de Nínive, que se convirtieron con la predicación de Jonás, quien no era más que un profeta (Jon 3,5-8) y la reina del Sur, que vino a escuchar la sabiduría de Salomón (1 Re 10,1-13), se alzarán y les condenarán, pues ellos no le han creído a Él que es “más que Jonás” y “más que Salomón”.

Muchas veces en nuestras vidas, especialmente en los momentos de prueba, la angustia, la desesperanza, nos lleva a “tentar a Dios”, a exigirle “signos”, como si fuera necesario que Él haga alarde de su poder para que creamos en Él. Queremos “signos” que correspondan a nuestras necesidades, nuestros deseos; y si no nos “complace”, comenzamos a dudar. Entonces actuamos como la persona que recibe un diagnóstico médico que no es de su agrado y continúa visitando médicos hasta que da con uno que le dice lo que quiere escuchar. Nos negamos a ver la grandeza de Dios en todas las cosas que damos por sentadas: la vida misma, la complejidad y perfección de nuestro cuerpo, un amanecer, la belleza de las flores… ¡Y continuamos exigiendo “signos”!

En estos días de pandemia esa tentación de pedir signos y soluciones instantáneas se exacerba, al punto de pedirle el fin inmediato del COVID-19. Dios tiene poder para eso y más, pero no podemos exigirle, y mucho menos “tentarlo”. Permitámosle ser Dios. Mientras tanto, conformémonos con que nos de los “ojos de la fe” para abandonaros a su Divina Providencia, recordando que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman (Rm 8,28). ¿Lo amas?

Que pasen una hermosa semana en la Paz del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO SEXTO DOMINGO DEL T.O. (A) 19-07-20

“Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”.

El evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 13,24-43), nos presenta tres de las parábolas del Reino: la parábola de la cizaña, la del grano de mostaza, y la de la levadura. Y al igual que hizo con la parábola del sembrador que leyéramos el pasado domingo, Él mismo explica la parábola de la cizaña a sus discípulos: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema: así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Resulta claro que el mensaje que Jesús quiere transmitir a través de esta parábola es de naturaleza escatológica, es decir, relacionada con el final de los tiempos y el juicio final que ha de venir entonces. Jesús es consciente de nuestra debilidad, de nuestra inclinación al pecado. Sabe que el maligno va a estar constantemente al acecho (Cfr. 1 Pe 5,8), como la yerba mala que trata de ahogar la buena cosecha. Por eso cuando los ángeles, encargados de hacer cumplir la sentencia del juicio final, le preguntan al “Hijo del Hombre” si arrancan la cizaña, este les contesta que no, porque pueden, sin querer, arrancar también el trigo.

Cuando Jesús hablaba en parábolas a los de su tiempo, lo hacía en un lenguaje que ellos entendían, y los que saben de siembra y cosecha de trigo saben que aunque al principio el trigo y la cizaña crecen más o menos a la misma altura, eventualmente el trigo crece mucho más alto, lo que permite que los obreros al cortar con su hoz no confundan la espiga del trigo con la de la cizaña.

Así mismo ocurrirá al final de los tiempos con los que escuchen la palabra del Padre y la pongan en práctica; descollarán por encima de los que se dejen seducir por el Maligno. Entonces vendrán los ángeles del Señor “y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido”. Y “los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Esta parábola nos presenta otra característica de Jesús: su infinita paciencia. Contrario al Mesías justiciero que esperaban los judíos, que vendría a “castigar” a los “malos” (los enemigos del pueblo escogido, los “paganos”), Jesús se mezcla con ellos, los invita a su mesa, y tiene con ellos la misma paciencia que tuvo Yahvé para con su pueblo a lo largo de toda su historia, tolerando y perdonando todas sus infidelidades.

Hoy Jesús nos pregunta: Y tú, ¿eres trigo o cizaña? Si somos trigo, brillaremos “como el sol en el Reino del Padre”. Si optamos por ser cizaña, entonces “será el llanto y el rechinar de dientes”… Jesús nos llama, pero no nos obliga (Ap 3,20). Y no se cansa de esperar.

La decisión es nuestra…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DÉCIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 18-07-20

“…el pábilo vacilante no lo apagará”.

El evangelio de hoy (Mt 12, 14-21) es secuela del que leíamos ayer sobre las espigas arrancadas en sábado por los discípulos de Jesús. Recordaremos que al final del pasaje Jesús se había proclamado “Señor del sábado” ante la rabia de los fariseos. Pero lo que colmó la copa fue que de allí se fue a la sinagoga y curó a un hombre que tenía la mano paralizada. Es decir “violó” el sábado haciendo una curación, y ¡en plena sinagoga! (12,9-13). A pesar de las explicaciones de Jesús a los efectos de que es lícito hacer el bien a un ser humano incluso en sábado, los fariseos comienzan a tramar la forma de eliminarle (“los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús”). Ya la suerte que correría Jesús estaba decidida. Por eso Jesús se marcha inmediatamente y continúa curando enfermos y expulsando demonios, pidiendo a todos que no revelaran su paradero (“mandándoles que no lo descubrieran”).

Aunque Marcos narra también el episodio de la partida de Jesús de forma bien abreviada (Mc 1,35-39), Mateo lo narra con mayor detalle, enfatizando las curaciones en sábado, y citando al profeta Isaías (Is 42,1-4). Recordemos que Mateo escribe su evangelio para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, con el propósito de probar que Jesús es el Mesías esperado, ya que el Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. De ahí que preceda la cita de Isaías con la frase “así se cumplió lo que dijo el profeta”, frase que Mateo repite en numerosas ocasiones a lo largo de su relato evangélico. Marcos, por su parte, escribió para los paganos de la región itálica, quienes no conocían el Antiguo Testamento; por eso no lo cita.

“Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, nos dice la profecía de Isaías citada por Mateo. De esta manera el evangelista justifica la “huida” de Jesús. Nos está diciendo que Jesús no se escondió por miedo ni cobardía, ni por sentirse fracasado. En la huida de Jesús vemos el cumplimiento de la profecía. El Mesías vino a implantar el derecho y la justicia, pero no con espadas ni con ejércitos, sino desde la debilidad. La “revolución” que Jesús vino a traer es una que se da en el interior de las personas, no en las instituciones de su época. Por eso a Dios le encanta usar a los débiles (Cfr. 2 Cor 12,9; 13,4); así manifiesta su gloria para que todos crean.

Todos tenemos nuestras debilidades y defectos. Aun así Dios nos está llamando a servirle. No miremos nuestra pequeñez, nuestra debilidad; miremos su Poder. Una vez más te invito a decir con María: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Que pasen un hermoso fin de semana en la PAZ del Señor,

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-07-20

“Jesús atravesaba un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas”.

La primera lectura de hoy (Is 38,1-6.21-22.7-8) es un ejemplo del poder de la oración impetratoria, de petición fervorosa. Dios había enviado a Isaías a comunicar a Ezequías que había llegado la hora de su muerte: “Haz testamento, porque vas a morir sin remedio y no vivirás”. Nos narra la lectura que Ezequías “volvió la cara a la pared” (un típico gesto de oración judío), oró al Señor para le curara y “lloró con largo llanto”. Oró con fe, con la certeza de que su petición sería escuchada.

Ante ese gesto, el Señor se compadeció de Ezequías y “cambió de parecer”, y con los mismos labios que había pronunciado su sentencia de muerte, le concedió quince años más de vida. ¿Cuántas veces hemos visto a una persona a las puertas de la muerte, que gracias al poder de la oración se ha librado de ella? Señor, concédenos confiar en la fuerza de la oración, y a seguir confiando en ti aún en las ocasiones en que Tú, en tu insondable Voluntad decides lo contrario.

La lectura evangélica de hoy (Mt 12,1-8) nos muestra a los fariseos, quienes movidos por la rabia, producto de la envidia y el temor que les produce el mensaje de Jesús, acusan a sus discípulos de violar el “sábado”, que más que una ley o un precepto, se había convertido en una pesada carga que ni los mismos sacerdotes y fariseos estaban dispuestos a llevar (Mt 23,4; Lc 11,46). Hacen lo que nosotros mismos hacemos muchas veces cuando queremos criticar a alguien: nos ponemos en vela a esperar el más mínimo “resbalón” para levantar el dedo acusador. Miramos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro (Lc 6,41).

Ya anteriormente, cuando los discípulos de Juan le cuestionaron a Jesús por qué ellos y los fariseos ayunaban y sus discípulos no lo hacían, Él les había contestado: “¿Pueden acaso los invitados de la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mt 9,15). En la versión de este pasaje en Marcos, Jesús añade: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Esta última frase cobra sentido con la aseveración de Jesús: “Si comprendierais lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa).

Jesús está siendo consistente con la nueva “Ley del amor” recogida en las Bienaventuranzas (Mt 5); por eso se declara “Señor del sábado”. La reglas del sábado, producto de los hombres, tienen que ceder ante las necesidades y obligaciones que nacen del amor que es la esencia misma de Dios.

Cuando nos acerquemos a servir a Dios, tengamos presente que el servicio de Dios no puede contradecir el amor y la misericordia que tenemos que mostrar a nuestro prójimo: “Lo que hiciereis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hacéis” (Mt 25,40).

Eso es lo hermoso del evangelio; podrá haber algunas inconsistencias en las narraciones, según cada evangelista, pero el mensaje de Jesús es consistente, es la Verdad que nos conduce al Padre.

Que pasen un hermoso fin de semana con la certeza de ser amados por Dios…

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN 16-07-20

Patrona de marineros, pescadores, y todos los que se hacen a la mar.

Hoy celebramos la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, también conocida simplemente como la Virgen del Carmen, Nuestra Señora del Monte Carmelo, Flor del Carmelo, y Stella Maris (Estrella del Mar).

Esta es una de las advocaciones más antiguas, si no la más antigua, de la Virgen María. Deriva su nombre del Monte Carmelo (del hebreo Karmel, o Al-Karem, que quiere decir “jardín”), que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la vista del puerto marítimo de Haifa. Fue en este monte que el profeta Elías tuvo la visión de la nube (1 Re 18,44) que pondría fin a la sequía que había azotado la región.

Desde los primeros ermitaños que se establecieron en el Monte Carmelo, se ha interpretado la nube de la visión de Elías (1 Re 18,44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Una tradición dice que Elías interpretó la visión de aquella nube como un símbolo de la llegada del Salvador esperado, que nacería de una doncella inmaculada para traer una lluvia de bendiciones. Desde entonces, aquella pequeña comunidad que tenía por hogar el Monte Carmelo, se dedicó a rezar por la que sería madre del Redentor, comenzando así la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Fue en ese lugar que, en el siglo XII, un grupo de hombres, inspirados por el profeta Elías, fundó la orden de los Carmelitas.

Dijimos que otro nombre por el cual se conoce a la Virgen del Carmen es Estrella del Mar, o Stella Maris. Antes de que existieran las brújulas, ni los medios de navegación electrónicos modernos, los marineros se guiaban por las estrellas. Cuando los sarracenos invadieron el Carmelo, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar por un tiempo el monasterio. Otra antigua tradición dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. Por eso también es patrona de marineros, pescadores, y todos los que se hacen a la mar.

En Puerto Rico, por ser fiesta litúrgica, se contemplan las lecturas propias de la celebración.

Como primera lectura se nos presenta el pasaje en que Zacarías (2,14-17) profetiza el jubiloso acontecimiento del nacimiento del Salvador: “Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti –oráculo del Señor-”. “Hija de Sión” es uno de los nombres que se le daban en el Antiguo Testamento al pueblo de Dios (en referencia al Monte Sión, centro de la Historia de la Salvación).

Cuando en la Anunciación el ángel saluda a María diciéndole “Alégrate, llena de gracia”, la Virgen está representando al nuevo Pueblo de Dios. Por eso “Hija de Sión” es también uno de los títulos que se dan a Nuestra Señora, invitada por Dios a una gran alegría, que expresa su papel extraordinario de madre del Mesías, convirtiéndose en la mujer que desde antaño veneraban los ermitaños del Monte Carmelo, sin conocer su identidad, pero sí su misión de convertirse en madre del Redentor.

Hoy, en esta celebración de Nuestra Señora, pidámosle que sea nuestra Estrella de Mar que nos dirija al puerto seguro que es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 15-07-20

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.

El evangelio que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 11,25-27) contiene una de mis frases favoritas de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”.

Jesús parece referirse a los “sabios” y “entendidos” de su tiempo (los escribas, fariseos, sacerdotes, doctores de la ley), quienes cegados por su conocimiento de la “ley” creían saberlo todo. Por eso eran incapaces de asimilar el mensaje sencillo pero profundo de Jesús. “Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,13).

Siempre que leo este pasaje evangélico pienso en Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia y terciaria dominica, quien a pesar de ser mujer, sencilla, y analfabeta, logró poseer una profundidad teológica tal que le llevó a ser consejera de papas, haciéndola acreedora del título de “doctora de la Iglesia”. Ella, en su sencillez, logró compenetrarse con el misterio de Dios con la misma intensidad que un niño o niña se lanza en brazos de su padre, al punto que ya nada más existe…

Jesús nos está pidiendo que nos hagamos como niños, para que podamos conocer y reconocer al Abba que Él nos presenta: “nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Por eso escogió sus discípulos de entre la gente sencilla, creyentes que no estaban “contaminados” por el ritualismo y legalismo excesivo de los sacerdotes y fariseos. Escogió la tierra buena sobre a la que estaba llena de abrojos (Mt 13,1-9; Mc 4,1-9; Lc 8,4-8).

Dios es difícil de alcanzar, nadie lo ha visto nunca. Por eso nos envió a su Hijo, quien sí le conoce, para que Él nos dé a conocer al Padre. Pero para conocer al Padre primero tenemos que reconocer nuestra incapacidad de conocerlo por nosotros mismos. Jesús nos ofrece la oportunidad de conocerle a Él a través de su Palabra, y a través de Él al Padre. Parece un trabalenguas, pero el mensaje es sencillo, como aquellos a quienes va dirigido: Él es el “Camino” que nos conduce al Padre; y quien le conoce a Él conoce al Padre (Jn 14,6-7).

Padre, Señor de cielo, en este día te pido que me des la humildad y sencillez de espíritu para reconocer mi incapacidad para conocerte por mí mismo, y para ver el rostro de tu Hijo en todos mis hermanos, especialmente los que más necesitan de tu piedad y misericordia y, a través de Él y de su Palabra, llegar algún día a conocerte.

Así comenzaremos desde ahora a tener un atisbo de ese día en que finalmente le veamos cara a cara: “Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,4-5).

¡Qué promesa, hermanos!